Para Bernardo Kosacoff, licenciado en Economía de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y especialista en desarrollo económico, la desindustrialización argentina no es solamente un riesgo hacia adelante. “Es un fenómeno que ya está sucediendo" y que remite a los tiempos de la Convertibilidad, donde Argentina pasó de tener una estructura industrial integrada, con una participación importante del valor agregado nacional, a una industria más vinculada “con la maquila o el ensamblado”.
Bernardo Kosacoff: "La desindustrialización en la Argentina ya está sucediendo, es de largo plazo"
El economista especializa en desarrollo y competitividad entiende que el punto de partida es la estabilización macro, pero advierte que el Gobierno debe ahondar en la diversidad de la industria nacional.
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Bernardo Kosacoff, economista y profesor titular en la UBA y de la escuela de negocios de la UTDT.
El exdirector de la CEPAL - Naciones Unidas advirtió en una entrevista con Ámbito que, pese al mayor orden macroeconómico, “el Gobierno “comete un error al no comprender la heterogeneidad de la industria” y las capacidades acumuladas durante décadas.
En un escenario marcado por una inversión históricamente baja y una competencia importadora mucho más intensa, Kosacoff sostuvo que “hay que competir en una economía abierta, pero esto no significa regalar los mercados”. Además, el profesor titular en UBA y de la escuela de negocios de la Universidad Torcuato Di Tella remarcó que “todos los países que han tenido éxito en su desarrollo económico tienen una estructura industrial notablemente importante”.
Para el economista, la estabilidad es una condición necesaria, aunque no suficiente: el Gobierno debe generar infraestructura, financiamiento y condiciones sistémicas que permitan a las empresas invertir y trabajar con horizontes más largos.
Periodista: Usted había mencionado a fines de marzo de este año que la estabilización macroeconómica era apenas el punto de partida. Ya estamos a mitad de año, entrando en el segundo semestre. ¿Seguimos en ese punto de partida o avanzamos?
Bernardo Kosacoff: Creo que consolidamos ese punto de partida, que era absolutamente necesario. Sin él, el funcionamiento de la economía está atravesado por un conjunto de incertidumbres que impiden que los agentes económicos puedan tomar decisiones de consumo, ahorro o inversión.
Pero, obviamente, para que este punto de partida se consolide, hay que acompañarlo con un cambio en las expectativas de los agentes económicos, de manera que tengan alguna perspectiva de que el futuro será mejor. Y ahí aparece una agenda mucho más compleja, vinculada con todos los temas del desarrollo económico.
P.: Ahora bien, ¿a partir de cuándo o de qué manera se empieza a dar ese paso?
B.K.: Creo que ese paso comenzó a darse desde el inicio de este Gobierno. El hecho de empezar a tener orden fiscal, una disminución y un mayor control de la tasa de inflación y un ordenamiento monetario constituye un punto de partida. Además, el Ejecutivo complementó esas medidas con otras decisiones. Entre ellas, rescato que haya tenido la sensibilidad de introducir un cambio positivo en el manejo de la política social destinada a la población más humilde.
Pero, obviamente, la Argentina es una economía muy compleja y diversificada. Yo siempre digo que tenemos tres Argentinas, no una sola. Y creo que las tres necesitan una respuesta que les permita a las personas tener una perspectiva de integración digna a la sociedad, la posibilidad de generar valor y la oportunidad de avanzar hacia una mayor formalización de la economía, especialmente en un tema clave como el empleo.
“Desde el año pasado, el ciclo de expansión económica comenzó a encontrarse con una meseta”
P.: ¿Qué alternativas propondría para que el superávit fiscal pueda seguir sosteniéndose, pero no necesariamente a fuerza de un ajuste mayor?
B.K.: Lo primero que está muy claro es que la etapa inicial fue notablemente exitosa por la velocidad y la profundidad con las que se produjo el ordenamiento fiscal. Obviamente, pueden plantearse algunas observaciones menores respecto de cuestiones que podrían haberse hecho de una manera diferente.
