La obra "Darkroom" es una experiencia atípica, que se propone como el viaje a la intimidad de una obra de arte.
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Por otro lado, la complejidad forma parte de la propuesta, ambigua y a la vez perturbadora. Los espectadores se encuentran en una especie de sala de pre-embarque, con una decoración especial y una azafata vestida de negro y con guantes también negros, quien -antes de que el pasajero acceda a la sala negra, donde su única visión será la pequeña lente que lleva en su mano-, recita las tranquilizadoras instrucciones para emprender el viaje, con código de seguridad para el regreso incluido.
El viaje es la obra. En medio de la oscuridad, y a través de una pantalla muy pequeña, se ven varios personajes con cabezas circulares que semejan calabazas y cuyas bocas abiertas ostentan un gesto de estupor. Meciéndose, abrazándose, gesticulando; moviéndose, arrastrándose, levantando los brazos; susurrando, durmiendo o, acaso, muriendo.
Rozando al espectador en su tránsito, los personajes y la noche de
En medio de la incertidumbre que impone la performance, hay tres cabinas que sirven para recapacitar luego del elevado nivel de participación que demanda, y cada una tiene ocho canales que reproducen la acción. Lo cierto es que la performance instaura dudas sobre si lo que se ve es metáfora de la vida o de un instante. Y más aun, luego de ver en 2002 la primera edición en el espacio Belleza y Felicidad, el crítico
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