Ligia Piro es la hija mayor de Susana Rinaldi y Osvaldo Piro y en ella, igual que en su hermano, el cantante de tangos Alfredo Piro, es posible descubrir la buena influencia de sus padres. De la madre tiene la fuerza, la pasión, el buen manejo del público, la solvencia sobre el escenario.
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Del padre austeridad, equilibrio, solidez y humildad artística. Pero ocurre que Ligia no canta tangos y ni siquiera lo hace en castellano. Su repertorio se compone de «standards» de jazz, bossa nova, piezas de Bill Evans o Billy Holliday, canciones de Sting o de The Beatles. Y en todos los casos lo hace con una solvencia que realmente deslumbra.
No sólo es impecablemente afinada y tiene una voz privilegiada -canta con una naturalidad y una potencia dignas de las más grandes cantantes de todos los tiempos-sino que cree y hace creíble cada uno de los temas que interpreta. Pasa cómodamente del inglés al portugués, de la alegría al desgarramiento, de una canción de Tom Jobim a «Here, there and everywere» o «Something» de los Beatles sin que el espectáculo pierda continuidad.
Por cierto, su show tiene un único punto flaco y está en el trío acompañante, dirigido y arreglado por el guitarrista Javier López del Carril, que está muy por debajo de su nivel. Y esa debilidad es aun más evidente en el baterista David Livedinsky que, formado indudablemente en el pop, no logra entender ni transmitir jamás el «toque» del jazz. Superado ese problema de fácil solución, Ligia Piro se convertirá, sin dudas, en una de las más importantes cantantes argentinas de estos tiempos.
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