8 de septiembre 2016 - 10:58

Leticia Martin: "Escribo más allá de mi condición de género"

Leticia Martin. (Foto: Luis Andrade)
Leticia Martin. (Foto: Luis Andrade)
¿Imaginan que en un futuro lejano los hombres acepten ser inseminados por sus novias o esposas y reciban una preparación hormonal para más tarde, poder dar a luz de la misma forma que las mujeres, con el dolor que implica un parto natural? ¿Qué los varones defiendan su derecho a procrear así como hoy las mujeres se manifiestan a favor de la despenalización del aborto? ¿Que esa conquista igualitaria se diera en un contexto complejo en el que las principales disputas políticas se diesen entre los "continuistas", que abogan por preservar la especie y los "extincionistas", que postulan que el ser humano debe morir?

Ese es el universo de Estrógenos, la segunda novela de la escritora y periodista Leticia Martin, que puede ser considerada de ciencia ficción, pero que también explora la maternidad, las relaciones de poder, el amor filial, la digitalización de la vida y los posibles escenarios en la lucha por la igualdad de género. Es que en distintas publicaciones online, la autora se dedicó durante años a analizar en profundidad el feminismo y sus fisuras. En diálogo con ámbito.com, Martin habló no sólo de su nuevo libro, sino también de cómo este movimiento social atravesó su escritura.

Periodista: ¿Cómo surgió la idea de escribir Estrógenos?

Leticia Martin: Tres años atrás escribí un cuento y al terminarlo pensé que daba para contar más, que incluso un párrafo podía ser un capítulo entero. Para ese entonces empecé ir al taller de Pedro Mairal, quien solía decir que la poesía es como el azafrán, que si sumergís una pizca del condimento en una olla inmensa de arroz, podés teñirlo todo. Él consideraba que la poesía, con su poder de síntesis, era la condensación de textos larguísimos. Entonces pensé ¿por qué mi cuento no podría expandirse como el azafrán? Le eché agua y acá estamos, quedó esto.

P.: Uno imagina que un texto que involucra un "parto peneano" puede impresionar a los hombres. ¿Qué te dijeron los varones que lo leyeron?

L. M.: Como el libro es nuevo, aún no tuve muchas lecturas de hombres, salvo de amigos que dijeron cosas como "me hiciste pelota" o "no puedo creer lo que estoy leyendo". Mi intención fue hacer que los hombres pasen por nuestras sensaciones. Se les dice mucho "vos no sabés lo que es" pero no se les cuenta exactamente cómo es, por ejemplo, trabajar y parir, o trabajar y amantar. No al menos desde las sensaciones físicas. A nivel ciencia ficción, quizá, hubiese sido mejor contar que los bebés salían telepáticamente de la panza del padre, o algo similar, pero me pareció mejor que les pase directamente a ellos, al cuerpo de ellos.

P.: La voz masculina de tu personaje principal está muy lograda. ¿A quiénes escuchaste para construirla?

L. M.: Tenía miedo de que la voz de Martín quedara femenizada. Por eso traté de prestarle atención a las acciones de mi personaje, además de limpiar la prosa de mis vicios personales, como poner siempre un rulo de más en los diálogos. Creo que las mujeres leemos más textos de hombres que al revés, y que eso me ayudó bastante. También corregí la novela con Juan Terranova, quien aportó su mirada atenta y no me dejó pasar una. Por momentos me decía "este tipo no habla así", o cosas por el estilo. Escuchar esas pistas fue muy útil para trabajar el lenguaje masculino. 

P.: Tu libro ocurre en el futuro, pero como dice en la contratapa, se parece a "un espejo oscuro de nuestro presente". ¿Por qué viste a estos momentos históricos tan parecidos?

L. M.: Para mí el futuro tiende sobre todo a los cambios biológicos, a las alteraciones genéticas y a los experimentos sobre el cuerpo. Creo que los años por venir tendrán menos que ver con las máquinas que con las intervenciones sobre los cuerpos. Me interesa más pensar qué va a pasar con las operaciones, la genética, los límites del cuerpo, la sexualidad o las hormonas, que imaginar cómo vamos a teletransportarnos. El futuro parece tener que ver más con el fin del humanismo, con la idea del sujeto como una cosa única e integrada. Me pareció más divertido y perturbador pensar ese mundo futuro que darle vida a una cafetera voladora o a un robot.

P.: En tu novela, la vida de la humanidad está atravesada por un espacio digital llamado Nit. ¿Qué es exactamente y cómo se te ocurrió ese nombre?

L. M.: El Nit es como una suerte de espacio virtual donde conviven desde tu DNI con tus huellas digitales y estudios médicos, hasta todos los datos que se generen a lo largo de tu vida en todos los ámbitos que hacen a tu persona. Fue Mairal quien me sugirió ese nombre, sin querer. Estábamos tomando vino con un grupo de colegas y Pedro agarró un corcho, leyó la sigla que tenía inscripta y puso ese nombre como ejemplo. Ahí nomás quedó. Me encantó porque podían ser las iniciales en inglés de algún organismo que tuviera que ver con internet y con la identidad. Cuando Nicolás Mavrakis leyó la primera parte de la novela encontró por la web una entidad digital que se llamaba igual. Me abrumó tanto la casualidad que confirmé que era el nombre correcto.

P.: La contratapa cuestiona si Estrógenos es una parábola feminista o antifeminista. Pero como periodista abordaste el tema del feminismo y sus fisuras en la revista digital Tónica. ¿Desde cuándo este movimiento llama tu atención y cómo atraviesa tu escritura?

