París también se abre al arte contemporáneo

Espectáculos

París - En el magnífico escenario de Francia, dominado hasta hoy por el arte de los clásicos y la modernidad, se advierte el poderoso avance de las expresiones contemporáneas. Mas allá de la exposición de Annette Messager en el Pompidou, este año los responsables del Ministerio de Cultura decidieron dar un estratégico paso adelante para posicionar el arte actual en la agenda internacional, y por primera vez le pidieron a un artista que interviniera con sus obras el Grand Palais. El elegido fue el alemán Anselm Kiefer, que hasta el 8 de julio exhibe «Monumenta», una imponente y conmovedora muestra especialmente disenada para el inmenso edificio de hierro y de cristal.

Bajo la cúpula del Palais, Kiefer montó un paisaje desolador. Para ver las obras el espectador debe ingresar a los helados galpones de chapa que la albergan y, entre estos espacios, como si hubiera ocurrido un cataclismo, se divisan unas construcciones reducidas a escombros. Sobre esas ruinas, entre bloques de cemento, hierros retorcidos y vidrios quebrados, hay un barco en inestable equilibrio. El tema central de la obra de Kiefer, nacido en 1945 ha sido siempre la guerra, y en esta muestra lo retoma para reflexionar acerca del destino de las civilizaciones.

En el primero de esos galpones o «casas», hay una enorme pintura casi abstracta y descascarada de diez metros de ancho donde se vislumbra un amplio camino con un cuerpo tendido en primer plano sobre la tierra árida. La obra data de 1997 y marca la estrecha relación de la muestra con la literatura, en este caso con la de la escritora Ingeborg Bachmann, quien se refiere en sus textos a los ritos de los sacrificios aztecas. En el segundo espacio, como un entomólogo que ordena sus hallazgos, el artista ha colgado una serie de inmensos collages con ramas, flores y formas ambiguas que ostentan los colores y la textura de los materiales que utiliza de modo recurrente: la arcilla y el plomo. En el tercer pabellón hay un paisaje nocturno, un cielo estrellado que representa el mapa de la Via Láctea. En las paredes hay un texto de Jules Michelet que habla de «los tiempos circulares de los astros, del mar y las mujeres», que son finalmente los que rigen la vida del cosmos.

En otro de estos espacios hay unos paisajes sugerentes que semejan campos labrados cargados de flores cuyos surcos, como los rayos del sol, convergen en un punto central. Son las visiones mas esperanzadas de toda la exhibición.

La quinta casa es la más dramática y significativa, se trata de un homenaje a Celine y a su novela «Viaje al fin de la noche». En esta serie de pinturas, unos barcos fantasmales que navegan mares turbulentos están a punto de naufragar en los abismos, o levitan sobre las mareas. El borrascoso conjunto se percibe como el simbolo de un viaje a los infiernos, cuando todavia existe la posibilidad del regreso.

Casi al final de la muestra, entre las ruinas de esos edificios disgregados se eleva una torre de la que surgen unos girasoles, y en la penúltima de las casas, Kiefer ha instalado una gigantesca biblioteca . La dimensión desmesurada de esos grandes libros de plomo, coincide con la fuerza y la energia que circula por una exposicióndonde los materiales, como la densa terracotacon sus quiebres y su rosa incomparable, el gris amenazante del plomo o los inquietantes vidrios quebrados, refuerzan el sentido en ocasiones enigmático de las obras.

La muestra culmina con «Domingo de Ramos», una instalación que consiste en una inmensa planta desgajada y arrojada al final del recorrido de esas siete casas que encierran un sentido bíblico. La flor, está marchita y tiene un tono blanquecino que invita a evocar aquellas que es posible descubrir escondidas entre las páginas de algun libro, capaces de traer consigo al presente los recuerdos punzantes del ayer. La guerra perdura en la memoria de Kiefer.

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