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22 de noviembre 2007 - 00:00

Fin de la niñez sin falsa dulzura pero con ingenio

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«El fin de la inocencia» cuenta la incómoda historia de tres chicos afectados de diversos modos por la muerte de otro; indicada para ver y charlar con los hijos de más de 11 años.
«El fin de la inocencia» (Twelve and Holding, EE.UU., 2006, habl. en inglés).Dir.: M. Cuesta. Guión: A.S. Cipriano. Int.: C. Donovan, Z. Weizenbaum, J. Camacho, L. Roache, J. Atkinson, M. Debonis, A. Sciorra, M. Campetta.

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Esta sí que es una película bien de «parental guidance», como dice tantas veces la famosa calificación impuesta por la Motion Pictures. Acá está calificada para mayores de 16 años, lo que significa que los menores pueden verla solamente acompañados por sus padres. Buena ocasión para una salida conjunta, siempre que el chico tenga más de once, y no salga pidiendo después una máscara de hockey.

Se cuenta en ella la incómoda historia de tres chicos afectados de diverso modo por la violenta muerte de otro, de apenas doce años recién cumplidos. Una compañerita de escuela quiere quemar etapas. Hija china de una psicóloga divorciada (cuyas conversaciones con los pacientes escucha a escondidas), quiere afirmar un sentimiento de vida, asediando a un tipo bastante mayor que ella. La idea habitual de paidofilia, en este caso se revierte curiosamente.

Otro compañero, un gordito que apenas se salvó de morir con el otro, quiere quemar grasas. Es el personaje que alivia un poco el drama, aunque el director se encarga de evitarlo. Lo que comienza como una posible caricatura de los americanos obesos se va volviendo un choque de culturas dentro de la familia, que también podría terminar en muerte. Único chiste, la madre también gorda que desconfía de las manzanas. «No pueden ser algo sano», dice, mientras ofrece sus frituras.

Y el protagonista, un chico frágil, hermanito gemelo del finado, quiere vengarse de quienes causaron aquella muerte. Aquello fue un homicidio involuntario, causado por un Nelson cualquiera (llamémosle así, porque es de la misma especie que el chico asocial que siempre hostiga a Burt en «Los Simpsons», pero todavía más dañino). El también tiene un hermanitofrágil. Pero el protagonista, de nombre Jacob, tiene una máscara «como la de Jason», el personaje de las películas de terror. Tras ella oculta una mancha. Y con ella el director descubre la doble personalidad de una criatura, y acaso también la de un pueblo que embandera sus frentes, come sus donuts, y cría sus hijos a su manera.

Buen casting, buena dirección de actores, buen libreto, que invita a varias reflexiones, mala leche. Lo dicho, indicada para verla y charlarla con hijos de once para arriba. El guionista es Anthony Cipriano, el director es Michael Cuesta («L.I.E.»), y la nena, dicho sea de paso, es la ascendente Zoe Weizenbaum, que ya se había lucido debidamente en «Memorias de una geisha».

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