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17 de agosto 2006 - 00:00

"El exilio de San Martín"

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«El exilio de San Martín» gustará a los interesados en la historia por su buena documentación y su atractiva exposición de los hechos; para atraer a escolares, en cambio, le falta dinamismo.
«El exilio de San Martín. Una historia de ausencia» (Argentina, 2005, habl. en español y francés. Guión y dir.: A. Areal Vélez. Documental.

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Se estrena en la fecha adecuada, lástima que con muy reducido lanzamiento, este sentido e instructivo documental sobre los últimos 26 años de vida de José de San Martín, es decir, sus años de retiro casi absoluto, y también de casi absoluto olvido público, cuando llegaron a borrar su nombre y disolver su regimiento. ¿Cómo pasó el general esa época? ¿Qué tentaciones, y qué consuelos tuvo?

El trabajo comienza en el sesquicentenario de su muerte, con el registro de la misa de granaderos en la Catedral, cumplida a puertas cerradas la medianoche del 16 de agosto de 2000, y el posterior desfile matutino encabezado por un mítico caballo blanco sin jinete. Un acto hermoso, que en su momento, injustamente, tuvo muy poca difusión. El asunto vuelve a la memoria cuando, casi al final, se recuerdan los grandes actos de repatriación impulsados por Mitre y Sarmiento, cuando el desfile fue encabezado por un anciano, el último granadero, el único que había podido sobrevivir a las guerras civiles en que los héroes se vieron envueltos al volver a las Provincias Unidas (ya en 1830, cuando San Martín trató de volver, sólo quedaban 126 de sus soldados).

Entre medio, el documental sigue los pasos del Libertador a través de Francia, Bélgica e Inglaterra, registra lugares y pinturas, representa situaciones hogareñas, reproduce sus dichos mediante la voz de Alfredo Alcón, que va desde la madurez hasta la ancianidad, incluyendo las otrora famosas máximas para la educación de su hija, intercala comentarios de varios investigadores argentinos (uno de ellos especialista en historia de la medicina) y franceses (que destacan la altura moral de San Martín sobre Napoleón), y señala lo que fue la posterior «construcción del héroe», no sólo para nuestros inmigrantes, sino para el mundo entero.

El relato apunta calumnias y usufructos (el administrador de su chacra mendocina y otros pocos bienes le robaba, los tres países que él benefició le adeudaban años de sueldos, etc.), ayudas providenciales (sobre todo de un viejo camarada español convertido en banquero, marqués, y mecenas), diversos reconocimientos (por ejemplo, los masones belgas, el general inglés William Miller, que fuera subordinado suyo en el Ejército de los Andes, y hasta el rey francés Luis Felipe), compañías inesperadas (Rossini, Sors, Balzac), visitas de jóvenes patriotas (Alberdi, Sarmiento, gracias al cual Chile se puso al día con sueldos de veinte años atrás), enemistades históricas ( Alvear, Rivadavia, al que San Martín retó a duelo cuando lo vio en Inglaterra), singulares casualidades (el reencuentro con una mujer a la que el propio general describió «apetitosa como siempre», y que era nada menos que la esposa de su enemigo, lord Cochrane, el entierro en la misma capilla de Boulogne donde descansaba un famoso almirante, padre de dos soldaditos franceses que murieron luchando por la Gesta Emancipadora), etcétera.

Figuran también las opiniones favorables y desfavorables que San Martín expresó acerca de Bolívar y Rosas, sus cartas a los ministros europeos cuando el famoso bloqueo, varios detalles familiares dignos de mención (por ejemplo, su segunda nieta fue condecorada por su labor humanitaria durante la Primera Guerra Mundial), y hasta el destino de su estatua en Boulogne, gloriosamente inaugurada en 1909 y milagrosamente salvada de los bombardeos y pillajes en 1944.

El asunto es atractivo, está expuesto con mucha dedicación, y es recomendable para toda persona interesada en nuestra historia y en el carácter de estas tierras. Para ganarse al público escolar, hoy atrapado por otro tipo de gestas, y de gestiones, le faltaría, en cambio, cierto dinamismo.

P.S.

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