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Lo hace con su estilo de costumbre, indirectamente documental, directamente realista, medio afectado por ciertas convenciones narrativas, pero bien ágil, y muy hábil en la alternancia de situaciones humorísticas y dramáticas, y en la compensación de esquemas previsibles con salidas inesperadamente frescas y naturales. Sus películas son de una clara militancia, y al mismo tiempo, gracias a ese estilo, son de una imparable credibilidad -y casi insoportable verdad.
En este caso, cuenta cómo los traficantes de ilegales (los temidos «coyotes»), los capataces de empresas subcontratistas, y los policías verduguean diariamente a los inmigrantes, ante la indiferencia o complacencia de los dueños de casa, pero también cuenta cómo los trabajadores se desquitan, sea con pequeñas venganzas, o con vistosas manifestaciones. Y cómo entre ellos mismos hay amores y disensiones. Ejemplar, en ese sentido, la discusión entre dos hermanas, y ejemplar también en el sentido actoral. Se le pueden objetar ciertos facilismos a la americana, tipo
Ironía izquierdista: el megáfono de la policía en una represión es marca Fanon, como el apellido del famoso
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