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26 de junio 2026 - 13:57

Memoria de una casa y una cultura heredadas

En “Los colores del tiempo”, el director francés Cédric Klapisch reconstruye una historia que une el presente con el París artístico de fines del siglo XIX y mediados del XX.

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Suzanne Lindon, protagonista del bello film francés "Los colores del tiempo"

En “Los colores del tiempo” (“La venue de l’avenir”), Cédric Klapisch vuelve a uno de sus temas favoritos, el del grupo humano puesto a convivir por una circunstancia que no eligió. La diferencia, esta vez, es que el grupo no sólo debe ponerse de acuerdo entre sí, sino también con los muertos. O, más precisamente, con aquello que los muertos dejaron como problema.

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La película comienza con una herencia. Una familia numerosa, dispersa, casi abstracta, descubre que posee una casa abandonada en Normandía. De ese conjunto de parientes que ni siquiera reconocen como tales, cuatro son elegidos para autorizar la apertura de la puerta y hacer el inventario: Seb (Abraham Wapler), Abdel (Zinedine Soualem), Céline (Julia Piaton) y Guy (Vincent Macaigne). La misión es casi notarial, pero las pesquisas llevan a otro lado: en esa casa, cerrada desde 1944, esto es, un año antes del fin de la Segunda Guerra, merodea como notorio fantasma Adèle (Suzanne Lindon), la antepasada que a los veinte años dejó Normandía para ir a París, en 1895, en busca de su madre.

A partir de allí, la película empieza a trabajar en tres tiempos. El presente, con esos herederos que cargan sus propias dudas, vínculos quebrados y, razonablemente, la codicia por lo que puedan llegar a obtener de la venta. pequeñas neurosis. El pasado remoto, el París de fines del siglo XIX, cuando la fotografía modificaba la relación con la imagen y el impresionismo se abría paso contra la incomprensión general, y la fecha del abandono de la casa, menos desarrollada como línea narrativa que como huella temporal: el momento en que algo quedó suspendido.

El valor principal de “Los colores del tiempo” está en la coordinación de esos planos. Klapisch podría haber caído en la ilustración escolar o en el museo animado, pero, casi siempre, logra esquivarlos gracias a una construcción narrativa inteligente. La película va y viene sin solemnidad, deja que un objeto, una carta, una imagen o una intuición funcionen como bisagra. El pasado no aparece como postal cerrada, sino como materia activa. Lo que Adèle busca en 1895 afecta, más de un siglo después, a quienes ni siquiera sabían que descendían de ella.

En esa arquitectura se advierte el buen trabajo de guion, firmado por Klapisch junto con el argentino Santiago Amigorena, de larga colaboración con el director, que aporta una precisión especial para ordenar la narrativa. Antes que valerse del típico juego de flash back y flash forward, el relato se unifica en una misma textura que combina tiempos, y lo hace muy bien. La estructura sostiene el cruce temporal, dosifica la información y entiende que el misterio familiar necesita claridad antes que confusión.

También es una película formalmente muy atractiva. Klapisch y el director de fotografía Alexis Kavyrchine trabajan la diferencia entre épocas sin convertirla en un muestrario de técnica. El presente tiene una luz más limpia, más cercana a la vida cotidiana de los personajes. El siglo XIX aparece con una belleza cromática que remite al tema mismo de la película: la aparición de otra manera de ver. Los colores no son sólo decoración de época sino parte del argumento. La película habla de la pintura, de la fotografía, de la modernidad visual, y al mismo tiempo construye una imagen que dialoga con ese mundo.

Suzanne Lindon le da a Adèle una mezcla de decisión y fragilidad que evita el gesto de heroína convencional. Su personaje no enuncia una teoría sobre la libertad: la ejerce como puede, con los recursos de su tiempo. Vincent Macaigne (estupendo su apicultor), Julia Piaton, Zinedine Soualem y Abraham Wapler (el joven “digital” que, como verá el espectador, cumple con dos papeles, el otro en el pasado) sostienen el presente con registros distintos, y esa diversidad beneficia al relato. Klapisch conoce bien el cine coral: sabe que un grupo funciona cuando cada personaje tiene una temperatura propia.

Sin embargo, la película tiene un lunar: “Los colores del tiempo” habría ganado en verosimilitud si no hubiera echado mano a personajes tan notorios como Claude Monet, Camille Pissarro, Victor Hugo, Sarah Bernhardt, Felix Nadar y otros nombres mayores de la cultura francesa decimonónica.

Ese procedimiento termina acercando la película a aquello que Woody Allen hacía, en clave de fantasía humorística, en “Medianoche en París”, donde el protagonista tropezaba con Hemingway, Fitzgerald, Dalí, Buñuel o Toulouse Lautrec. Aquí ocurre algo parecido, sólo que no hay humor, y eso afecta la verosímiles. Cuando la película se regodea no sólo con las apariciones célebres, sino que algunas de ellas forman parte de la historia que nos venía contando, pierde parte de la delicadeza que había conseguido en la historia íntima de Adèle y sus descendientes.

Ese exceso no daña el conjunto, ni el placer de ver el film, pero lo limita. La película es más convincente cuando se ocupa de una casa abandonada, una fotografía vieja, una mujer joven en busca de su madre, o cuatro herederos que empiezan a rivalizar o empatizar entre ellos. Es menos convincente cuando convierte el pasado en una galería de nombres de enciclopedia.

Dentro de la obra de Klapisch, “Los colores del tiempo” es una ampliación de su cine coral, con una dimensión histórica más explícita. El grupo ya no se define sólo por el presente compartido, sino por una genealogía común. La pregunta deja de ser únicamente “quién soy entre los otros” para convertirse en “qué parte de mí viene de gente que ni siquiera conocí”. Estructuralmente sólida, visualmente bella y actuada con sensibilidad, sería perfecta si hubiera prescindido de sentar demasiados genios a la misma mesa.

“Los colores del tiempo” (“La venue de l’avenir”, Francia, 2025). Dir.: Cédric Klapisch. Int.: Suzanne Lindon, Abraham Wapler, Zinedine Soualem, Julia Piaton.

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