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7 de diciembre 2006 - 00:00

"La vida secreta de las palabras"

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Recreando «La señorita Cora»: Sarah Polley, enfermera de Tim Robbins en «La vida secreta de las palabras».
«La vida secreta de las palabras» (id., España, habl. en inglés). Dir.: I. Coixet. Int.: S. Polley, T. Robbins, J. Cámara, J. Christie, E. Marsan y otros.

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El nuevo film en inglés de la directora catalana Isabel Coixet («Mi vida sin mí», «Cosas que nunca te dije») se ocupa de un encuentro improbable e iluminador. En una plataforma petrolífera, una mujer solitaria, con serios trastornos de conducta, sorda (aunque con un audífono que maneja a voluntad) y con un pasado en el que se intuyen episodios terribles, cuida a un hombre que ha sobrevivido a un grave accidente que le provocó quemaduras múltiples y una ceguera transitoria.

Hanna (la brillante Sarah Polley) ni siquiera es enfermera: ha llegado a una ciudad costera de Irlanda, obligada a tomarse vacaciones por su propio patrón; incapaz de soportar el ocio, aprovecha esos días para ir a cuidar a un hombre a quien no conoce. Josef (Tim Robbins) ha tenido hasta entonces, aparentemente, una vida más tranquila, aunque la razón última de ese accidente sólo empieza a dilucidarse a medida que avanza la película. Sólo entonces va a saberse porqué el hombre, tras su conducta cínica, esconde una culpa insoportable. Y algo después todavía, casi sobre el final, también se conocerán las razones por las cuales Hanna y Josef, inclusive sin saberlo al principio, sienten una identificación recíproca que va más allá del entendimiento social (es decir, de la comprensión de quienes no hayan atravesado jamás por experiencias similares). Coixet puede llegar a sugerir, también, que una de las eventuales formas que puede adquirir el amor es un tipo de identificación como la que se establece entre Hanna y Josef.

«La vida secreta de las palabras» es una película tan lúcida como emotiva, tan conceptual como lírica. El nombre de Coixet, cuya obra, aún incipiente pese a su madurez y profundidad, protegió y produjo Almodóvar casi desde los primeros momentos, seguramente habrá de agigantarse con el paso de los años en el panorama del cine europeo e internacional.

El suyo fue siempre un cine de raíz literaria, y en este caso lo es más aun desde su mismo y hermoso título: «La vida secreta de las palabras» transcurre en un ámbito aislado del mundo, en medio del océano, entre seres solitarios que han elegido ese destino porque no soportan el mundo, porque se marean en tierra firme; sin embargo, más allá de ese espacio, está el otro, el simbólico, el que une a sus protagonistas a través de palabras cuyo sentido está desplazado: Hanna y Josef, que al principio sólo se comunican por lo verbal (él no puede verla, y ella sólo lo oye cuando quiere), aunque hablen de trivialidades siempre lo están haciendo sobre otra cosa, ensayando una vía que les permita, tal vez, llegar a encontrarse recíprocamente.

Para ello, Coixet le rinde un gran homenaje de Julio Cortázar: Josef, que hasta ignora el nombre de Hanna cuando ella se presenta allí como enfermera, la llama Cora, y algo después (aunque sin mencionar al escritor argentino), le relata enteramente el cuento «La señorita Cora». Otro texto sostiene, además, otro de los pilares del film: las «Cartas de amor de una monja portuguesa», cuya aparición permitirá seguir descubriendo el secreto de Josef.

Entre los lujos de este impecable film están las presencias de Julie Christie, en un papel breve aunque de especial significación, y el español Javier Cámara (que hizo de enfermero en «Hable con ella»), aquí como un cocinero de a bordo. Desafortunadamente, esta película también es estrenada de manera casi secreta, con escasa publicidad, y en la peor época del año para lanzar este tipo de cine.

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