2 de abril 2008 - 00:00

Más destellos del gran talento de Némirovsky

Más destellos del gran talento de Némirovsky
Irene Némirovsky, «El ardor de la sangre» (Barcelona, Salamandra, 2008, 158 págs.)

"Baúles llenos de gente" llamó Antonio Tabucchi a esos donde Fernando Pessoa dejó como un azaroso legado su enorme obra. Baúles de esa estirpe siguen haciendo aparecer obras y autores deslumbrantes. Ese tipo de arcón repleto de libros inéditos cobró fama gracias al que entregó Kafka a su amigo Max Brod para que quemara todos sus papeles, orden que Brod, para beneficio de la literatura, no cumplió.

En la última década han surgido de maletas de esa clase dos extraordinarios escritores que habían escapado del comunismo soviético: el húngaro, exiliado en Estados Unidos, Sandor Márai, y la ucraniana, exiliada en Francia, Irene Némirovsky. Márai, que en su país recibió el honor de estar prohibido, se suicidó en San Diego pocos meses antes de que cayera el muro de Berlín.

Némirovsky fue deportada a Auschwitz en 1942 donde murió de tifus, cuando ya estaba señalada para entrar en la cámara de gas. Sus hijas, que escondidas lograron escapar al holocausto, protegieron la valija con los manuscritos de su madre, donde había algunos textos publicados en revistas y una gran mayoría de inéditos. Allí estaba el texto de «David Golder» su opera prima, que la consagraría y sería llevada de inmediato al cine. Allí estaban los manuscritos de «Suite Francesa», novela biográfica sobre la ocupación alemana de París, colosal obra inconclusa, que sería clave en el redescubrimiento de una extraordinaria escritora, y la consagraría a nivel internacional a casi sesenta años de su muerte. Después de «Suite Francesa» cada nuevo libro que se publica de Irene Némirovsky se convierte en un acontecimento editorial.

En «El ardor de la sangre» se desarrolla lo que los biógrafos de la autora, descubridores y editores de esta novela, consideran «esa pelea del muerto y el vivo, del deseo y la fatalidad, de los jóvenes y los viejos, de esos caprichos de la sangre que jalonan la obra de Némirovsky».

A un apacible pueblo de la campiña francesaregresa, tras dilapidar su fortuna, Silvio, un hombre de sesenta años. A través de él sabremos de unos primos suyos que están por casar a su hija con un hombre mayor para que tenga «un futuro sin problemas». Para que esto ocurra, la muchacha tiene que dejar de lado a aquel que ama realmente. Cuando el hombre que se convirtió en el marido de la joven aparece ahogado, comienza a develarse en tormentoso alud un universo predador de extraordinaria hipocresía donde las mentiras habían servido para encubrir la perversidad de gente que a partir de allí libera la fiera que mantenía agazapada.

Si este relato, de complejidad narrativa y calidad literaria, fue escrito «de un tirón y sólo por dinero», como han sostenido algunos críticos, es una nueva confirmación del talento de Irene Némirovsky.

Máximo Soto

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