Sin embargo, sobre todo a mediados del año pasado, apareció un nuevo fenómeno. Frente al proceso de recuperación de la economía surgió una perturbación. Quizás el punto de inflexión se produjo cuando, ante las perspectivas electorales, el Gobierno entendió que, para llegar con éxito a las elecciones, debía mantener dominado el tipo de cambio y evitar una aceleración de la inflación.
En ese contexto se produjo algo que perturbó claramente el nivel de actividad: la brutal suba de la tasa de interés. Ese ciclo de expansión económica comenzó entonces a encontrarse con una meseta. Desde ese momento tenemos picos y valles, pero el resultado final es que a la Argentina le cuesta recuperar el nivel de actividad.
P.: Es una pregunta tal vez un poco capciosa, pero ¿el nivel de inversión que presenta hoy la Argentina admitiría una mayor carga impositiva para contribuir a la recaudación?
B.K.: No. La Argentina tiene un nivel de inversión notablemente bajo, que ni siquiera se ha recuperado durante este gobierno.
Existen estímulos hacia el futuro para los grandes proyectos asociados al Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones, el RIGI, y a sus posteriores ampliaciones. Sin embargo, todavía no existe un clima inversor generalizado entre los agentes económicos. La tasa de inversión se encuentra en uno de los niveles más bajos de los últimos diez años.
A uno le gustaría que el modelo de recuperación de la Argentina tuviera dos ejes centrales. Uno de ellos debería ser el dinamismo de las exportaciones y la generación de mayores saldos comerciales. El otro, obviamente, tendría que ser la recomposición del proceso de inversión.
P.: ¿Por qué esa recomposición del proceso de inversión se demora tanto?
B.K.: La inversión es un proceso muy complejo. Cuando un agente económico toma una decisión de inversión significativa, como puede ser cambiar toda una línea de producción, adoptar una nueva estrategia tecnológica o invertir para acceder a terceros mercados, está tomando en el presente una decisión que lo compromete hacia el futuro.
Una máquina o un equipo se incorpora para los próximos diez años. Por lo tanto, cuando una empresa tiene que evaluar si le conviene adquirir ese equipamiento, debe hacer una cuenta relativamente sencilla: analizar cuál será el flujo de ingresos futuros, traerlo a valor presente y determinar si vale la pena comprar esa máquina. La alternativa para abastecer el mercado puede ser, sencillamente, recurrir a las importaciones.
Los agentes económicos todavía no tienen una perspectiva clara sobre la sostenibilidad de la economía ni cuentan con la previsibilidad necesaria para evaluar la rentabilidad de sus negocios durante la próxima década.
En la teoría económica existe un concepto muy sencillo, el wait and see, es decir, esperar y observar. Cuanto mayor es la incertidumbre y cuanto más breves son los horizontes del contexto económico, más prefieren los agentes económicos mantener posiciones en activos líquidos y flexibles. Pueden comprar un bono o conservar el dinero en activos financieros, que les brindan una flexibilidad totalmente distinta de la que supone invertir en activos fijos.
P.: Esa incertidumbre genera que estemos en un nivel de inversión históricamente bajo...
B.K.: Sí, históricamente bajo. Pero existe una perspectiva muy positiva en torno de todos estos proyectos vinculados con el RIGI y otras iniciativas que abarcan al sector moderno de la economía.
Se trata de la primera Argentina, que es un orgullo tener y que es muy bueno que ahora sea reconocida por la sociedad. Además, presenta un potencial enorme en un contexto internacional notablemente favorable.
En ese sector no solamente existen proyecciones de inversión muy importantes, sino que también se encuentran las actividades que han dinamizado el nivel de actividad y que permiten mostrar algunos buenos indicadores agregados. Son los sectores conocidos: energía, minería, servicios basados en el conocimiento, biotecnología y, en un sentido más amplio, la bioeconomía, que supera la vieja concepción tradicional del sector agropecuario. Todo esto es muy bueno y positivo, pero por sí solo no alcanza.
“Hay que romper el enfrentamiento entre las exportaciones y el mercado interno”
P.: La gran discusión es cómo lograr que el resto de la economía pueda incorporarse a ese crecimiento, ¿no?
