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10 de julio 2007 - 00:00

Fervor de Buenos Aires por argentinos, en Valencia

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Consuelo Ciscar, directora del Instituto Valenciano de Arte Moderno, organizó la muestra «Fervor de Buenos Aires: Dibujos de arquitectos argentinos», con una treintena de figuras invitadas.
"Las primeras figuras simples y esquemáticas de estos dibujos de arquitectura argentinos reproducen lo que será el edificio de una forma sostenible, amable, generosa con el medio ambiente y los habitantes. Estas imágenes hablan, nos dejan sus mensajes, su interpretación de vida", escribió Consuelo Ciscar en el prólogo a la exposición en el Instituto Valenciano de Arte Moderno (IVAM), con el nombre de «Fervor de Buenos Aires: Dibujos de arquitectos argentinos», que se inaugura el 26 de julio.

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La cantidad y calidad de muestras que ha presentado Consuelo Ciscar en la Argentina (once de primer nivel internacional, sólo en el Museo Nacional de Bellas Artes entre 1994 y 2004) hace innecesaria su presentación. Esta es la primera que hace, ya no como Directora de cultura de la Generalitat de Valencia, sino como singular directora de uno de los museos más importantes de Europa: el IVAM.

Participarán los siguientes arquitectos: Federico Aja Espil, Mario Roberto Alvarez, Antonio Antonini, Jacques Bedel, Flavio Jánchez, Rubén Cherny, Roberto Converti, Enrique Cordeyro, Federico Faivre, Roberto Frangella, Matías Gigli, Gramática-Morini-Pisani-Urtubey, Jaime Grinberg, María Ester Joao, Carlos Mariani, Rodolfo Miani, José Ignacio Miguens, Lucio Neumann, Augusto Penedo, Emilio Rivoira, Miguel A. Roca, Rolando Schere, Oscar Soler, Justo Solsona, Genia Streb, Clorindo Testa y Jorge Turjanski.

El Renacimiento trae consigo el dibujo arquitectónico -o, por lo menos, lo afianza-, porque antes ha establecido el reinado del dibujo a secas. La difusión del papel en la Europa de comienzos del XV, que abandona la tablilla de cera y el pergamino, determinó ese giro copernicano, fortalecido por la pluma, y, a partir del XVIII, el lápiz de grafito. Es cierto que el dibujo entra al servicio de la pintura y de la arquitectura, pero también es cierto que así empieza a lograr su independencia. Fue en el Renacimiento cuando se adoptó la práctica de anunciar, en sucesivos y detallados bosquejos, el óleo que iba a ser pintado y el edificio que había de construirse. Estas etapas -cuatro, por lo menosdevinieron en un proceso regular, a menudo contractual, iniciado cuando el comitente encargaba el retrato o el palacio.

Aunque, el dibujo inició su vida sometido a la pintura, acaso no haya forma artística de tanta libertad. En el dibujo, el arte prescinde de todos los obstáculos y todas las interferencias. La arquitectura no se subordinó al dibujo, como la pintura en el XV: el dibujo era y es su escritura ideal, un portentoso medio de prefiguración. La arquitectura -pese a algunas voces en contrario-es arte; pero comienza a serlo por intermedio de otro arte, el del dibujo. Al mismo tiempo, al recibir y manifestar la escritura arquitectónica, el dibujo ve acrecentado su poder artístico (y poético).

Se trata de un caso único de bipolaridad, pero en movimiento continuo y de alimentación mutua. Corresponde evocar, en este sentido, el aporte del teórico y arquitecto Peter Eisenman, y la ya legendaria exhibición «Los inmateriales», organizada por el pensador Jean François Lyotard desplegada en el Centro Pompidou, en 1985. Esa muestra verdaderamente excepcional, punta de lanza de la alianza entre el arte, el diseño y la tecnología, presentó el proyecto de una casa elaborada por Eisenman a través de medios holográficos, para ilustrar su tesis, según la cual en arquitectura el proyecto es decididamente más importante que la realización.

Sostuvo Eisenman: «Los arquitectos nos enfrentamos al problema de intentar colocar nuevamente a la arquitectura en la realidad, cuando la realidad ha sido tomada por los medios de comunicación. Un posible comienzo, es tratar de entender qué han hecho los medios con la realidad». Para sintetizar su propuesta, diremos que ha tenido siempre esperanza de que todos, y cada arquitecto reinvente el mundo nuevamente y pueda volver a soñar.

La atinada y justa reivindicación del dibujo arquitectónico concierne a los arquitectos, cuyos diseños libran esa interminable batalla entre la tradición y la invención, el orden y la aventura; y atañe al dibujo, fabuloso instrumento de representación y arte. «Si el arquitecto no abarca la vida cotidiana, desde el utensilio más pequeño hasta el planeamiento de las ciudades; si no trabaja para todos, desde el noble hasta el obrero, no será arquitecto», sostenía Claude-Nicolas Ledoux (1736-1806), estupendo dibujante y arquitecto visionario.

Cuando la Argentina inicia la era de su modernización, a fines de 1880, la inicia desde Buenos Aires y con Buenos Aires. Arquitectos franceses, británicos y alemanes fueron cubriendo la ciudad de estupendos edificios públicos, de casas de departamentos, de residencias palaciegas.

Paisajistas famosos crearon plazas, parques, paseos y jardines. En los tiempos del tranvía, Buenos Aires tuvo 850 kilómetros de rieles, y fue por eso, reconocida en el mundo entero como «la capital del tranvía». El primer subte de América latina circuló por las entrañas de Buenos Aires, en 1913. Las primeras transmisiones regulares de radio empezaron aquí, no en Europa o los Estados Unidos, en 1920. Nueve años más tarde, nada menos que Le Corbusier afirmaba que en Buenos Aires había «sonado la hora de la arquitectura».

Entonces, nuestra ciudad era «la París de América». Pero poco a poco, los estilos modernos empezaron a singularizar a Buenos Aires, lejos de París y Nueva York, y cerca de su propia idiosincrasia. En todo caso, con el tango, Buenos Aires había ya conquistado a París. Razón tenía Le Corbusier, y los arquitectos argentinos -los extranjeros fueron expulsados por la Guerra, y dejaron de venir a Buenos Aire hacia 1915- comenzaron a esbozar otra ciudad de torres de oficinas y viviendas, que iría extendiéndose entre los grandes palacios Beaux-Arts y los edificios Art Nouveau y Art Déco. Hace tiempo que el reconocimiento de nuestros arquitectos ha trascendido fronteras. La ciudad renace: aún sus construcciones antiguas, que son recuperadas y recicladas, empezando por los viejos mercados, y siguiendo por los edificios de la avenida de Mayo, las Galerías Pacífico, los galpones de Puerto Madero, el Asilo de Ancianos, y otros tantos testimonios del paisaje urbano de ayer y de siempre.

Ninguna ciudad del mundo ha suscitado un torrente similar de narrativa, poesía, teatro, música y memorias. Y ninguna ha tenido una canción propia, como sucede con el tango. El poeta nicaragüense, Rubén Darío, que lanzó desde Buenos Aires la revolución modernista en la literatura en lengua española, a fines del siglo pasado, llamó a Buenos Aires: Cosmópolis. Y quién sabe si esta ciudad no es una sucursal del cosmos, y por eso, tan eterna como el agua y el aire, según quería Borges, y así lo describió en su primer libro de poemas: «Fervor de Buenos Aires».

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