«Historia de una mujer» de Marcelo Birmajer. Seix Barral. Buenos Aires, 2007; 221 págs.
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Podría ser una novela misógina, pero no, su autor se vale de la ironía y de las situaciones más extravagantes para narrar las peripecias de una «mujerobjeto» que en lugar de sacar provecho de su belleza, la padece como si se tratara de su peor enemigo. Esto se debe a que Isabel, una versión barrial de la mítica Helena de Troya, enciende el deseo de todos los hombres que se le cruzan, pero termina siendo víctima de cada uno de ellos.
Soltera hasta casi los cuarenta años y con su belleza y juventud intactas, acepta casarse con un ex compañero de secundario simplemente porque es el primer hombre que en lugar de adorarla la maltrata. Eugenio Turacci es un individuo detestable que se cree en la obligación de propinarle a su atractiva esposa una golpiza diaria, convencido de que «a una mujer con ese cuerpo despiadado sólo se la podía mantener a golpes, con rigor y violencia. Como se doma a una yegua salvaje». La relación con Turacci va de mal en peor hasta que un día Isabel es rescatada por otro de sus compañeros del secundario, el apocado Ernesto Harro, quien al enterarse de la situación que atraviesa la pobre mujer logra convencerla de que se vaya a vivir con él. Cuando tiempo más tarde, ella sale a buscar trabajo se cruza con otros dos compañeros de estudios (el poderoso Anastasio Bordenave que la contrata como empleada y Luis Perrol, con quien compartirá la oficina). A partir de allí se desata una cadena de enredos y conspiraciones en los que Isabel funciona como botín de guerra (al igual que otras mujeres de esta historia). Tanto solivianta a los hombres el esplendor de Isabel, que hasta consideran la posibilidad de matarla. Ella, por su parte, se entrega a cada uno de ellos casi sin pensarlo, como si su capacidad de deseo dependiera de una voluntad superior. Este personaje es una especie de « MacGuffin», como decía Alfred Hitchcock para aludir a aquella excusa argumental, que careciendo de relevancia por sí misma, sirve para motivar a los personajes y al desarrollo de una historia. «En historias de rufianes siempre es un collar, y en historias de espías siempre son los documentos» explicaba el director en 1939. Una vez que el lector acepta que la belleza de Isabel es eterna (sin necesidad de cirugías) y que la conducta de todos estos personajes no obedece a motivos racionales sino a cuestiones más bien arbitrarias, sin duda disfrutará del ritmo alocado de esta novela.
La vileza de los personajes masculinos recuerda en parte al ambiente rufianesco que pintó Arlt en «Los siete locos»; sólo que aquí no hay misticismo, ni ideales que defender y además la historia se inicia en el año 2000. El sexo y el dinero movilizan los hechos más sórdidos, pero éstos siempre aparecen alivianados por las humorísticas acotaciones del narrador, que se divierte entrelazando historias y maquinaciones imposibles dentro de un ambiente sugestivamente rétro, lo que permite suponer un implícito homenaje a la novela negra norteamericana.
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