B.K.: Definitivamente. Esa es la salida que la Argentina tiene que buscar. Y acá aparece un punto esencial: romper con todos los falsos dilemas que nos atan al pasado. El primero de ellos es el supuesto enfrentamiento entre las exportaciones y el mercado interno. Para poder exportar, primero hay que desarrollar capacidades. La argentina, por suerte, tiene un mercado interno notablemente importante, de cerca de 50 millones de habitantes, y es uno de los mercados más relevantes entre los aproximadamente 150 países en desarrollo.
El mercado interno no solamente es el espacio donde se genera la mayor cantidad de empleo, sino que su aprovechamiento permite desarrollar ventajas competitivas dinámicas, rutinas y procesos de aprendizaje. Allí, las personas y las empresas van desarrollando activos y capacidades que primero les permiten abastecer el mercado interno y que, una vez alcanzado cierto grado de maduración, les permiten salir a los mercados de exportación.
Además, existe otro elemento clave: la excelente dotación de recursos naturales que tiene la Argentina y la disponibilidad de insumos industriales como la petroquímica, el acero y el aluminio.
La manera de mejorar la inserción externa no consiste solamente en incrementar las exportaciones, sino también en lograr que sean de mayor calidad. Para eso se necesitan encadenamientos dentro de las cadenas de valor. Son eslabones en los que participan pequeñas y medianas empresas, compañías de servicios y otros actores, y que permiten exportar con mayor contenido de empleo, con desarrollo de capacidades tecnológicas locales y aprovechando simultáneamente el mercado externo y el mercado interno.
Por ejemplo, recientemente se anunció la concreción de un proyecto de producción de urea. Es una noticia espectacular porque, en lugar de exportar simplemente el gas, podemos transformarlo en urea y multiplicar notablemente su valor.
Además, tanto la Argentina como Brasil y el Mercosur en su conjunto son deficitarios en su capacidad de producción de urea, que es un insumo clave. Este tipo de iniciativas permite avanzar hacia productos más diferenciados y complejos, con un mejor impacto en la generación de empleo y en la creación de capacidades tecnológicas.
“El Gobierno comete un error al no comprender la heterogeneidad de la industria”
P.: ¿Entiende que el sector industrial que debe atravesar este proceso lo está haciendo en el marco de una estrategia de desarrollo y de cierta planificación? ¿O considera que el Gobierno opta por ordenar la economía y, una vez establecidas las nuevas reglas de juego, dejar que cada industria determine si es competitiva o no?
B.K.: Creo que el Gobierno comete un error al no comprender la heterogeneidad de la industria. Actualmente se utiliza, por ejemplo, la imagen de una economía en forma de “K”: una avenida en la que el sector moderno crece, aumenta su nivel de actividad y presenta proyectos de inversión importantes, mientras que en la otra parece estar todo en caída. Sin embargo, esa segunda avenida también es notablemente heterogénea.
En el corto plazo, por ejemplo, debería producirse una recuperación de la construcción, que es un sector no transable. Además, la Argentina arrastra desde hace más de una década un déficit enorme en materia de infraestructura e inversión pública.
Allí aparecen oportunidades que, sin lugar a dudas, deberán recibir alguna respuesta en el corto plazo. El Gobierno debería tener una estrategia para recomponer la inversión pública, porque es la que genera las condiciones sistémicas necesarias para que las empresas puedan desarrollar mejor su base de negocios.
Esto tiene que ver con mejorar los caminos, la logística, los puertos y toda la infraestructura. En ese sentido, la gran habilidad que ha demostrado el Ministerio de Economía para conseguir financiamiento y lograr consistencia en materia de endeudamiento y equilibrio fiscal debería permitirnos volver a una etapa en la que los organismos multilaterales, como el Banco Interamericano de Desarrollo, el Banco Mundial y la CAF, aporten financiamiento para recuperar una infraestructura que presenta niveles muy elevados de obsolescencia, costos y deficiencias.
La competitividad no es un fenómeno exclusivamente individual. Claramente, cada empresa tiene su responsabilidad y debe asumir riesgos, como corresponde a la lógica de la competencia capitalista. Pero, al mismo tiempo, hay que brindarle las condiciones sistémicas necesarias para que pueda mejorar notablemente su competitividad y desempeñarse adecuadamente dentro de la economía.