L. M.: Yo vengo del catolicismo, soy la primera hija de una saga familiar de siete vástagos. Cuando decidí pensar por fuera de los autores que la escolástica religiosa me proponía, me dije "basta de 'ismos'". Y fue un basta en serio y para siempre. Si bien leí a Simone de Beauvoir con mucha pasión, y también a Paul Preciado y a Judith Butler -con algo más escepticismo- llegué a la conclusión de que en verdad lo que pienso es que algunas discusiones actuales que da el feminismo son anacrónicas o están desenfocadas. Lo que en los `60s resultaba indispensable, hoy no puede mirarse de igual forma. Pasó bastante agua bajo el puente. Es verdad que faltan conquistas que hay que seguir peleando. ¿Pero y todo lo que avanzamos? Nadie pone el ojo ahí. Hoy las mujeres podemos hacer lo que queramos, incluso gobernar un país. Claro, no es fácil y hay que dedicarle la vida a eso. Pero el discurso generalizado es el de la queja por todo, que termina poniendo siempre la culpa afuera. Yo no soy feminista, soy escritora. Intento escribir historias que lean todos, e intento hacerlo sin pensar en mi condición de género, o sin reproducir lo que se espera de la literatura femenina. Los hombres no escriben "literatura masculina" y no están preocupados por eso, al contrario, escriben para todo el mundo. Sí apoyo las causas populares, considero que hay que tener compromiso político y tomar posición en cuestiones relacionadas con los derechos, pero eso es otra cuestión. No acuerdo con las consigna que reclaman series infinitas de cosas al universo entero. Poner la cuestión la muerte de las mujeres a la misma altura que el color del envoltorio de una golosina, o la ropa que tiene el icono del semáforo, es banalizar la cuestión que importa, desperdiciar la energía y dejar que nos tomen por tontas. Claro que las mujeres no deben morir, y claro, también que no deben morir los hombres, ni haber guerras, ni sociedades violentas. El tema es qué hacemos frente a eso. Nos ponemos un filtro de facebook, puteamos, vamos a una marcha y calmamos nuestras conciencias. Fin. A mí la queja me produce desasosiego y pienso que la marcha es, de algún modo, la queja de todos hacia todos. Entiendo que cuestionar lo que nos viene dado por la fuerza colectiva que avanza con la masa homogénea abre otro tipo de discusiones al interior del mismo tema y eso me interesa más.

P.: Es tentador hacerte una pregunta de tu cuestionario modelo de Tónica: ¿Qué es lo más dificultoso de ser mina?

L. M.: Lo más difícil son las hormonas. Alguna mujer que entrevisté me respondió eso y me lo robo. Es verdad. Molesta un poco saber que vamos a estar más sensibles en algún momento del mes. Y esto es así por default, aunque la publicidad de la mujer power jefa lo niegue. Otras cosas no me joden para nada. Nunca desee la fuerza física, por ejemplo, y me gusta este cuerpo chiquito, femenino y ágil que tengo. Pero me encantaría poder controlar mejor mis emociones.

P.: ¿Cuándo te diste cuenta de que escribir era tu pasión?
L. M.: Tengo una anécdota bastante pava para responder esa pregunta. Cuando tenía 10 años el distrito escolar de mi colegio invitó a los chicos de sexto y séptimo grado a escribir sobre Carlos Gardel. Se venía un nuevo aniversario de su muerte y había varios eventos en puerta. Yo estaba en quinto grado y no daba con la edad del concurso, pero como uno escucha lo que quiere, jamás noté que la convocatoria no era para mí. Ese error, o fallido, me mostró que cuando deseara, de ahí en más, iba a ir tras eso a como fuera. Tuve la suerte de que la vicedirectora, con toda su paciencia, me explicara que no podía participar del concurso, pero que me dejara leer la poesía en el homenaje a Gardel, con las aclaraciones correspondientes, incluso mostrando un afiche con el poema ilustrado por ella misma. Cuento ésto porque reivindico mucho a los docentes que promueven los deseos de sus alumnos y porque desde entonces pensé que yo podía escribir poesía, que era algo bastante posible de hacer para mí. Después, como siempre que uno crece, fui coqueteando con los distintos géneros. Creo que la poesía va a estar siempre ahí, conmigo, respirando mis aires y yo con ella. La poesía se cuela sin mi permiso en cualquier momento. La novela, en cambio, es un plan de trabajo más pensado y orquestado con tiempo y ritmos propios.

P.: ¿Cómo creés que evolucionó tu escritura a lo largo de los años?

L. M.: Creo que logré amputarme a Alejandra Pizarnik, a Sylvia Plath, a Alfonsina Storni y eso no es poco. Porque las amo y las repudio al mismo tiempo. Las lecturas donde todo es tortuoso me resultaban atractivas a los 14 años, a los 20, pero no ahora. Porque las palabras tienen eso, te engatusan, te invitan a regodearte en ellas, a quedarte en la forma y el sonido y el ritmo, pero también a no decir nada. Hoy pienso más en qué quiero decir que en el orden rítmico de las palabras. Sin esa consciencia nunca hubiera podido escribir Estrógenos.

*Leticia Martin es autora de los libros Breviario o el oficio religioso (Funesiana), El gusto (Pánico el Pánico), La coronación del peón (Milena-8vo loco) y Estrógenos (Galerna). Participó de las antologías Buenos Aires respira poesía y La frontera durante Outsider, de descarga gratuita.

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