22 de marzo 2026 - 17:40

Películas que retrataron la brutalidad: de las que esquivaron la censura a la rica producción en democracia

El gobierno militar buscó filtrar los contenidos y desfinanciar la industria. De todos modos, salieron a la luz films donde el doble sentido sorteó los controles. Desde 1983 hubo obras que abordaron la dictadura desde todos los ángulos posibles.

Plata Dulce y La Historia Oficial, dos películas que retratan los años de la última dictadura. 

Plata Dulce y La Historia Oficial, dos películas que retratan los años de la última dictadura. 

Ya en octubre de 1975 todo el país daba por sentado que se venía un golpe militar. La palabra estaba en el aire, tanto que se usó como una gracia en el título de una cinta cómica: “Los chiflados dan el golpe”. Era una inocentada de Albino Rojas, alias El Soldado Chamamé, pero fue premonitoria, aunque nadie imaginaba qué clase de chiflados iban a venir.

Con el pretexto de mejorar las cosas, el gobierno de Videla puso al Instituto Nacional de Cine bajo la órbita de la Secretaría de Información Pública, dificultó con nuevas regulaciones el trabajo de laboratorios y técnicos locales, decidió que los subsidios pendientes se pagarían “a prorrata, caducando definitivamente todo derecho al cobro de los saldos o diferencias”, eliminó el impuesto a las entradas de cine, o sea, la fuente de financiación para nuevas películas, acentuó el control de éstas con nuevas pautas de censura, agregó más nombres a las listas negras armadas por el gobierno anterior, hizo “desaparecer” del modo más cruel a varios escritores, artistas y técnicos vinculados al cine y, ya que estamos, declaró “imprescindible elevar el nivel artístico, técnico y cultural del cine argentino, tendiente a la preservación de las características del estilo nacional de vida” (ley 21.505/77).

Hay que recordar todo esto para apreciar debidamente algunas películas que se animaron a decir ciertas cosas, como “Los médicos”, de Fernando Ayala, que detrás de un romance mostraba los problemas de los hospitales públicos, “La isla”, de Alejandro Doria, punzante cuadro alegórico de angustias humanas, “Momentos” y “Señora de nadie”, elegantes revulsivos con los que María Luisa Bemberg enfrentaba la moral de la época, y las dos últimas películas de David J. Kohon, “¿Qué es el otoño?”, 1976, dolido cuadro de una generación frustrada, y “El agujero en la pared”, 1982, donde un Mefisto porteño va envolviendo a Fausto con las maldades de la sociedad moderna. Increíble, la censura no advirtió ningún doble sentido en las escenas de los enanos con lanzallamas a máxima potencia en pleno microcentro.

La censura tampoco advirtió nada, o se hizo la desentendida, con el Ford Falcon desde donde arrojan un muerto en “Tiempo de revancha”, o el signo de la Triple A y el pisapapeles propio del Ejército en la mesa del jefe en “Últimos días de la víctima”, ambas de Adolfo Aristarain. Son obras fundamentales, a las que se suma la tragicomedia “Plata dulce”, de Fernando Ayala, sobre guión de Oscar Viale y Jorge Goldenberg, que llegó y golpeó en el momento justo.

Mitad de 1982, el país en crisis, la gente desilusionada de la Patria Financiera y del triunfalismo que nos llevó a la Guerra de Malvinas, y ni siquiera teníamos el consuelo de haber hecho algo mínimamente bueno en el Mundial de Fútbol de España. Perdimos, y justo ahí se estrenó “Plata dulce”, para obligarnos a ver, desde las primeras imágenes, la torpe vanidad de nuestro canchero “ser nacional” y la falsedad del relato oficial. Casi enseguida Fernando Ayala hizo otra obra notable, “El arreglo”, con guión de Tito Cossa y Carlos Somigliana, emocionante lucha entre el hombre honrado y el coimero, ambientado en un barrio popular.

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Plata Dulce, de 1982.

Plata Dulce, de 1982.

Mencionemos aquí un fenómeno marginal pero interesante: los cortos de algunos aficionados que en aquella misma época hicieron pequeñas historias sobre abusos de autoridad y hasta desaparición de personas, cortos que se mostraban con riesgo personal en ciertos cineclubes y en el festival anual de Uncipar en Villa Gesell. La pasión y valentía que mostró en esos tiempos Uncipar (Unión Nacional de Cineastas de Paso Reducido, por las cámaras en Super 8 y 16 mm) bien merece un elogio.

