«En mi
próxima
novela
regreso de la
fabulosa
Edad Media
al turbulento
mundo
urbano de
hoy»,
adelanta la
escritora
española
Rosa
Montero.
"Como escritora, soy una zorra", sostiene Rosa Montero, y lo explica acudiendo a una metáfora del filósofo liberal Isaiah Berlin que le sirve para describir como desarrolló «Historia del rey transparente», una fábula épica que se desarrolla en la Edad Media. En sus breve visita a Buenos Aires, dialogamos con la escritora española sobre su nueva novela.
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Periodista: ¿Cómo pasó de los ensayos de «La loca de la casa» a la novela «Historia del rey transparente»?
Rosa Montero: Considero que hay que escribir desde las fronteras donde no se sabe escribir. En «la loca de la casa» cito a Isaiah Berlin cuando dice que hay escritores erizos y escritores zorros. Los erizos se enroscan sobre sí mismos, siempre escriben el mismo libro, y los escritores zorros son itinerantes que van buscando siempre nuevos paisajes. Yo soy una raposa total, y, la verdad, me gusta. Siempre hay una línea interior, siempre está uno con su mirada sobre el mundo y sus fantasmas interiores, pero me gusta ir probando fronteras nuevas, y eso de no repetirme sobre todo. Bioy Casáres decía que la peor influencia es la de uno mismo, y yo creo que hay que huir de eso como de la peste.
P.: ¿Cómo surgió el tema de su nueva novela?
R.M.: Como bien se sabe, uno no elige las historias, las historias lo eligen a uno, son como sueños diurnos, aparecen pequeñas ideas que inquietan, que angustian, que se tienen que contar. No escogí hacer una novela del siglo XII, pero salió así, y hace cerca de diez años. Fue una novela con una gestión muy larga. El tiempo valió, creo que es mi novela más ambiciosa, más compleja. Y me enorgullece que esa complejidad no se note, la sencillez es un logro de la madurez.
P.: ¿Cómo pasó a la novela histórica?
R.M.: Me gusta mucho la historia, y hará unos diez años me dió pasión por la historia medieval, años antes me había dado por la historia grecolatina pero de ahí no salió nada. Leí ha muchísimos medievalistas franceses y de otras nacionalidades, y autores de esa época, como Chrétien de Troyes o María de Francia. Estaba en ese habitat mental, y cuando surgió el duendecillo de la novela, y surgió en el siglo XII.
P.: ¿Cómo comenzó « Historia del rey transparente»?
R.M.: La imagen fundacional fueron unos campesinos arando un terreno pedregoso, en medio de un calor terrible, sin animales, tirando de la reja del arado. Un trabajo embrutecedor. Están, imprecando, blasfemando, sudando.Y justo al lado, en un campo ladero, hay cientos de hombres de hierro matándose con sus mandobles. Esas visiones tienen la fuerza de las de los sueños. Yo me veía en el lindero de los dos campos. Fue una de esas imágenes que emocionan y hacen que uno se diga: esto lo tengo que contar. No sabía quienes eran los campesinos ni los guerreros, pero la historia comenzó a desarrollarse. De pronto surge una chica, de quince años, que se queda sola y entonces, para defenderse, para protegerse, no le queda más que pasar al campo de batalla, pelar a un guerrero muerto y vestirse con sus ropas. Así se va escribiendo la novela, va descubriéndose sola. Son como fotos en blanco en negro que, al irlas revelando, van pasando de borrosas a nítidas y, de pronto, para nuestra sorpresa, van tomando color. Es por todo eso que escribir es maravilloso, lo que no evita las angustias, que en este libro las he pasado como con ningún otro.
P.: ¿A qué cree que se deben esas angustias del escritor?
R.M.: No hay nada que nos diga que eso de estar en un rincón de la casa inventando mentiras tiene sentido. Se está durante mucho tiempo, años, viviendo en esa esquizofrenia controlada, que es estar mitad en ese mundo y mitad en ese mundo de ficción, inventando gente que no existe, que tienen unos zapatitos rojos que no existen, que viven en habitaciones que no existen. Si luego, cuando esto se vuelve libro, no hay alguien que lo comparta, que nos diga eso es verdad, me lo ha hecho vivir, eso se convierte en el delirio de un loco. Eso hace que sea tan angustioso escribir una ficción.
P.: ¿Qué comparte con sus personajes?
R.M.: El escritor es como sus personajes pero, evidentemente, los personajes suelen ser mucho mejores que los autores (ríe). Yo soy Leola, con lo mala que es, soy Gastón, y espero tener algo de León. Pero, en ningún caso soy yo. Leola me encanta por lo valiente que es. Comparto con ella la curiosidad, pero no el valor físico. Leola es menos intelectual que yo, en ese sentido me siento representada por Nyneve. Leola sale de la nada total, es una analfabeta absoluta. Ser campesino en el siglo XII, ser siervo de un noble, era ser esclavo. Leola es una ignorante y está sola y, a partir de allí, es increíble lo que construye. Llega a un logro de sabiduría, de serenidad, de comprensión de lo que es la vida, impresionante.Yo no he llegado a eso, pero mis personajes me han enseñado mucho. Leola y Nyneve me han enseñado a tener menos miedo a al muerte. Creo que mis personajes me ayudaron a escribir una novela de celebración de la vida.
P.: ¿Está escribiendo una nueva novela?
R.M.: Mientras escribía «Historia del rey transparente», tenía el huvecillo de la siguiente. Estaba pegándome con «Historia», sufriendo, y me decía: Dios mío, cómo me he metido en éste lío con lo fácil que va a ser la próxima novela, va a ser una fiesta, un paseo. Bueno, ya ha crecido el huevecillo y se ha complicado muchísimo (ríe). Es una historia contemporánea, en una gran urbe, que sucede siempre por las noches. Tiene ingredientesfantásticos, como «Historia del rey transparente», que pueden serlo o no, dependiendo un poco del lector. Y es mi segunda novela que tiene un protagonista absoluto masculino. Y es otra historia de supervivencia.
P.: ¿Por qué la considera «otra historia de supervivencia»?
R.M.: Es un tópico que la novela del siglo XX es de antihéroes y de perdedores. Un lugar común que me he creído, y he pensado que yo también escribo novelas sobre perdedores. De pronto, me di cuenta que yo no escribo novelas de perdedores sino de supervivientes, de gente que no se rinde, que es bien distinto. A uno lo derrotan sólo cuando se da por derrotado. Todos los símbolos que hay en todas las culturas, de ave fénix, de renacimiento, describen algo esencialmente humano.
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