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3 de abril 2008 - 00:00

Joven bulímica aburre no sólo a su familia

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Aunque «Olga, Victoria Olga» muestra dedicación y hasta inspiración, la debutante Mercedes Farriols hubiera necesitado un productor antipático que la obligara a ceñirse un poco para no empalagar al público.
«Olga, Victoria Olga» (Argentina, 2007, habl. en español). Guión y dir.: M. Farriols. Int.: B. Spelzini, J. Hidalgo, J.M. Espeche, M. Levy, P. Novoa, A. Sajonia, J.L. Alfonso, M. Novoa, L. Chapman, P. Duchase, M. Ansorena.

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Duele decirlo, pero dos defectos desequilibran los varios méritos que tiene esta primera película de Mercedes Farriols, la actriz y escritora que así debuta como realizadora de cine. Esos defectos son de estilo literario y reiteración, y se hacen sentir demasiado, al punto de opacar las excelencias de fotografía de Ricardo de Angelis (h.), la dirección de arte de Santiago Elder y la música de Federico Jusid, digna esta última de integrar un programa de concierto, pero, eso sí, en versión abreviada.

Destacables, también, Beatriz Spelzini, como una sufrida esposa con ganas de pedir la separación, y Juana Hidalgo, en rol de abuela cordial, que evoca tiempos idos y es, sin duda, culpable de haber malcriado a una nieta hoy adolescente, una histérica y bulímica que tiene al padre como cajero automático («y decile que gracias por las llaves del auto»), etc., etc., hasta que se da un tortazo y pasa a terapia intensiva. Bueno, el padre también es otro que mejor haría en callarse, pero ahí están, alrededor de la nena en coma, todos los miembros de la familia, y toda la película, que va y viene en el tiempo, alternando rencillas conyugales, monólogos de la chiquilina, charlas con una terapeuta, recuerdos de infancia, tiernos y ejemplares relatos de la nona, imágenes de valor simbólico, como puentes de arena o metal, y asociaciones interesantes, creativas, por ejemplo una donde la chica aparece sucesivamente niñita en la bañera, adolescente ensangrentada y dormida en la bañera (como si fuera la sensación que de sí misma tiene durante el desvanecimiento), y ensangrentada y entubada en la cama de hospital, como la ve concretamente la abuela tras el accidente. Hay mucha riqueza en todo esto, y buen oído para ciertos diálogos matrimoniales («No me estuviste escuchando». «No. ¿Vos me estuviste escuchando?». «¿Cómo querés que te escuche si no me decís lo que te pasa?»). Pero también hay demasiados párrafos amanerados, de una intención poética que solo funciona en los talleres literarios, aquí agravados por una indeclinable tendencia reiterativa, manifiesta desde el propio título, que además tiene un subtítulo. Para colmo el relato termina varias veces antes de terminar de veras. Una lástima, porque el tema es lindo, y las imágenes han sido construidas con notable trabajo, evidente dedicación, y hasta con buena inspiración, que de eso se honra en mostrar varios ejemplos.

Quizá la autora necesitaba un productor antipático, que la obligara a ceñirse un poco, para no empalagar al público. Pero ella misma se produjo, y no fue precisamente antipática consigo misma. La ayudaron, de diverso modo, los hijos de Victoria Olga Sabbadini de Galli, el Colegio Mayor de Unamuno, Bilbao, y Mis Tres Hermanas Productions, de Madrid-Los Ángeles.

P.S.

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