Rata chef con la sólida marca del estudio Pixar

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«Ratatouille» (id., 2007; habl. en inglés o dobl. al español). Dir.: Brad Bird. Voces (vers. orig.): P. O'Toole, I. Holm, B. Dennehy, J. Garofalo, L. Romano.

De Mickey a Pérez, los ratones se reprodujeron en el cine de animación a un ritmo tan veloz como en sus cuevas. El nuevo producto de los estudios Pixar («Cars», «Buscando a Nemo») lleva como protagonista al último retoño de esta especie privilegiada por los dibujantes: se llama Remy, es una rata francesa, gourmet y excepcional chef.

También es inteligente, rebelde, y -como corresponde a un héroe-, abandona de muy pequeño hábitat y familia. Ya habrá tiempo para el reencuentro.

Como Ulises, la rata navega en su viaje iniciático a lo largo de procelosas aguas que son, forzosamente, fétidas y malolientes, las de las cloacas de París, y termina en la cocina de uno de los restaurantes de más fama, el del chef mediático Gousteau, que acaba de morir, y de quien Remy aprendió todo sobre la cocina mientras sus padres y hermanos se contentaban con el menú habitual, las sobras en latas de basura.

«Ratatouille», el primer film de animación proustiano de la historia (revelar las razones sería desbaratar la sorpresa final, aunque la clave está en el título, inspirado, con juego de palabras incluido, en el famoso plato francés hecho a base de berenjenas, calabacines, tomates y ajíes) también contiene humanos: el despreciable Skinner, chef que queda a cargo de la cocina a la muerte de Gousteau; el tímido y torpe lavaplatos Linguini, la bella asistente de cocina Colette, y el siniestro crítico de restaurantes Anton Ego (uno de los personajes más logrados del film, cuya voz dobla en el original Peter O'Toole).

Una vez instalada en la cocina, la tarea de Remy, que es a la vez el inicio del conflicto central de la película, será colarse en la cabeza de Linguini, debajo de su gorro de cocinero (el lavaplatos se convierte en chef), y desde allí guiarlo, tirándole de los cabellos, a la creación de los platos más sublimes y originales que jamás se hayan comido antes en el restaurante de Gousteau. El libro de «Ratatouille» puede considerarse como el más ingenioso y elaborado de todos los surgidos de la factoría Pixar. Además del conflicto central, que enfrenta doblemente a Linguini, con la ayuda de la ratita, contra Skinner y Ego, también desarrolla pequeñas subtramas bien resueltas (la filiación del desgarbado falso chef, su historia de amor con Colette, etc.). Sin embargo, esto plantea la mayor paradoja de las películas de animación contemporáneas: los más chicos pueden quedar muchas veces en ascuas.

A diferencia de sus predecesoras, más rotundas en el planteo del conflicto (la búsqueda del hijo en «Nemo», o la competencia en «Cars»), «Ratatouille» podría resultar demasiado sutil para los menores (sus cifras de estreno en los EE.UU. no alcanzaron a las de los otros films Pixar). Lo visual también juega su parte: la especie elegida, seguramente a raíz de la homofonía parcial entre «rata» y «ratatouille», produce algunas escenas «bizarras» para una película que no se propone producir rechazo sino todo lo contrario, como la de la manada de ratas que se apodera del restaurante cuando renuncian todos los cocineros, y prepara exquisitos manjares con la guía de Remy. Esto no desmerece los muchos logros del film, en el que además la ciudad de París está admirablemente retratada, con ambientación en los años 60, aunque puede llegar a ser un obstáculo práctico para los padres. Como todos los films Pixar, «Ratatouille» está precedido por un corto de animación; en este caso, una desopilante fantasía sobre dos marcianos.

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