En este sentido, el Gobierno cumplió con una pata muy importante: ofrecer una macroeconomía mucho más previsible y consistente. Pero, además de eso, es necesario contar con una logística adecuada, un sistema financiero apropiado, una presión impositiva comparable con la de los países con los que compite la Argentina e instrumentos financieros modernos que permitan desarrollar las actividades.
Se necesita recomponer todo un ecosistema productivo en el que participan empresas grandes y pequeñas. Las cadenas de valor son responsabilidad de las propias compañías, pero también requieren condiciones de competitividad sistémica que resultan fundamentales para que la Argentina pueda recomponer su especialización productiva.
P.: En mis conversaciones con empresarios aparece con frecuencia la idea de que tuvieron que modificar forzosamente sus estructuras de costos porque había situaciones que ya no podían sostenerse. Sin embargo, no todas las empresas pueden hacerlo con éxito. ¿Primero deberían crearse las condiciones de competitividad sistémica y después lanzar a las empresas a competir, o ambos procesos deben avanzar en paralelo?
B.K.: Creo que es fundamental que cada medida de política económica que toma el Gobierno contemple cómo impacta sobre la definición de las estrategias empresariales. Después siempre habrá que optar por lo que resulte más adecuado, pero está absolutamente claro que este proceso de estabilización económica vino acompañado de un cambio brutal de los precios relativos.
La desaceleración de la inflación se produjo al mismo tiempo que un fuerte incremento de todos los precios de los servicios. No solamente aumentaron los servicios públicos, sino también los servicios privados: el estacionamiento, las escuelas, las obras sociales y prácticamente todos los demás.
Estos aumentos impactan profundamente en los costos de las empresas, pero también afectan el ingreso disponible de las familias.
Además, el gran problema que tiene la argentina es que desde 2011 no se crea un empleo privado formal adicional, a pesar de que la población aumentó más de un 15%. Lo que se generó como salida o como colchón de amortiguación fue una expansión del empleo informal: personas que trabajan en aplicaciones de reparto, conducen para Uber, venden comidas o prestan servicios de peluquería, entre muchas otras actividades.
Esto genera un problema muy serio en el mercado laboral. Las personas que conservan un empleo formal tal vez no sufrieron una caída de su ingreso real, pero tuvieron que afrontar un aumento notable de sus gastos en servicios públicos y privados.
Además, tomaron decisiones de consumo acostumbradas a la forma en que funcionaba la economía en el pasado. Cuando cambió el régimen económico y se les ofrecieron compras en doce cuotas sin indexación, muchas personas asumieron que ocurriría lo mismo que anteriormente: que pagarían las primeras cuotas y que, con el paso del tiempo, la inflación reduciría notablemente su valor real. Pero eso no sucedió.
A mediados del año pasado, cuando la tasa de interés sobre las deudas de las familias aumentó al 80% o al 100%, y en los sectores no bancarios llegó al 150%, las obligaciones financieras de los hogares se incrementaron notablemente. Así apareció este fenómeno actual tan complejo que es la morosidad.
Por lo tanto, el cambio de precios relativos obligó a las personas a destinar una proporción mucho mayor de sus ingresos al pago de servicios públicos y privados. A eso se sumaron los elevados niveles de endeudamiento y morosidad, con tasas de interés reales notablemente altas.
Todo esto les quitó capacidad para comprar ropa o muebles, o para salir a comer. Esa caída del ingreso disponible de la población determinó un freno brutal en el nivel de actividad.
P.: Uno podría pensar que el cambio de precios relativos era algo planificado por el Gobierno, pero posiblemente el aumento récord de la morosidad, como consecuencia de lo sucedido con la tasa de interés, no lo era.
B.K.: En ese punto hubo una decisión que se tomó a mediados del año pasado. Para evitar que se aceleraran la inflación y la devaluación del tipo de cambio, se optó por aumentar de manera brutal la tasa de interés.
Esa decisión afectó la capacidad de pago de las familias y también la cadena de pagos de las empresas.
“Los procesos de aprendizaje mediante la práctica se pierden cuando crecen los colchones de informalidad”
P.: ¿El Estado puede intervenir activamente para hacer algo frente a esta situación?
