Como aferrado a un rencor: Gerard Depardieu en «El muelle», del realizador Olivier Marchal.
«El muelle» («36, Quai des orfèvres», Francia, 2004; habl. en francés. Dir.: O. Marchal. Int.: D. Auteuil, G. Depardieu, A. Dussollier, V. Golino, R. Zem.
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"El muelle" no es una película de pescadores sino de policías. En francés, «quai» es muelle pero también andén y, en el espacio urbano, «pasaje». Para los oídos parisienses, decir «Quai des orfèvres» («Pasaje de los orfebres»), y con el número 36 delante, no significa otra cosa que «Departamento de policía», la famosa «Sureté», pues tal es su dirección. Ya hubo un célebre film de 1947 de Henri Georges Clouzot llamado así, aunque sin el 36.
En consecuencia, la película de Olivier Marchal es una película de policías, aunque no policial. Es la historia de la rivalidad, el resentimiento y finalmente el odio y la guerra entre dos policías que vienen sobrellevando un cargamento de cuentas pendientes recíprocas, y que se supone estallarán de una manera dramática.
Quienes se enfrentan son los dos mayores monstruos del cine francés de los últimos años: Daniel Auteuil y Gerard Depardieu. Pero al verlos, uno no puede pensar ni en Jean Gabin, ni en Alain Delon, ni mucho menos en Lino Ventura con su piloto gris y su mirada torva, apurando un Ricard en algún piojoso bistrot. Sí se puede evocar, en cambio, un enfrentamiento como el de Robert de Niro contra Al Pacino en «Fuego contra fuego» (aunque en aquel caso uno estuviera del lado de los ladrones), o los elaborados productos de «internal affairs» de los telefilms norteamericanos, cuyo molde transmigra mucho mejor a esta película que el desaparecido sabor de los « polars» de Jose Giovanni o Jean Pierre Melville.
No hace mucho, el director Alain Corneau, uno de los últimos herederos del cine negro francés, decía que él había dejado de filmar policiales genéricos porque ya era un formato muerto, y que insistir en ello conduciría inevitablemente al «homenaje», es decir, a una película más museística que auténtica. La solución Marchal es la misma que la de muchos nuevos realizadores europeos, sea en el género que fuere: la importación de formatos americanos de televisión, adaptados a contextos locales.
El resultado es, en este caso, un film argumentalmente sólido y complejo, casi en el límite de lo sobrecargado, con dos antagonistas bien delineados (los dramas familiares de cada uno, forzosamente, son parte inseparable de sus perfiles), y de relativa identidad cinematográfica.
Básicamente, el motor de la historia es la guerra que Denis (Depardieu) le declara a Léo (Auteuil), cuando por una imprudente maniobra de éste termina acribillado el soplón de confianza de Denis, lo que lo pone en desventaja de allí en más ante su rival.
Las hostilidades entre ambos, también alimentadas por la envidia, llegan al punto en que Denis estropea, deliberadamente, una redada que el superior de ambos (André Dussollier) había puesto al mando de Léo. Pero el acto de Denis tendrá consecuencias aun peores, ya que provoca la muerte del oficial más amigo de Léo y de muchos más en la fuerza. Ese es sólo el punto de arranque, ya que la escalada llegará mucho más allá.
El oficio de Auteuil y Depardieu cumple sobradamente para sus papeles, casi excluyentes en un reparto de tipos característicos y, en algunos casos, algo estereotipados (la vieja prostituta de buen corazón, los asesinos fanáticos de la Europa Oriental, las autoridades policiales de moral flexible, la ex esposa sufriente, etc.). Un dato llamativo, finalmente, es la banda de sonido, estridente e invasiva, como si los responsables del corte final acabaran de descubrir las posibilidades del Dolby Digital.
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