13 de marzo 2001 - 00:00
Preparan el nuevo festival de jazz de Punta del Este
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Francisco Yobino.
Francisco Yobino: El asunto es muy sencillo. Un festival de primer nivel como el que nosotros hacemos cada año requiere una inversión aproximada a los 550.000 o 600.000 dólares. Este tipo de encuentros, de los que hay muchí-simos en Europa, especialmente en Francia, donde hay uno por ciudad, está subvencionado por el Estado, nacional o municipal. En Estados Unidos, donde también hay muchos, está sostenido, en 90%, por empresas privadas, y ése es un tema que conozco muy bien porque he estado en todos los congresos de Jazz Time.
P.: ¿El festival de jazz que realizaron las secretarías de Cultura y de Turismo argentinas en el Sur, y que promete continuidad, tiene alguna relación con el festival de Punta del Este?
F.Y.: Estoy seguro de eso. Y también, la fuerza que ha adquirido el jazz en Buenos Aires. Yo leo los diarios argentinos y estoy al tanto de todo lo que sucede. Ahora parece común que lleguen para hacer conciertos artistas como Sivuca, Roy Haynes, Michael Brecker, Kenny Barron o Nicholas Payton; pero eso no era así cuando nosotros comenzamos a llevarlos a Punta del Este. Y, en ese sentido, no he tenido suerte, porque veo que hay sponsors que han deci-dido apoyar en Buenos Aires y que no tuvieron la misma actitud con nosotros.
F.Y.: Honestamente, aunque a muchos les cueste creerlo, cuando empezamos con el festival, la idea era acercarle una oferta cultural más, y del mejor nivel, a los turistas. Lo hacemos habitualmente en el primer fin de semana de enero (el próximo, como excepción, se hará en la segunda, entre el 10 y el 13 de enero, para no superponerlo tanto con las Fiestas); y, durante ese mes, 70 o 75 por ciento de los turistas es argentino.
P.:Así y todo, el festival se sigue sosteniendo.
F.Y.: Sí, a fuerza de entusiasmo, de nuestro aporte económico y de buscar siempre la calidad y el respeto hacia los artistas. Hemos recibido montones de cartas de muchos de los músicos que han tocado en Lapataia agradeciéndonos la invitación y pidiéndonos volver. Ni yo ni la gente que trabaja conmigo, que no es mucha, somos profesionales del espectáculo. Pero todo lo hacemos con absoluta seriedad. Varios meses antes de cada festival tengo firmados todos los contratos, y yo mismo viajo para que los artistas y los managers me conozcan personal-mente, y para entregarles el anticipo de los cachets.
A lo mejor, a muchos les puede parecer extraño que prioricemos la calidad a la cantidad, como lamentablemente marca la realidad de hoy, pero efectivamente es así. Muchos piensan que el festival es rentable, pero no lo es. Lo único que nos mueve es el amor a la música y la firme convicción de que hay que darle buenas opciones a los turistas. Lo concreto es que yo laburo como Patoruzú: pateo los centros y entro a cabecear.
P.: ¿Usted tampoco obtiene rédito en otro tipo de proyectos de esos mismos artistas originalmente contratados para el festival?
F.Y.: Como le dije, no soy empresario del espectáculo y nunca he querido entrar en ese tipo de negocio. Incluso, muchas veces me han ofrecido tomar la representación en la región, y pude haberlo hecho, pero no es lo mío.
P.: ¿De dónde viene su afición por el jazz?
F.Y.: Siempre fue una música que me interesó. Ya cuando tenía 18 o 20 años, iba a los conciertos que se hacían, a veces a la mañana, en el Gran Rex, o el Coliseo, en Tucumán 676. Pude ver hace muchos años a Peterson, a Mingus, a Mulligan... En el año '79, cuando vivía todavía en la Argentina y me dedicaba a la comercialización de azúcar, organizaba conciertos en una planta de fraccionamiento de azúcar que teníamos en Banfield. Allí tocaron Jorge Navarro, Domingo Cura, Hugo Díaz, Oscar Alén, Adalberto Cevasco, Dino Saluzzi, Horacio Larrumbe, el «Zurdo» Roizner, Caíto, Eduardo Lagos, el «Chango» Farías Gómez.
Ya instalado con el tambo en Uruguay, en el '95 empecé a fantasear con el festival. Lo convoqué a Jorge Navarro como director artístico, y, desde el comienzo, mi fantasía fue tan grande que hasta que llegué a manejar la posibilidad de traer a Gerry Mulligan. Finalmente, no pudo venir porque estaba muy enfermo y falleció el último día del primer festival.
P.: ¿Cómo logró conectarse, sin conocer el terreno, con figuras de nombre internacional?
F.Y.: En noviembre del '95 fui al congreso de Jazz Time. Ahí estaba como el personaje del general González que hacía Olmedo. Mi inglés no es muy bueno, pero de alguna manera me hacía entender; y me fueron tomando simpatía. Empecé a contactarme con la gente a partir de un trato personal, y ese estilo lo he mantenido hasta hoy. Y ese idealismo de buscar siempre lo mejor está en camino a llevarnos a un lugar que yo siempre deseé para el festival de Punta del Este: que el público pueda ir, aunque no conozca en detalle el programa, porque sabe que se encontrará con músicos de primer nivel.




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