B.K.: Los márgenes son muy pequeños porque existe un equilibrio fiscal que el Gobierno, correctamente, quiere mantener. Es difícil determinar cuánto margen tiene para operar, pero es una situación que necesariamente debe revertirse.
Uno de los problemas complejos de todas las personas que terminan trabajando en la informalidad es que, en primer lugar, no pagarán impuestos, lo que hará caer la recaudación.
Pero, fundamentalmente, el aumento notable de la informalidad también reduce los ingresos de esas personas, que ya suelen ser relativamente bajos. Además, se pierde un elemento central para el desarrollo económico: el proceso mediante el cual, durante la producción de bienes y servicios, se califica permanentemente el recurso humano.
Podemos pensar en la imagen del joven aprendiz que ingresaba a una fábrica, comenzaba trabajando al lado de una máquina y, después de diez años, se convertía en oficial. Ese aprendiz de tornero luego se transformaba en oficial tornero, adquiría cada vez más capacidades y generaba un mayor valor.
Estos procesos de aprendizaje mediante la práctica, que se producen simultáneamente con la producción, se pierden cuando crecen estos colchones de informalidad. De esa manera, el mercado de trabajo argentino empieza a parecerse al de países latinoamericanos con estructuras productivas notablemente menos sofisticadas que la nuestra.
“Todos los países desarrollados cuentan con una estructura industrial notablemente importante”
P.: Es un problema que no es nuevo, pero que está creciendo a una velocidad que obliga a ponerlo en agenda.
B.K.: Sí. El primer punto, que no es menor, es comprender que hay muchas personas atravesando dificultades. Estamos hablando de una situación que afecta a entre 20 y 30 millones de personas.
Hay empresas cuyos costos aumentaron y cuyos márgenes se redujeron notablemente. También hay familias endeudadas que tienen serios problemas para afrontar esta situación.
Lo primero que se le debe exigir al Gobierno es que acompañe a estas personas y sea solidario con ellas. Cuando se realizan comentarios que transmiten la idea de que todo está bien, primero hay que reconocer que el esfuerzo de toda esa gente fue el que permitió alcanzar los equilibrios macroeconómicos.
En ese sentido, hay que agradecerles, acompañarlas y ofrecerles alguna visión de un futuro que pueda ser mejor.
Esta situación adquiere su mayor dramatismo en el sector industrial. Creo que el Gobierno tiene un diagnóstico equivocado respecto de la enorme heterogeneidad y de las capacidades que posee la industria argentina.
La industria argentina tiene un lugar de privilegio entre los países en desarrollo. Todos los países que han tenido éxito en su proceso de desarrollo económico -basta con observar a los integrantes de la OCDE- cuentan con una estructura industrial notablemente importante.
La industria perdió peso relativo dentro de la economía, pero no perdió importancia en un aspecto fundamental: es el sector que más invierte en investigación y desarrollo y que tiene una participación notablemente relevante en la generación de innovación.
Además, los cambios actuales en la estructura industrial hacen que la empresa manufacturera ya no sea como en el pasado, cuando todo sucedía dentro de la propia compañía.
Hoy, en la Argentina, un puesto de trabajo en el sector manufacturero presenta, en primer lugar, un nivel de formalidad superior al del resto de la economía. También ofrece salarios que son alrededor de un 25% más elevados.
La industria aporta casi el 25% de la recaudación total del Gobierno. Y, lo que es todavía más importante, cada empleo industrial genera aproximadamente dos empleos y medio indirectos que apoyan a esa actividad: personas que trabajan en logística, servicios financieros y otros servicios asociados a la creación de ese puesto industrial.
“Hoy las importaciones tienen una fuerza mucho mayor que durante la Convertibilidad”
P.: ¿Usted ve un riesgo de desindustrialización en la Argentina a partir de todo lo que está comentando?
B.K.: Ese fenómeno ya está sucediendo y es un proceso de largo plazo.
La Argentina atravesó una transformación muy fuerte durante la década de 1990, con la convertibilidad. Pasó de tener una estructura industrial integrada, con una participación importante del valor agregado nacional, a una industria más vinculada con la maquila o el ensamblado, en la que las empresas incorporaron masivamente a sus funciones de producción insumos, partes, componentes y subconjuntos importados. En ese momento se produjo una transformación muy importante.