A fines de 1982, con el gobierno de transición del general Bignone, un civil proveniente de la Cancillería, el ministro plenipotenciario Mario Luis Palacios, se hizo cargo del Instituto Nacional de Cine. Una anécdota puede retratarlo. En abril de 1983 hubo un gran festejo por el cincuentenario de “Tango”, nuestra primer película sonora. En la vereda del Teatro San Martin, miembros del sindicato de técnicos de cine tiraban volantes con reclamos por la situación de la industria. Palacios tomó uno y, llegado el momento de los discursos, lo leyó completo, dijo estar de acuerdo en casi todo e invitó a una reunión abierta para el día siguiente.

Ningún funcionario había hecho algo semejante hasta ese momento, y es probable que ninguno lo haga en estos momentos. Él fue quien dio el visto bueno para el rodaje de “No habrá más penas ni olvido”, “La República Perdida”, “El poder de la censura” y otras que se estrenaron en 1983, último año del gobierno militar, y también dio el visto bueno para el rodaje de “Camila”, que empezó a rodarse el 11 de diciembre, primer día de vida en democracia después de tantos años.

Libertad y democracia

Casi como primera medida de gobierno, Alfonsín puso al frente del Instituto a un hombre de cine, el director Manuel Antin, y al crítico e historiador Jorge Miguel Couselo como interventor del Ente de Calificación Cinematográfica, vulgo censura. A diferencia de otros interventores, Couselo no se eternizó en el cargo. Considerando que el Ente no tenía razón de existir, lo liquidó en apenas tres meses.

Comenzaba de este modo la época del llamado Cine en Libertad y Democracia: “La historia oficial”, “Los chicos de la guerra”, “La noche de los lápices” (obras que se hicieron superando amenazas anónimas), “Darse cuenta”, “La deuda interna”, “Hombre mirando al sudeste”, “Garaje Olimpo”, “En retirada”, “Crónica de una fuga”, “País cerrado, Teatro Abierto”, “El exilio de Gardel”, “Sur”, “El viaje”, “Un muro de silencio”, fueron los títulos más notables.

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La historia oficial, la primera película argentina ganadora de un Oscar.

La historia oficial, la primera película argentina ganadora de un Oscar.

Hay quien dice que nuestro cine se llenó entonces de “esas películas contra el gobierno militar”. Pero “esas películas” suman apenas la décima parte del total de la producción 1983-1993, el otro 90% está formado por obras ajenas a la política, en general comedias y cintas cómicas, romances, dramas personales, y -algo nuevo- películas sexoleras, pero no tanto en las salas de cine como en ciertos rinconcitos de los videoclubes.

Ya en este siglo el propio Instituto, rebautizado Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales, no solo alentó el necesario ejercicio de memoria sobre los excesos del gobierno militar, sino que incluso armó un equipo para grabar todos los juicios que se estaban haciendo a diferentes represores y cómplices de la represión. Sería interésante saber en qué condiciones se conserva ahora ese material.

A propósito, acá van cuatro títulos sobre el Juicio a las Juntas: “El Nuremberg Argentino”, “Argentina 1985”, “El Juicio”, soberbio megadocumental de Ulises de la Orden, y ahora empieza a circular “Conadepianos: el detrás de los notables”, registro de los empleados y voluntarios que participaron en la investigación de la Conadep que sirvió de apoyo al fiscal Strassera.

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Ricardo Darín, protagonista de Argentina 1985.

Ricardo Darín, protagonista de Argentina 1985.

A falta de inventario

Imposible hacer aquí un inventario completo de películas nacionales referidas a aquellos años de plomo. Hay dramatizaciones y documentales, obras que intentan ser imparciales y obras directamente militantes, y los temas que tratan son variados. Están las biografías de víctimas ilustres (Oesterheld, Rodolfo Walsh, Conti, Urondo, Gleyzer, las monjas francesas, los curas palotinos, monseñor Angelelli, monseñor Ponce de León, el sindicalista René Salamanca, J.J. López, hoy llamado “el hombre que desapareció dos veces” -en fin-) y biografías de héroes y heroínas que sobrevivieron (Estela de Carlotto, la monja Yvonne Pierron, Nora Cortiñas, el pianista Miguel Ángel Estrella, aquí la lista es más reducida).

