Para el escritor colombiano, «lo único que no se pueden permitir
las novelas históricas es ser redundantes; si se siguen
escribiendo y leyendo, es porque nos dicen cosas que no
dicen los libros de historia, los ensayos, el cine».
"Soy un anacronismo en la nueva literatura latinoamericana; he vuelto a plantearme grandes preguntas, por ejemplo sobre la identidad de nuestros países, como lo hicieron obsesivamente los escritores del boom", ironiza el colombiano Juan Gabriel Vásquez.
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Luego de su exitosa novela «Los informantes», (donde relató como durante la Segunda Guerra Mundial su país persiguió primero a simpatizantes nazis y luego a todo alemán, aunque fuera un judío exiliado), Vásquez presenta ahora « Historia Secreta de Costaguana», donde un colombiano le cuenta su vida en Londres a un famoso escritor, una tragicomedia atravesada por la forzada independencia de Panamá de Colombia.
Periodista: ¿Dónde comenzó para usted la «Historia secreta de Costaguana»?
Juan Gabriel Vásquez: Una editorial colombiana me encargó hace unos años una biografía cortita de Joseph Conrad, para una colección de biografías breves, un trabajo absolutamente inofensivo. Escribiéndola volví a encontrarme con ese mito de la historia de mi país: Conrad habría visitado nuestra costa en 1876. De eso no hay ninguna prueba, de lo que hay pruebas es de las relaciones entre su gran novela «Nostromo» y hechos de la independencia de Panamá. Entre ese país que él llama Costaguana y la Colombia del siglo XIX, entre esa provincia que llama Sulaco y el Panamá que se sale de nuestro territorio con la ayuda militar de Estados Unidos. Me enfrentaba a un escritor cuya vida y obra me han moldeado sobre como funciona la literatura, junto a mi gran obsesión actual que es la historia de Colombia. Dos cosas que juntas pedían a gritos que me ocupara de ellas. Ahí empecé a fantasear en escribir una novela especulativa, exagerada, distorsionadora sobre ese encuentro.
P.: Y eso le permite abordar la trama histórica con libertad.
J.G.V.: Soy fundamentalista respecto a las novelas históricas: lo único que no se pueden permitir es ser redundantes. Una novela que trata de hechos públicamente conocidos no puede contarnos lo que ya sabemos por los textos, las noticias, la televisión, los documentales. Una novela que cuenta eso no tiene razón de existir en la literatura. Las novelas que me interesan no repiten la realidad sino que le añaden algo, la cambian. Tienen la capacidad de contar algo distinto. Leyendo «Guerra y Paz» se entienden cosas que no están en ningún libro sobre las guerras napoleónicas. En la literatura también rige la selección de las especies. Un género que está haciendo lo mismo que hace otro género se vuelve superfluo y tiende poco a poco a desaparecer. Si se siguen escribiendo y leyendo novelas históricas es porque nos dicen cosas que no dicen los ensayos, los libros de historia, el cine.
P.: Además, la suya no es una novela histórica, ni una ficción biográfica, ni un relato metaliterario.
J.G.V.: Me gustan las novelas que son más de una cosa. Por caso, una novela histórica que sea a la vez una reflexión sobre la historia y una novela de aventuras, pero además, como en ésta, que recupere la picaresca. En mi caso trato de inventar una voz, un estilo, una gente y un anecdotario que agarre al lector del cuello y no lo deje irse. Y diciéndole al pasar cosas importantes, enfrentándolo a grandes hechos de América Latina o de la condición humana. El divorcio de la exploración de grandes preguntas y el relato de una historia apasionante es una de las grandes tristezas de la literatura contemporánea.
P.: ¿Por eso entre sus temas incluye el de la identidad?
J.G.V.: Eso se fue revelando a medida que escribía, no fue una decisión abstracta, previa. En un momento me di cuenta de que era una de las cosas que valía la pena que explorara con esta novela. La identidad fue algo que interesó mucho a la generación del boom y, por alguna razón, la pregunta sobre de qué modo somos el producto de nuestra historia desapareció en las generaciones siguientes. Y hoy, novelistas de otros países, de otras regiones, se siguen interesando por esa pregunta, como Orhan Pamuk en Turquía, Peter Carey en Australia, Salman Rushdie en India.
P.: ¿Cómo aparece en usted esa necesidad de narrar su país?
J.G.V.: Antes sentía que no podía escribir sobre Colombia porque no la entendía. Había crecido con la idea hemingwayana de «escribe sobre lo que conoces y lo que dominas». Hasta que me di cuenta de que no entender algo es la mejor razón para escribir sobre eso, porque las novelas que me interesa leer y escribir son las de averiguación, las que son instrumento de conocimiento, las que van al corazón de las tinieblas para contarnos lo que hay allí. Una de las justificaciones que tiene escribir novelas es ir a los lugares que nadie ha contado, a los de nuestro pasado colectivo e individual. Y explorarlos con esa manera tan particular que tiene la novela de contar las cosas. Los novelistas somos gente rara que cree que el mundo no está completo hasta que no ha sido contado en una novela. Y en una novela, en mi caso, sobre Colombia.
P.: A pesar de que allí tienen a García Márquez...
J.G.V.: El se ha manejado, en sus grandes novelas, con una parte mínima del territorio colombiano: el Caribe del siglo XIX. Y a través de ese filtro tan particular que es el realismo mágico. Tenerlo en cuenta fue para mí un reto adicional dado que «Historia secreta de Costaguana» trata del Caribe y del siglo XIX. Mi respuesta fue el tono de mi libro, que va por el lado de la ironía, el sarcasmo, el humor. Mi narrador es un hombre que se siente culpable por haber cometido una serie de errores en su vida y quiere confesarse, quiere pedirle a esa entidad anónima que es el lector que lo juzgue y lo declare inocente o culpable. A la vez, busqué involucrar al lector en la visión de la historia como relato, sobre que lo ocurrido es algo que alguien nos ha contado por tanto subjetivo, parcial, lleno de prejuicios, de intereses culturales o económicos.
P.: ¿Cómo imagino a su lector? ¿Cómo un conocedor de Conrad?
J.G.V.: No escribo para un lector sino pensando que voy a crear un lector nuevo, que voy a despertar en alguien el interés por Conrad, por el Canal de Panamá, por el desgarro de un sueño ambicioso. Conrad es un personaje más, lo trato como a un ser ficticio, de forma irreverente, sin intención alguna de homenaje o panegírico. Tiene abscesos anales, es un mentiroso que se inventa heroísmos que no tuvo. El riesgo que corría era que alguien pensara que tenía que haber leído a Conrad para poder leer « Historia secreta de Costaguana», lo que es falso. La novela es un aparato absolutamente independiente y ni se tiene que saber quién fue Conrad, ni Panamá, ni el Canal, nada.
P.: Y esa persona se indigna porque Conrad, cuando escribe su historia, ni lo menciona.
J.G.V.: La riqueza de esa situaciónes que puede ser tomadade muchas formas. El hombre que ha vivido una vida real quejándose por no ser incluido como personaje de ficción, el hombre que ha vivido una vida real quejándose de que su confesión ha servido para inventarse una novela, no entiende cual es la diferencia entre el mundo real y el mundo ficticio. No entiende que escriba algo que malinterprete la historia. Alguien me ha dicho que es mi ataque preventivo ante quien me venga a decir que he distorsionado la historia de Colombia. Hay también en esa situación una vindicación de la autonomía de la ficción, de su poder, del derecho que tiene de reinterpretar la realidad.
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