Sin embargo, la competencia con las importaciones era totalmente distinta de la actual. China representaba menos del 10% de la producción industrial mundial y elaboraba productos de menor valor, cuya competitividad estaba basada principalmente en los bajos salarios. Los productos importados que ingresaban para competir en el mercado local eran, básicamente, los que se vendían en los negocios de “todo por dos pesos”.
Hoy la competencia es completamente diferente y las importaciones tienen una fuerza mucho mayor. En primer lugar, porque los agentes económicos aprendieron a importar: muchas empresas comenzaron a comprar contenedores y a ingresar productos masivamente.
En segundo lugar, porque se habilitaron los servicios de courier y las plataformas digitales, incluso con beneficios por los cuales no pagan determinados aranceles y cuentan con condiciones más favorables que las de cualquier importador tradicional.
Esto genera una competencia muy fuerte y el principal competidor es China. Hoy, China representa alrededor del 50% de la producción industrial mundial y produce con innovación, calidad y mano de obra calificada en prácticamente todas las áreas industriales.
Además, existen estudios, como el último de la OCDE, que señalan que cerca del 60% de las ganancias de participación de las exportaciones industriales chinas en el mundo está asociado con los fuertes estímulos y las políticas industriales aplicadas por ese país. Esto genera un nivel de competencia que antes no existía.
Otro problema creciente y preocupante es el elevado nivel de contrabando y el volumen de facturación asociado a esa actividad, especialmente a partir de la eliminación de los controles sobre los precios declarados de los productos que ingresan a la Argentina.
Por lo tanto, la competencia es hoy mucho más intensa. Muchos de quienes operan con contenedores quedaron sobredimensionados en sus niveles de importación y salen a vender esos productos en el mercado con márgenes notablemente reducidos.
P.: Está claro que China no es solamente un problema para nosotros, sino también para el resto de los países. ¿Vamos a contramano de lo que hacen sus industrias frente al avance chino?
B.K.: Definitivamente, sí. Sin embargo, la política industrial que aplican los países desarrollados es totalmente diferente de la que necesita la Argentina.
Los países desarrollados compiten en áreas de alta tecnología. La preocupación de Estados Unidos frente a China es determinar quién tendrá el control de los microchips, la inteligencia artificial, la robótica, la genética y la producción de los bienes más sofisticados, que tienen implicancias tanto para el aparato científico y tecnológico como para la seguridad de Estados Unidos.
Nosotros tenemos una estructura industrial muy diferente. Se requieren acciones por parte del Gobierno, pero deben ser distintas de las que implementan los países más desarrollados.
De todos modos, existen algunas cuestiones bastante elementales. Para ingresar un producto mediante una plataforma digital o un servicio de courier en Europa, por ejemplo, hay que pagar aranceles. No existe ninguna justificación para que esos productos no los paguen en la Argentina, mientras que un importador local que trae mercadería por su propia cuenta sí debe hacerlo. Hay que igualar las condiciones de competencia.
La industria debe comprender que la sustitución de importaciones, tal como se concebía anteriormente, ya no existe y que tampoco existe una economía completamente cerrada en ningún país. Hay que competir en una economía abierta.
Pero competir en una economía abierta no significa regalar el mercado. Cuando se detectan políticas comerciales anticompetitivas, subsidios u otras prácticas de este tipo, deben existir regulaciones gubernamentales para controlarlas.
“El Gobierno debe proporcionar las condiciones sistémicas para que las empresas puedan trabajar con horizontes más largos”
P.: ¿No resulta paradójico que el Gobierno pida tiempo para implementar su programa económico? Esto es interesante porque hacía años que no discutíamos un plan de desarrollo de largo plazo. Pero, al mismo tiempo, si no se atienden las urgencias de corto y mediano plazo, quienes no tienen tiempo son la industria, las empresas y los consumidores. ¿Cómo se puede lidiar con esa tensión?
B.K.: Ese es un punto clave. En materia de política económica de corto plazo, el Gobierno avanzó con mucha audacia y con una resolución muy clara. Incluso intentó implementar un programa de estabilización mucho más acelerado que el que llevaron adelante otras sociedades. Sin embargo, la secuencia del ajuste microeconómico es completamente distinta.