Están los muchos documentales sobre Madres y Abuelas, amén del documental “Padres de la Plaza” (los maridos que sostenían a las Madres) y el tocante drama de Jeannine Meerapfel “La amiga”, con Liv Ullmann y Cipe Lincovsky. También los varios trabajos sobre Hijos y Nietos, y entre ellos una obra especial, muy humana, “Eva y Lola”, de Sabrina Farji, con el conflicto del amor casi a toda prueba entre una joven apropiada y sus padres adoptivos.

Las bestialidades de los grupos de tarea se reflejan en el duro, pero bien preciso “Tierra de Avellaneda”, donde Daniele Incalcaterra sigue al Equipo Argentino de Antropología Forense en el reconocimiento de los restos de una familia. La compensación, para públicos jóvenes, está en la cinta de terror “1978”, de Luciano y Nicolás Onetti, donde un grupo de tareas cree haber capturado a unos subversivos, pero éstos resultan ser discípulos del Diablo. Un modo nuevo de ver las cosas, y es lógico. Como retratos del comportamiento humano en esos tiempos aparecen cuadros de paranoia (“Hay unos tipos abajo”), indiferencia (“Nadie nada nunca”), egoísmo cómplice (los vecinos que saquean la casa de alguien que fue llevado preso en “Rojo”), confrontaciones superadas e ilusiones perdidas (“Las hermanas”).

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Koblic, de 2016.

Koblic, de 2016.

Sobre conflictos morales dentro de las Fuerzas Armadas, solo un film, “Koblic”, de Sebastián Borensztein, pero debe haber más. O debería. La visión de los movimientos guerrilleros ha ido evolucionando. “Cazadores de utopías”, de David Blaustein, sigue siendo un trabajo monumental, no solo por la cantidad de entrevistados sino por el modo en que su relato equilibra la fuerza de los ideales con el cansancio de las decepciones (¡y ese final con la canción de Serrat evocando aquello del Mio Cid, “que buen vasallo fuera si hubiese buen señor”!).

También valiosos, y con críticas bien fundadas, “Los malditos caminos”, “Montoneros. Una historia”, “Cuentas del alma. Confesiones de una guerrillera”, “Pasaje de vida”, “Operación México” y “Una jirafa en el balcón”, todos ellos inspirados en hechos y personas reales. Párrafo aparte, “El copamiento”, de Mariana Britos y Mauro Pérez, que investiga un hecho muy penoso en las afueras de Villa María, pero adosándole un dato inesperado: los guerrilleros establecieron su mando de operaciones en un albergue transitorio, obligando a permanecer allí a varias parejas de amantes clandestinos, con las consecuencias imaginables al regresar al otro día a sus respectivos hogares.

Una mirada al trasfondo del golpe aparece en “Deuda, ¿quién le debe a quién?”, única incursión cinematográfica de Jorge Lanata, aunque el resultado no se aleja de un especial televisivo. Una rareza mayor es “El almuerzo”, de Javier Torre, interesante recreación del encuentro de Videla con cuatro escritores, uno de los cuales, el padre Leonardo Castellani, le pidió por la vida de Haroldo Conti, secuestrado pocos días antes. La charla fue interesante, los frutos, ya se sabe, fueron nulos.

Malvinas es todo un capítulo, donde resaltan “Iluminados por el fuego”, sobre la experiencia del entonces soldado Edgardo Esteban, “No tan nuestras”, “Locos de la bandera”, emocionante documental que da voz al orgullo de los veteranos, y también “Los ojos del abismo”, terror nocturno en el Atlántico Sur durante Malvinas, el corto humorístico “Guarisove” (porque un pastor de ovejas les dice a los soldados “War is over”, y ellos no entienden nada) y el gracioso “Telma, el cine y el soldado”, de Brenda Taubin, donde una mujer encuentra al colimba con quien se carteaba durante la guerra. Entre los veteranos, uno dice con sana ironía que su cumpleaños de 20 “fue bárbaro, tenía fuegos artificiales por todos lados”.

Y está bien, el humor siempre nos salva. Hasta aquí llegamos. Sin dudas, el lector agregará otros cuantos títulos.

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