28 de febrero 2001 - 00:00

Reencuentro de Van Gogh y Gauguin en Bellas Artes

Le Moulin de la Galette.
"Le Moulin de la Galette".
(27/02/2001) Vincent van Gogh (1853-90) desembarca en París, a comienzos de 1886, después de un lustro de práctica artística realizada en su Holanda natal y en Bélgica. Ve la octava y última exposición de los impresionistas, inaugurada a mediados de mayo en unas salas de la Rue Laffitte, y adopta sus códigos, para derivar luego al puntillismo neoimpresionista, cuyos inventores son Georges Seurat y Paul Signac -participantes de aquella muestra-, a quienes conoce y frecuenta.


Otras amistades son Camille Pissarro, Edgar Degas, Emile Bernard, Paul Gauguin y Henri de Toulouse-Lautrec. Mientras tanto, además de su devoción por Delacroix, Corot, Daumier y, sobre todo, Millet, el interés de Van Gogh se centra en las estampas japonesas, que ha descubierto en Amberes y puede ver en abundancia en París.

Pero dos años más tarde, se ahoga en la vasta ciudad y decide salir de ella, en busca de la Francia rural todavía a salvo de la modernización. Pesan en él, sin duda, su experiencia de misionero libre en la región carbonífera de Borinage, al sur de Bélgica (1878-79 y 1880), donde ha conocido la expoliación y la miseria de los mineros, y su estadía en Nuenen, Holanda (1883-85), donde oficiaba su padre, pastor calvinista: allí pintó a los campesinos.

Van Gogh elige Arles, en la Provence. «Me siento como si estuviera en el Japón», escribe a Theo apenas llegado a la anti-gua ciudad junto al Ródano, a comienzos de 1888. Pinta desde entonces sin cesar, y encuentra la manera tempestuosa y desbordante del color que lo distinguirá para siempre en la historia del arte. Hacia mayo de 1889, vencido por sus crisis mentales, se interna en el asilo de alienados de Saint-Rèmy, cerca de Arles, donde realiza algunas de sus obras maestras. Hasta que, a mediados de 1890, se siente recuperado y se instala en Auverssur-Oise, 35 km al noroeste de París. Pero dos meses después de afincarse allí, se suicida de un tiro, y muere el 29 de julio de 1890, a los treinta y siete años.

«Le Moulin de la Galette», obra que integra la muestra «Grandes artistas del siglo XIX», en el Museo Nacional de Bellas Artes, fue pintado por Van Gogh en la segunda mitad de 1886. Se trata, en verdad, del viejo molino de Bout-à-Fin, contiguo al de Radet, llamado de la Galette desde 1834, porque sus dueños acondicionaron en él una pequeña fonda en la cual se servían las galletas que dieron nombre al lugar. Más tarde, agregaron un salón de baile, con palcos de orquesta, y dispusieron un jardín donde se bailaba en verano.

El molino de Bout-à-Fin también pasó a ser llamado de la Galette. Este óleo transmite el encanto silvestre que aún conservaban ciertos sitios de Montmartre -hasta su anexión a París, en 1860, era casi una aldea rural-, donde Van Gogh vivió allí durante dos años. La paleta del artista se ha aclarado, al cabo de las sombrías tonalidades de su etapa holandesa y belga. Las pinceladas son precisas, pero contenidas. Y la composición es paisajística: el vasto cielo sobre el cual se recorta el molino, las figuras humanas apenas señaladas así lo indican. Como si fuera uno de los tantos molinos de viento de su Holanda natal, Van Gogh sustrae éste a la gran ciudad a la que pertenece ahora.

Gauguin

Junto a esta obra, se exponen las de Eugène-Henri-Paul Gauguin -nieto de la pensadora y dirigente socialista Flora Tristán-, que nace en París, el 7 de junio de 1848. Su familia debe exiliarse por razones políticas y se afinca en Lima, entre 1849 y 1855. De retorno a Francia, viven en Orleans y, más tarde, en París (1862-64).

