17 de febrero 2000 - 00:00
"LAS HUELLAS BORRADAS"
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Entre esa gente que él reencuentra, y que lo recibe con mayor o menor afecto, hay un par de viejitas muy distintas entre sí, la optimista y la rezongona, un viejo castellano de buen pasar e ideas volterianas (grato personaje inter-pretado por otro argentino, Héctor Alterio), los parroquianos de
un bar, uno de los cuales aporta la cuota de violencia atávico-social que corresponde, algunos hijos egoístas, una mujer ya seca de cariño, y una pareja en la cual depositar esperanzas. El pueblo es, también, un personaje, con sus cigüeñas y sus viejas fachadas, que habrán de perderse para
siempre, como tantas otras cosas.
Ese es el asunto, y el tono, de esta película del cineasta hispanoargentino Enrique Gabriel, la tercera que hace, y la más compleja, por la variedad de personajes, locaciones, y situaciones, pero, particularmente, por el tipo de sugerencias que transmite, y la tradición narrativa que adecuadamente maneja. Película de prosa melancólica, no pretende erigirse en gran obra poética. Sólo pretende que se abran en nosotros algunos sentimientos, que surjan algunas reflexiones. Lo consigue con honradez, y en abundancia.
PD 1: Las anteriores de Gabriel son «Krapatchouk» y «En la puta calle», dos comedias muy singulares, con momentos muy tristes, también sobre infelices que buscan un nuevo hogar.
PD 2: Una anécdota, que revela a un profesional. Para darle más fragilidad a su personaje, Federico Luppi se afeitó el bigote (que él mismo suele definir como «bigote de vigilante»), y trabajó como en sordina. Es un detalle, pero tiene su importancia.


