La banda, que había actuado el día anterior en el teatro Gran Rivadavia, despliega sus mundos de fantasía con frescura y potencia, allanando el camino para Helloween, primer convite grande de la tarde noche, de la mano de un Michel Kiske angelado.
El origen
Deep Purple: la génesis de todo. Sin ellos, nada de esto estaría pasando. Y aunque la ausencia de Ritchie Blackmore siempre será ruidosa, la posibilidad de ver a los Ian -Gillan y Paice- y a Roger Glover una vez más, después de cinco años, es una delicia. Tampoco está Steve Morse, quien se bajó para acompañar a su esposa en su tratamiento contra el cáncer. Ahora, el hombre de las seis cuerdas es Simon McBride, bastante más joven que sus compañeros y dueño de una estampa Temple Pilot.
Visceral, sin rodeos, Purple sale a la cancha. Highway Star enloquece a la monada con su cabalgata rutera, paso previo a que el riff de Pictures of Home cierre un tándem de lujo. Pelo largo blanco hacia atrás y camisa celeste, la figura de Gillan parece pequeña y frágil, pero a la hora de pelar es inobjetable.
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Las recientes No need to shout y Nothing at all estiran la alfombra para que McBride presente sus credenciales. Solo y aire para la banda, que vuelve a brillar con Lazy, otro clásico, y la elegante When a blind man cries.
Solo de vuelta: ahora es el veterano Don Airey quien, desde los teclados, evoca al fallecido Jon Lord. En su muestra de virtuosismo, Airey ofrenda al público local pasajes de Adiós Nonino de Ástor Piazzolla, hasta desembocar en el teclado sucio de Perfect Strangers, canción monumental que la banda interpreta a la perfección. La amalgama entre teclas y guitarra es rasgo distintivo del grupo: nadie lo hace como ellos.
El cuarteto final es demoledor: Space trucking, Smoke on the water, Hush (popular tema de Joe South) y la multicoreada Black Night, todas y cada una de ellas con el consiguiente cuelgue instrumental. Los británicos emocionan solo con su presencia. "Chau, así se hace", parecen decir, mientras se despiden del escenario. ¿Volverán alguna vez? Cae la noche.
La escuela alemana
Con una puntualidad encomiable, Scorpions asalta el escenario a las 20. Klaus Meine ocupa el centro flanqueado por Rudolf Schenker y Matthias Jabs, las guitarras gemelas que impresionan por su estado físico. Setlist de audio gigante y ochentoso para los alemanes, cuyas 12 cuerdas se lanzan paredes de memoria. Primera muestra de carácter con The Zoo, canción pecaminosa y de machaques, que llevan el beat de la banda.
Sobrio, Meine se apoya en sus guitarristas, quienes recogen gustosos el papel de showmans, desfilando de un lado al otro del escenario. Párrafo aparte para Schenker, que parece tener todas las Flying V del mundo. Peacemaker, Bad boys running wild y Delicate Dance abren paso a uno de los momentos más esperados: el de las baladas. Bajan las luces y el set muta a acústico. Send me an angel y Wind of change, con letra cambiada y dedicatoria incluida a Ucrania, destacan al cantante.
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Tease me, please me vuelve a la faceta sexual y glam del grupo, mientras que el exMotörhead Mikey Dee, incoporado en 2016, se luce con un solo de batería que hace temblar la ciudad. Black out y Big City Nights cumplen con la cuota rockera final, pero el número puesto llega en los bises, cuando el arpegio de Still loving you resuena en Lugano.
¿Queda algo? ¿Cómo irse tan abajo antes de Kiss? Rock You Like a Hurricane le pone el moño a un show eléctrico y sobrado, lleno de oficio y sonido fuerte. Scorpions, una vez más, no vino a pasear.
Adiós y gracias
Quienes vieron a Kiss en abril del año pasado, o en alguna de las otras otras once veces que la banda vino, ya saben de qué va esto. No hay mucha sorpresa, pero sí asombro. Porque la espectacularidad de su despliegue no permite que nadie quede ajeno a él. Y todo lo que se puede hacer arriba de un escenario, Kiss lo hace. Y de entrada. Desde que cae el telón y se dispara Detroit rock city, hasta el final. Estallidos, fuego, sangre y mucho histrionismo.
Abajo, entre el público, viejos y jóvenes, metaleros y no, se emocionan por igual. Sus caras pintadas denotan la comunión con los neoyorquinos. Paul Stanley lleva su personaje con absoluto desparpajo. Dialoga, conversa, tira centros y recibe las devoluciones. No deja pasar una ovación sin montar un espectáculo. "Buenos Aires, oh, Buenos Aires", repite mientras se acomoda el pelo con delicadeza. Esa alquimia con su ladero y contraparte, Gene Simmons, es piedra angular del funcionamiento en vivo del grupo. El reparto del protagonismo es ecuánime.
Shout It Out Loud, Deuce, War Machine, Heavens on fire, I love it loud: tema tras tema, explosión tras explosión, Kiss arma un circo grandilocuente; una propuesta inimitable, sostenida, antes que nada, en buenas canciones. Sin eso, lo demás es nada. Pero hay vida después de Stanley y Simmons. Y la guitarra de Tommy Thayer se abre paso disparando cohetes con un solo de factura propia, para dejar en claro que no existen actores de reparto en el asunto.
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Más tarde, Stanley pide llamar al doctor y Simmons responde con Calling Dr. Love. En God of thunder, el bajista canta desde una plataforma no apta para vertiginosos. Y Paul, para no ser menos, cuenta que, si se lo piden, se va con el público. Entonces, ante el insistente reclamo, vuela por encima de la gente y baja en la torre de sonido, desde donde interpretara Love Gun y I was made for lovin' you, para convertir la noche porteña en una inmensa disco. ¿Qué falta? Bueno, Eric Singer todavía no demostró de lo que es capaz. Desde la batería, canta Black Diamonds y, después, como si fuera poco, se sienta al piano y deja una sentida versión de Beth. Acá todos hacen todo.
Se olfatea el cierre. El último tramo argentino del End of the Road Tour. Do you love me llena de globos y papelitos el Parque de la Ciudad, preludio inocente del punto final. Llega Rock and Roll all Nite, tal vez la canción que mejor sintetiza la filosofía Kiss.
Entre evocaciones a la parranda, al desenfreno y a la fiesta continua, Kiss desaparece jurando que nunca va a olvidar a Buenos Aires. Las pantallas muestran la bandera argentina y el "Buenos Aires, we love you". En un rato habrá que caer otra vez. Será, lamentablemente, más temprano de lo previsto, porque salir del predio o encontrar un transporte es el primer cachetazo de una realidad que no es Kiss.
En plena peregrinación de vuelta, un padre con la cara pintada como Stanley mirá al hijo y, entre risas, le dice: "¡Vimos a Kiss, boludo!". Vimos a Kiss, boludo.
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