13 de agosto 2026 - 13:59

El último género que todavía necesita una sala de cine

Mientras dramas y comedias fueron abandonando los cines y encontraron público en el streaming, el terror recorrió el camino contrario: creció, se diversificó y se convirtió en uno de los negocios más seguros de la exhibición.

Scream, una de las franquicias más exitosas entre las varias del género de terror

"Scream", una de las franquicias más exitosas entre las varias del género de terror

Así como para el tango se necesitan dos, si el público no va al cine tampoco el cine va al público. Semana tras semana, y desde hace años ya, observar la cartelera de estrenos no es lo más alentador para un público mayor de —pongamos— 30 años. Los dramas, las comedias tradicionales (más allá de los productos Pol-ka), aquellos géneros donde el cine imperó durante décadas, han migrado al streaming.

Además de los pocos “tanques” anuales, del estilo “La Odisea”, o durante la breve temporada previa y posterior a los Oscars, las novedades en cine suelen amontonar de manera tediosa films de superhéroes y, sobre todo, de terror. ¿Desde cuándo esta tendencia domina el menú de opciones semanales no sólo en la Argentina sino en el resto del mundo?

El terror, en sus distintas variantes, pasó a ocupar de manera estable un lugar que durante décadas perteneció al drama, la comedia, el policial, el thriller o la comedia romántica, es decir, a esa zona intermedia del cine comercial que no dependía de superhéroes, dinosaurios ni presupuestos de doscientos millones de dólares.

Las cifras de un fenómeno en expansión

En 2013, el terror representaba en los EE.UU. menos del 5 por ciento de la taquilla; diez años más tarde ya superaba el 10 por ciento. En 2024 llegó aproximadamente al 11 y durante 2025 rondó el 17 por ciento de las entradas vendidas. No se trata, pues, de una impresión producida por mirar una cartelera bañada en sangre y gritos: en poco más de una década el género multiplicó varias veces su participación en el mercado. La psicología y la sociología tendrán sus explicaciones para ese tipo de placeres, aquí hablaremos de cifras.

La comparación con épocas anteriores resulta todavía más reveladora. Un estudio sobre las cincuenta películas más taquilleras de cada año en Estados Unidos entre 1991 y 2010 reunió mil títulos. Había casi doscientas comedias, 165 películas familiares, 155 de acción y aventuras, más de cien dramas y apenas 49 films de terror. En algunos años no apareció ninguno entre los cincuenta primeros puestos. Durante 2025, de 111 películas estrenadas en EE.UU., 26 eran de terror. Casi una de cada cuatro.

Bajo presupuesto, alta rentabilidad y ritual colectivo

Tampoco cuesta demasiado comprender por qué la industria lo prefiere. Una gran producción fantástica necesita estrellas, efectos digitales, decenas de escenarios y presupuestos que suelen superar los cien millones de dólares. Una película de terror puede producir un éxito mundial con veinte, diez o incluso cinco millones. Si fracasa, la pérdida es limitada; si funciona, la rentabilidad puede ser extraordinaria. “Actividad paranormal”, realizada por una suma mínima, se convirtió hace años en el ejemplo extremo, pero la fórmula se repitió después en franquicias como “El conjuro”, “La noche del demonio”, “Scream”, “Destino final” o “Terrifier”.

El terror conserva razones específicas para ser visto en una sala. La oscuridad, el volumen, los sobresaltos, la risa posterior al susto y la reacción colectiva forman parte del espectáculo. Una película dramática puede mantener más o menos intacto su efecto en una pantalla hogareña, según las interrupciones que sufra o según quienes la vean.

De allí proviene también el target específico en el público joven. En 2025, casi tres cuartas partes de las entradas vendidas para películas de terror en Estados Unidos fueron compradas por espectadores de entre 13 y 34 años. Es precisamente el sector que las salas buscan recuperar con mayor urgencia. El terror ofrece además algo semejante a un ritual colectivo: un grupo de adolescentes puede haber visto cientos de películas y series en plataformas, pero ir juntos a asustarse continúa siendo una forma de diversión.

"Actividad paranormal" fue uno de los primeros casos de una película hecha con un puñado de dólares y que recaudó fortunas.

Terror y multiplex

¿Coincidió este crecimiento con la desaparición de las viejas salas y la aparición de los multiplex? Sólo en parte. En la Argentina, la decadencia de los cines tradicionales había comenzado mucho antes. En 1950 había más de 2.300 salas. En 1970 quedaban poco más de 1.600; en 1980, menos de mil, y en 1990, alrededor de 400. El momento crítico llegó a mediados de esa década. En 1984 los cines argentinos habían vendido más de 63 millones de entradas; diez años después, en 1994, no llegaron a 17 millones.

