«El último confín» (Argentina, 2005, habl. en español). Dir.: P. Ratto. Guión: A. Castro Valsecchi, P. Ratto. Documental.
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Ciertas películas dejan una imagen bien grabada en la memoria, cuyo solo recuerdo, su sola mención, estremece hasta el alma tal como si fuera la primera vez que la vemos. «El último confín» no tiene una imagen como ésa. Tiene dos.
Se trata de un documental institucional, hecho a pedido del Equipo Argentino de Antropología Forense, para registrar el trabajo de identificación de 120 cuerpos humanos hallados en un rincón del cementerio de San Vicente, popular barrio de la ciudad de Córdoba, famoso en viejos tiempos por sus carnavales y su curtiembre.
Alguien había advertido la existencia de una fosa común construida silenciosamente en la segunda mitad de los '70, y allá fue el Equipo, a tratar de ordenar y registrar tamaña cantidad de cuerpos anónimos, que ya eran todos esqueletos amontonados, y encontrarles el nombre a cada uno, y hablan con los deudos. La película, de apenas una hora, registra el trabajo cotidiano, las observaciones de los expertos (es un organismo muy solicitado también en otros países), y también la expectativa de quienes se acercan esperando que le confirmen si esos huesos son de algún familiar perdido. Con tomas parciales, la película nos va preparando para la imagen anteúltima y terrible, que en realidad fue la primera que vieron los testigos: la visión completa de la fosa. Por un momento pareciera que estamos en las viejas catacumbas, sólo que estos muertos eran contemporáneos nuestros. Esa toma estremece. Pero hay otra, que además de estremecer emociona, para la que ni el camarógrafo estaba preparado, porque es el registro de algo que pasó de repente, y que nadie esperaba.
Tras largo trabajo, los forenses habían identificado el esqueleto de un hombre joven. Llamaron a los familiares, que lo buscaban desde hacía 27 años. Ahí estaban dos de ellos. Y de pronto el más grande, con las manos a la espalda, se acerca hasta el que en vida fuera su hermanito, se inclina, y lo besa. La cámara pudorosamente se aleja. Y el público abre los ojos, y la boca. Nada dice la película. Sobre el dolor de la gente, la humana necesidad de tener los restos del ser querido, el valor de un trabajo semejante, con ese solo gesto ya está todo dicho. Esa imagen es la película.
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