El último videojuego que jugué fue el Wolfenstein, hace más de cuarenta años. Creo que Windows andaba por la versión 2.1. El film “Exit 8”, de Genki Kawamura se basa en el exitoso videojuego japonés del mismo título, aparecido hace sólo tres años. Por lo que se observa, la técnica de los videojuegos no evolucionó tanto como Windows, ya que la película Exit 8 se parece mucho al Wolfenstein, sólo que es más aburrida, sin nazis a los que aniquilar, y no lo juega el espectador sino el director y los actores. Es como pararse durante una hora y media en esos viejos locales de videojuegos a mira cómo juega otro. Claro, el director filtra, o intenta hacerlo, algunas lecciones “filosóficas” en su transcurso, que requieren una paciencia oriental para soportar.
Al comenzar la película un muchacho viaja en el subte de Tokio, presencia una escena de violencia cotidiana —un pasajero le grita a una mujer porque su bebé llora, pero nadie interviene porque todos están ocupados scrolleando sus celulares: atención, primera denuncia a la indiferencia contemporánea— y al bajar en su estación recibe una llamada de su novia: está embarazada, le dice, y quiere saber qué van a hacer. Tras esa pregunta, se le cae su celular, sufre un ataque de asma y, sin recepción de señal para seguir hablando, queda atrapado en un pasillo subterráneo que no termina nunca, como un interminable laberinto. En las paredes hay instrucciones. Para llegar a la Salida 8 debe avanzar si todo está en orden y retroceder si detecta alguna anomalía. Si se equivoca, vuelve al punto de partida, como en el casillero 58 del Juego de la Oca.
Esta premisa, acaso para un cortometraje, no resiste un largometraje. El espectador tampoco “Exit 8” tiene el aura abstracta de esos relatos que parecen haber nacido de una consigna: “un hombre en un pasillo infinito debe aprender a mirar”. Pero una consigna no es una película. Durante buena parte de la película, el espectador queda sometido a la misma mecánica que el protagonista: caminar, observar, sospechar, equivocarse, volver al inicio. Al principio intriga. Después fatiga. Finalmente, uno empieza a mirar el reloj, que es la peor anomalía posible.
Kawamura apuesta a la repetición como forma, y eso tiene cierto prestigio “artístico”. Hay una tradición del laberinto, de la prueba, del espacio mental disfrazado de arquitectura. El pasillo puede ser el inconsciente, el purgatorio, la responsabilidad, la paternidad, la culpa, la cobardía, el Japón contemporáneo o, como diría Freud, simplemente un pasillo. La película pretende que sea todo eso a la vez. Entonces introduce figuras que vienen a subrayar lo que la puesta ya había insinuado: una mujer que habla del Purgatorio y del Infierno, un “Caminante” que funciona como espectro, advertencia o empleado municipal de lo metafísico, y un chico perdido que obliga al protagonista a dejar de ser sólo un hombre encerrado en su angustia para convertirse en alguien responsable de otro. Son metáforas que se entienden demasiado bien, y ese es otro problema: la obviedad.
“Exit 8” no fracasa por incomprensible sino por insistente y aburrida. Cada símbolo lleva una etiqueta. El ataque de asma: no puede respirar ante la decisión. El bebé que llora: la vida que irrumpe y molesta. El niño atrapado: la infancia, el hijo posible, la responsabilidad de ser padre. El pasillo: la repetición neurótica. La salida: la aceptación. Las anomalías: los obstáculos a los que nos somete la vida y que obligan a una decisión que puede ser pésima.
El film no confía del todo en su dispositivo y por eso le agrega explicaciones, sobresaltos, sangre que cae de los respiraderos, ratas sospechosas y extravagancias de filosofía berreta, como esa mujer que aparece y pregunta si estamos en el purgatorio o el infierno. Como si temiera que el espectador, ante tantos azulejos blancos, tanto tubo fluorescente y tantos cartelones de publicidad que el muchacho debe memorizar en cada vuelta (por si faltara alguna obviedad, uno de esos cartelones es sobre la cinta de Moebius de Escher), pudiera reclamar algo parecido al cine.
La estructura en tres capítulos —el muchacho, el Hombre caminante, el chico— intenta abrir la perspectiva y darle espesor a lo que hasta entonces era casi un ejercicio de percepción. Pero esa expansión llega tarde y, sobre todo, no modifica demasiado la experiencia. Cambia el ángulo, no el encierro ni el escenario. La película sigue girando sobre su propio concepto con una obstinación que puede confundirse con profundidad.
El film intenta vincular el terror mínimo de la anomalía con la decisión moral. No se trata de escapar de un monstruo sino de aprender a ver lo que cambia apenas. En tiempos de grandes catástrofes narrativas, “Exit 8” propone un miedo burocrático. Lo terrible no es lo que aparece, sino no advertirlo. La película sería mejor si se hubiera quedado en esa modestia perturbadora, sin pretender elevar cada giro del pasillo a parábola existencial.
En el videojuego la repetición tiene sentido: uno se equivoca, vuelve, prueba otra vez. En el cine, en cambio, esa repetición ocurre sin que podamos hacer nada. No hay joystick. No hay tecla de disparo. No hay nazi al fondo del pasillo. Sólo un muchacho que camina, un niño que lo sigue, un símbolo que se anuncia, y el espectador, atrapado también, esperando que el protagonista encuentre de una buena vez la maldita salida.
“Exit 8” (Japón, 2025). Dir.: Genki Kawamura. Int.: Kazunari Ninomiya, Yamato Kchi, Naru Asanuma.