Los multiplex comenzaron a instalarse inmediatamente después, cuando ya los grandes cines céntricos y barriales llevaban décadas retrocediendo y cuando buena parte del público ya había sido capturada por la televisión, el video hogareño y el cable.

El multiplex modificó la relación con las películas. Concentró muchas pantallas en un mismo edificio, generalmente asociado a shoppings, estacionamientos, patios de comida y grandes cadenas. El cine dejó de ser el destino central de la salida y pasó a formar parte de un conjunto de consumos. Eso favoreció títulos capaces de venderse en pocos segundos, y nada mejor para eso que un superhéroe, una secuela o una película de terror.

Hay una coincidencia significativa, aunque no una relación causal directa. “Scream”, que revitalizó el slasher y devolvió al terror una enorme audiencia adolescente, apareció en 1996, el mismo año de la inauguración del primer gran multiplex en la Argentina. Pero el dominio actual tardaría en consolidarse. El verdadero crecimiento comenzó durante la primera mitad de la década de 2010, con títulos como “Actividad paranormal”, “La noche del demonio” y, sobre todo, “El conjuro”. Después llegaron “It”, “Huye”, “El legado del diablo”, “Un lugar en silencio”, “Midsommar”, “Terrifier” y una sucesión de secuelas, remakes y nuevas franquicias.

Variedad de subgéneros y un circuito propio

Para el espectador ya no existe un único “cine de terror”. Está el terror sobrenatural de fantasmas, posesiones y casas embrujadas; el de asesinos y persecuciones, heredero de “Halloween” y “Scream”; el terror más violento y sangriento, cuyo público es menor pero muy fiel; y un terror psicológico o de autor, representado por películas como “El legado del diablo”, “La bruja” y “La sustancia”, que suele atraer también a espectadores de cine independiente. A eso se sumaron en los últimos años películas nacidas de videojuegos, redes sociales o fenómenos de Internet.

El terror cuenta con una red internacional de festivales propios. Sitges, nacido en 1968, es uno de los más antiguos y conocidos; Fantasia, en Montreal, comenzó en 1996; Buenos Aires Rojo Sangre funciona desde 2000. La federación internacional de festivales Méliès reúne hoy decenas de encuentros especializados en más de veinte países. Para un género que durante mucho tiempo fue considerado menor, ese circuito ofrece estrenos, premios, crítica y distribución.

El repliegue del drama adulto y la era postpandemia

A medida que el terror fue avanzando, el drama adulto hizo el recorrido contrario. Durante décadas una película de Sidney Lumet, Sydney Pollack, Mike Nichols, Alan J. Pakula o Woody Allen podía aspirar a una distribución amplia. Sus sucesores no pueden ni soñar en una llegada a salas semejante ni, mucho menos, una permanencia en cartel aproximada. Un distribuidor independiente en el país (de los pocos que quedan) celebra como un triunfo los 20.000 espectadores. El capital que ponen en juego, por supuesto, es mucho menor que el que arriesgaban antes. A esto hay que sumarle que, en la mayor parte de los casos, los films dramáticos con alguna veta comercial cada vez son menos fáciles de obtener en un mercado dominado por streamers como Mubi.

La pandemia aceleró una transformación que ya estaba en marcha y redujo, además, el tiempo entre el estreno cinematográfico y la llegada de una película al hogar. Hace una década todavía podía haber una espera de tres meses. Hoy muchos títulos están disponibles en plataformas o alquiler digital pocas semanas después de su estreno. Esto obedece, también, al hecho de que los sitios piratas en Internet tienen las mismas cabezas de la hidra mitológica: cuando cortan una crecen otras.

El problema es circular. Como el público adulto va menos al cine, los distribuidores estrenan menos películas dirigidas a él, y como se estrenan menos, ese mismo público encuentra todavía menos motivos para salir. Una película de terror barata que asegura entretenimiento colectivo a los jóvenes no necesita, tampoco, de críticas favorables para alcanzar una recaudación modesta.

En nuestro país, en 2019, último año completo antes de la pandemia, los cines vendieron cerca de 47 millones de entradas. En 2023 hubo unos 43 millones de espectadores; en 2024, alrededor de 35 millones; en 2025, poco menos de 33 millones. Durante el año pasado “El conjuro 4” terminó entre las películas más vistas del año en la Argentina. En cambio, películas asociadas a los Oscars como “Cónclave” y “Anora”, pese a sus escenas eróticas, quedaron muy lejos de los primeros puestos.

Como decía un viejo film de Ingmar Bergman, “El demonio nos gobierna”.

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