Pese a sus varios defectos, «Di buen día a papá» descubre
la historia de amores contrariados del pueblo boliviano de
Valle Grande y el Che Guevara, cuyos restos fueron enterrados
allí.
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Primero vemos los acontecimientos de 1997, cuando los vecinos rechazan la exhumación del cadáver del Similar confusión de afectos, o confusión ideológica, si se quiere, vemos en 1977, cuando las mujeres lugareñas temen que caiga una maldición sobre los parientes de militares, si no rezan por el alma del finado, que, como se recordará, quedó enterrado fuera del camposanto.
Nuestra protagonista es entonces una niña que espera conocer a su padre, precisamente (o presuntamente) un militar que la engendró una noche de amor a su paso por el lugar en 1967, según lo que le cuenta su madre. A propósito, el título del film alude a una frase en código de la lucha antiguerrillera, y también a los preparativos de la mujer que años más tarde todavía sueña con presentarle el padre a la hija. En fin, que por el solo ánimo chismoso de saber quién es el padre y por qué tarda tanto en llegar, uno al final se queda viendo toda la película, y entretanto se entera de quiénes son los otros personajes, por qué causa se desconfían o se aman desde hace años, cómo parece que surgió la santificación popular y el negocio turístico que caracterizan a la zona, etcétera.
El argumento es atractivo, pero el film está un poco echado a perder por ciertos detalles molestos que se van acumulando: por ejemplo, la ropa demasiado limpia y recién planchada de unos extras que dicen venir del monte, la música ralentada y solemne, un personaje emblemático que parece salido de
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