“No hay nada más lindo que una familia unida”, decía Adolfo Linvel en una vieja tira de TV. Desgraciadamente, en el cine de las últimas décadas no hay familias unidas sino disfuncionales, y más específicamente, familias con padres violentos. En “Familia”, de Francesco Costabile, el regreso de un padre golpeador, que acaba de ser liberado de la prisión por un delito que conoceremos después, se inscribe en esa línea.
Licia (Barbara Ronchi) ha vivido con Franco Celeste (Francesco Di Leva, que hasta cara de golpeador tiene) lo que el cine muchas veces limita a la violencia de género. Pero aquí el relato va más allá; no son sólo los golpes, sino la vigilancia, la culpa, la intimidación, la promesa de cambio, la sonrisa que promete un inverosímil cambio de conducta, el arrepentimiento que parece sincero porque el violento siempre sabe actuar.
Licia, después de solicitar el cambio de apellido de casada y cambiar la cerradura de la casa antes de la liberación de Franco, vuelve a aceptarlo a su pesar. Se rinde, no tiene armas para rechazarlo pese a todo lo sufrido. La violencia doméstica, en especial cuando se trata de mujeres débiles y temerosas, fabrica sus propias trampas. La víctima sabe lo que volverá a ocurrir, pero se resigna.
En el film, Licia no es una mártir decorativa ni una mujer explicada desde afuera. Ronchi trabaja con una economía de recursos admirable, desde su mirada hasta su lenguaje corporal. En su rostro hay una resignación práctica que resulta más perturbadora que cualquier estallido melodramático. Ella no cree en la conversión de Franco, pero tampoco encuentra el modo de expulsarlo de un hogar que él sigue reclamando como propio. Licia, según sabremos por un flashback, perdió la tutela de sus dos hijos cuando denunció a su marido.
El regreso de Franco divide a los hijos de un modo interesante. Alessandro, el mayor, lo rechaza siempre. Sabe tan bien como su madre lo que ocurrirá. Gigi, en cambio, el menor, conserva una zona vulnerable donde todavía cabe el amor por el padre. Al principio lo ama, o cree amarlo. Costabile observa ahí una de las formas más crueles de la herencia, el hijo que fue dañado por el padre todavía necesita ser mirado por él.
La película funciona mejor cuando deja que esa tensión se materialice en conflicto. Hay escenas donde no ocurre nada y, sin embargo, todo está ocurriendo. La cena con la novia de Gigi es una de ellas. Un comentario, una pausa un poco más larga bastan para que la escena se contamine hasta que estalla.
Costabile filma esas zonas de amenaza latente, cuando el peligro todavía está en ciernes. El padre violento (que nada tiene que ver con aquel “Padre padrone” del film de los hermanos Taviani, que era un prodigio de contradicciones), es un hombre de mirada gansteril que mide el efecto de cada intervención, que prueba hasta dónde puede llegar.
Por eso los momentos de violencia explícita no parecen caprichosos ni agregados para sacudir al espectador, sino que llegan porque fueron preparados. La violencia física no irrumpe desde la nada sino es la consecuencia de un clima: el pasaje de la amenaza al acto está bien construido.
También es valiosa la línea que vincula a Gigi con los grupos neofascistas. El riesgo era convertir la deriva política del personaje en una explicación demasiado obvia, en esa coartada de explicar el neofascismo por una infancia violenta, cuando se sabe que en estos grupos hay de todo. Es un lugar común, pero aquí está tratado con suficiente rigor como para no reducirlo a un diagnóstico de manual.
Gigi no se vuelve violento porque se acerque al neofascismo (de hecho, nunca cambia su temperamento sino que sufre a ese grupo), sino porque ya lleva dentro una violencia heredada, una necesidad de pertenencia y una idea equivocada de la fuerza. El grupo le ofrece una familia alternativa, con códigos brutales pero claros, en contraste con una familia real donde el amor es dominio y castigo.
Ahí “Familia” no habla sólo de un padre monstruoso, sino de la persistencia de ciertos modelos masculinos. Franco es un tipo violento y el transmisor de una cultura. Alessandro resiste esa pedagogía; Gigi, más frágil, la absorbe y la combate al mismo tiempo.
La objeción principal está en el ritmo. Costabile confía demasiado en algunas escenas silenciosas, en esos planos donde los personajes piensan, procesan mientras los planos sobre ellos se demoran. El recurso es legítimo, pero se repite más de lo necesario. La película, que tiene un núcleo dramático poderoso y una tensión bien administrada, por momentos se demora en contemplaciones que no siempre agregan espesor, y la estiran hasta las dos horas de duración. No todo silencio es profundidad; a veces es sólo demora.
Aun así, el balance es favorable. Costabile cuenta una historia dura, y tiene a su disposición un elenco extraordinario. La violencia de género, en el cine, suele caer en dos errores: el sufrimiento como espectáculo o la corrección política declarativa. “Familia” evita bien ambos peligros.
El título suena como una ironía amarga. La familia no es aquí el lugar donde empieza el cuidado, sino el sitio donde se aprende la primera forma de violencia. Su libro está basado en la autobiografía “Non sarà sempre così”, de Luigi Celeste, el Gigi del film, publicado de adulto.
“Familia” (Italia, 2024). Dir.: Francesco Costabile. Int.: Francesco Di Leva, Francesco Gheghi, Barbara Ronchi.