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25 de octubre 2007 - 00:00

La II Festa de Roma ya da signos de lucha de clases

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Robert Redford y Tom Cruise (presentaron ayer «Leones por corderos»), típicos exponentes de la clase consagrada, en contraste con la generación off mercado, que aunque también busque sus prerrogativas, intenta hablar otra lengua.
Roma - El Café de las Artes está oculto en un largo túnel subterráneo que se bifurca entre Piazza Spagna y Villa Borghese. Fue allí, el martes por la noche, que se entregaron los premios de la rama más estratégica de este Festival romano, los del New Cinema Network, un incentivo a los proyectos más novedosos que atraviesan el umbral de la selección del comité que preside Maria Teresa Cavina.

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En ese ambiente de discoteca, ruidoso y aglomerado pero distendido, una especie de Dolce Vita posmoderna cuyos concurrentes y participantes, en su mayoría, ni siquiera habían nacido cuando, apenas unos metros más arriba, Marcello Mastroianni se saludaba en blanco y negro con Paparazzo en el Caffé de Paris en el clásico de Fellini, el ganador fue (dejando esta vez en el camino a los proyectos presentados por la Argentina, «Sobrevivientes», «Cromañón» y «Jungle Toxic») el realizador polaco Slawomir Fabicki por «Bonobo Jingo», la historia de una familia de marginales, que vive sobre las vías del ferrocarril en un vagón abandonado, y que un día reciben en su morada a un chimpancé que les modifica la existencia.

La fiesta terminó muy tarde, como si se tratara de la culminación del auténtico acontecimiento que realmente les interesaba y cuyo idioma todos compartían; nadie, en cambio, parecía interesado en lo que había estado ocurriendo sobre la superficie, a pocas cuadras de allí, en el sector más mediático del Festival, y mucho menos que en aquel lugar hubiesen estado presentes Tom Cruise y Robert Redford discurriendo sobre las contradicciones de la sociedad norteamericana actual, cuando no (en el primero de los casos), de la Cientología.

Aun con su juventud, el festival romano ya va dando claros signos de lucha de clases: de un lado, los dinosaurios consagrados, atentos a su imagen y a sus reguladas declaraciones; del otro la generación off mercado que, aunque también busque sus prerrogativas, intenta hablar otra lengua. A veces no fácilmente compartible, pero distinta.

Es más: esa noche Redford, que había presentado su nueva película «Lions For Lambs» (Leones por corderos), acababa de reconocer casi cansadamente que el cine no modifica la realidad. En el Café de las Artes, aunque sepan (al revés de los años 60) que el cine no cambia nada, al menos intentan la más modesta utopía de cambiar al cine mismo con sus películas.

«Leones por corderos», tibiamente recibida en Roma, es una de esas típicas producciones de «buena conciencia». Su tema es la posición de los Estados Unidos en el momento político internacional actual, frente a Irán e Irak, pero sobre todo frente a los ojos del mundo. «No es un film de guerra», declaró Redford. «Se ocupa de un tema más profundo sobre las consecuencias de estos últimos años para mi país. No se han hecho muchas películas sobre el tema. Quise enfocar de manera directa el papel de la prensa, de la cultura, de la política y de la juventud con respecto a la guerra. El gobierno nos reclama apoyo poniendo como fundamento la seguridad, y acorralando el derecho de la gente a plantear preguntas. La mayor parte ha respondido así, pero luego comprobó que muchísimas cosas no quedaban claras.»

Quien hace las preguntas en el film es Meryl Streep, en el papel de una periodista inquieta; Redford se reservó el papel de un profesor universitario, inteligente pero demasiado cándido, y Cruise es el típico senador belicoso, el perfil exacto de los que suelen ser pasto de los documentales de Michael Moore.

Cruise, con su prolijísimo peinado y sus expresiones humanitarias en Roma (y cientológicas también, claro), no pudo dejar de lado el costado menos estimulante para las ideas: «Estar junto a Bob y Meryl fue como hallarme de golpe en el set de 'Africa mía'. Fue algo maravilloso». Publicista al fin, también es -con Redford-coproductor de esta realización que, de alguna manera, intenta inscribirse en la línea del cine político setentista norteamericano, al estilo de «Todos los hombres del presidente», pero cuyos resortes ya acusan demasiada fatiga.

Con menos pretensiones, aunque tal vez más alegría, también se presentó en Roma «The Dukes», una enésima remake (norteamericana en este caso) de «Los desconocidos de siempre». Su autor, Robert Davi, concurrió junto con dos de sus actores, Eloise Dejoria, James Cypherd y el también cineasta Peter Bogdanovich.

Davi, que como actor ha interpretado varias veces todo tipo de villanos (incluyendo a los enemigos de James Bond), declaró haber cumplido con su meta de rendirle homenaje a sus ancestros y al cine italiano, y para ello no sólo se ocupó de adaptar uno de sus grandes clásicos sino que abusó de una banda de sonido donde suenan las voces más icónicas de la península, desde Pavarotti al gangoso Paolo Conte.

Pero la fiesta italonorteamericana no pudo ser completa: a último momento, Martin Scorsese (que debía presentar una versión restaurada de «Erase una vez en el Oeste», de Sergio Leone), canceló su viaje. Y Coppola ya está de retorno en la Argentina.

Y a propósito de él, dos pequeñas primicias: a pedido de sus productores, Coppola modificará el título de la película que rodará en Buenos Aires (ya no será «Tetro», denominación que consideraban «poco vendedora»), y seguramente será él en persona quien inaugure, el mes próximo en el Cinemark de Palermo, la Semana de Cine Italiano.

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