Paul ingresa en la armada en 1865. Entra entonces en una agencia bursátil, donde se convierte en un próspero burgués, hacia 1872, y, entonces, empieza a pintar y a coleccionar obras de arte. Se casa en 1873 con la danesa Mette Sophie Gad. Dedicado a la banca y a los seguros, va entregándose más y más a la pintura. En 1880, participa de la quinta muestra de los impresionistas (1881), la séptima (1882) y la octava y última (1886). La quiebra de la firma para la cual trabaja, en 1882, le permite lanzarse de lleno al arte. Ha de separarse entonces de su mujer y sus cinco hijos, que permanecen en Copenhague.

En 1886 pasa su primera temporada en Pont-Aven, en la Bretaña. Volverá allí en 1888, después de un viaje a Panamá y la Martinica, y ha de echar entonces, con
Emile Bernard, los cimientos de su estilo, el Sintetismo, basado sobre el uso de colores planos y una neta demarcación de los contornos interiores, tomada de los vitrales.

Dos años después de la presentación de los sintetistas en París (1889), que marca la aparición del simbolismo pictórico,
Gauguin viaja a Tahití, siempre en busca de lo primitivo, a mediados de 1891. Retorna en 1893, y parte nuevamente en 1895. Roído por la sífilis y el alcohol, azotado por sus trastornos cardíacos y sumido en la soledad, intenta sin éxito el suicidio (1898).

Sin embargo, no cesa de pintar los mitos y realidades de la Polinesia. En 1901, como encuentra a Tahití trastornado por la modernización, se establece en Atuana, capital de Dominica (Hiva-Oa), una de las Islas Marquesas, donde muere el 8 de mayo de 1903.

Roger Fry
llamó «posimpresionistas» a Vincent van Gogh y Paul Gauguin -como a Paul Cézanne y Henri de Toulouse-Lautrec-, no sólo por razones temporales: es que todos ellos, especialmente Cézanne, habían desarrollado su etapa impresionista, de la que luego se apartaron para avanzar por caminos propios. La obra de Gauguin, que abarca más de un cuarto de siglo, aparece entonces con perfiles nítidos y autónomos en el desenvolvimiento del arte moderno, una revolución pictórica que corre pareja, aunque opuesta, a la revolución científica y, sobre todo, tecnológica de aquellos años.

El caso de
Gauguin es paradigmático: él se siente a disgusto con la civilización de los grandes adelantos; y, no conforme con el arcaísmo de los pueblitos bretones, todavía salvados del progreso, huye más lejos -como Rimbaud al Africa-, para sacudirse de encima la cultura, ya impiadosa y regimentadora, de la modernización. Terminará por ver que ni siquiera Tahití ha podido zafar de la ola mundial, pero ya es tarde: la vida es ahora la que huye de él.

«Bañistas de Bretaña»
(1887), que también integra la muestra, es producto de su primera estadía en Port-Aven. Esta obra de Paul Gauguin marca su transición desde el Impresionismo al Sintetismo, que ha de cuajar en 1888. Contrastes de formas más netas y colores apenas modulados son aquí distintivos. «Vahine no te miti («Mujer del mar», 1892), la otra obra de Gauguin también del MNBA, fue pintada durante su etapa inicial en Tahití -cuando vive en Mataiea, 45 km al sur de Papete-; este cuadro revela el giro dado por su estilo. Un simple desnudo femenino, de espaldas, vertido sobre el insólito plano amarillo, multiplica las sugerencias.

Paul Gauguin
y Vincent van Gogh, cinco años menor, se conocen en París a la llegada de éste, en 1886, y traban una fuerte amistad. Cuando Van Gogh se afinca en Arles (1888), invita a Gauguin a instalarse allí, para pintar juntos y establecer una comunidad de artistas. Gauguin llega el 23 de octubre, pero las relaciones entre ambos se deterioran. El 23 de diciembre, Gauguin se salva de ser atacado por Van Gogh, quien, pocas horas después, se corta el lóbulo de la oreja izquierda. Gauguin parte el 24: no volverán a verse nunca más.

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