La estructura productiva argentina viene de una década en la que no se invirtió, no se gastó en innovación, no se calificaron los recursos humanos y el sistema educativo se deterioró. En términos agregados, todo esto provocó una caída de la productividad de la Argentina respecto de la frontera técnica internacional.
Se calcula que, en promedio, la productividad argentina representa alrededor del 40% de la productividad de los países de la OCDE. Por lo tanto, existe un enorme desafío para cerrar esa brecha. Pero eso no puede hacerse de un día para otro.
Se necesitan acciones simultáneas. Por un lado, están las responsabilidades de las empresas: asumir riesgos, invertir, contratar personal, capacitarlo y desarrollar programas de innovación.
Por otro lado, el Gobierno debe proporcionar las condiciones sistémicas necesarias para que las empresas puedan trabajar con horizontes más largos y para que quienes toman esas decisiones perciban que no actúan en un contexto de alta incertidumbre, sino dentro de un sendero que pueden recorrer.
P.: ¿Existe algún aspecto del programa económico que el Gobierno podría flexibilizar para llegar a las elecciones con un escenario algo más tranquilo?
B.K.: Definitivamente, existen instrumentos de todo tipo. En el sector de la construcción, por ejemplo, es evidente que existe una necesidad de recomponer los ingresos de la población para que pueda reactivarse la actividad. En particular, respecto de la inversión pública, creo que el Gobierno debería tomar medidas muy concretas y negociar con los organismos internacionales para conseguir financiamiento y reactivar la inversión en infraestructura, un área en la que la Argentina presenta un déficit absolutamente enorme.
Por otra parte, el Gobierno debe comprender la especificidad de cada sector. En primer lugar, debe valorar que existen activos que fueron construidos durante décadas, que pocos países poseen y que colocan a la industria argentina en una posición de privilegio. Estas capacidades van desde la posibilidad de fabricar una camioneta 4x4 hasta desarrollar el prototipo de un reactor nuclear, producir aluminio, acero o productos petroquímicos. También incluyen las aproximadamente 150 empresas de biotecnología que trabajan en el área de las vacunas, las semillas y otros desarrollos, además de todo el complejo metalmecánico.
Todos estos sectores son fundamentales para desarrollar el potencial del segmento moderno de la economía. El Gobierno debe tomar medidas para que estos activos sean rescatados y aprovechados en la explotación minera, la producción de petróleo, el desarrollo de la bioeconomía, el sector energético y otras actividades. La Argentina tiene hoy una oportunidad extraordinaria que no está asociada únicamente con el sector moderno de la economía. También contamos con capacidades dentro de un mercado interno importante y significativo. Son capacidades que no deben desperdiciarse, sino potenciarse.
P.: El economista Roberto Frenkel planteó que hay que “pasar el mal trago”: subir el tipo de cambio y aceptar una aceleración de la inflación. ¿Un empresario debe contemplar la posibilidad de una devaluación para mejorar su competitividad?
B.K.: Creo que el problema de la Argentina no es exclusivamente un problema de competitividad-precio. Evidentemente, si la devaluación se acelera hasta niveles que no pueden ser controlados, se generan desequilibrios macroeconómicos, y eso no resulta conveniente.
Al mismo tiempo, intentar apreciar excesivamente el tipo de cambio también provoca desequilibrios productivos. Por eso, se necesita un manejo de sintonía fina que permita que el tipo de cambio acompañe el proceso inflacionario.
También es necesario recomponer una política de ingresos. Creo que existe margen para dar un horizonte de previsibilidad sin romper el equilibrio macroeconómico. La solución de la Argentina pasa principalmente por los factores de competitividad no vinculados con los precios: cómo innovar, cómo invertir y cómo calificar los recursos humanos.
P.: O sea, la empresa que esté esperando una devaluación para volverse más competitiva bajo este modelo tendrá que seguir esperando.
B.K.: Creo que, en el corto plazo, las perspectivas no pasan por ese camino y el Gobierno claramente no está dando señales de que vaya a recorrerlo.




