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22 de junio 2006 - 00:00

Según Vallejo, Martín Fierro es indigenista

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El director hace bien en aclarar que su film es una versión libre del clásico gauchesco. Y hace mal el Ministerio de Educación en propiciar su exhibición escolar, en tiempos en que ya casi no se estudia el original.
«Martín Fierro, el ave solitaria» ( Argentina, 2006, habl. en español y mapuche). Guión y dir.: G. Vallejo. Int.: J. Palomino, A. García, O. Di Sisto, R. Cesán, T. Amejeiras, L. Dentoni Yankamil, R. Galli, M. Arce, G. Saldívar, S. Coletti.

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Baja de sus cerros tucumanos Gerardo Vallejo, y representa en tierras cuyanas lo que el libro ubica en el suroeste bonaerense. Esta licencia no molesta, porque allá también el criollaje sufrió la misma ley de leva que José Hernández denunciara como abuso de autoridades y especuladores, y causa de miseria en vez de progreso. Además, difícilmente el llamado «espectador urbano» distinga un paisaje de otro, y quizá tampoco advierta que en el siglo XIX nadie usaba bombo con macetero, ni otras minucias sobre las cuales no vale la pena cargar las tintas.

Si, por ejemplo, la producción consiguió un tordillo en vez de un moro, eso no afecta a la obra, que algunos méritos tiene, entre ellos el aspecto y la mirada del protagonista, su gesto al percibir el crimen que ha cometido en el sopor de una borrachera, su búsqueda de los hijos a través de hospital, boliche, juzgado, etc., algunos flashbacks, el uso de fusiles de chispa, las voces de la partida («tirale», «vámonos, loco, vámonos»), o los diálogos de los indios en lengua mapuche como corresponde.

La afecta, en cambio, la representación demasiado enfática y la música demasiado presente, un entierro que en el libro es apenas vaga expresión de deseos, la floja puesta de las escenas de acción, la falta de expectativa dramática, y... la «corrección política» que pinta a los indios como un pan de Dios.

Es cierto que algunos eran mansos, jugaban al carnaval con los cristianos, y hasta se empleaban en las estancias (eran los «camiluchos» que por ahí menciona el hijo del sargento Cruz). Pero en su libro Hernández, hombre de campo, y de armas tomar, describe largamente al indio como lo peor. «Tiemblan las carnes al verlo», «Esos horrores tremendos/ no los inventa el cristiano», «roba y mata cuanto encuentra», «la única ley es la lanza/ a que se ha de someter», etc. Al primero que enfrenta, Fierro hace «la obra santa/ de hacerle estirar la jeta». En la película, en cambio, proclama a los cuatro vientos «¡El gaucho no mata al indio!», y lo deja vivo. Por supuesto, la espantosa y formidable pelea con el salvaje que degolló al hijito de la cautiva, ni figura. Ni siquiera figura el hijito, ni el otro chico al que ahogaron en un charco acusándolo de traer la peste, etcétera.

El problema es que, al eludirse esos conflictos, se disminuye también el importante sacrificio del gaucho en la formación del país, que Hernández destaca protestando, no contra la reducción del salvajismo, sino contra viejos vicios militares («nos mandaba el coronel/ a trabajar en sus chacras», etc.) y judiciales que en beneficio de unos pocos destrozaron la economía de familias enteras. Lo cual, dicho sea de paso, estaba mejor expuesto en la versión de Enrique Dawi, con Onofre Lovero como el diputado escritor y Horacio Guarany como el héroe nativo (eso que ya estaba gordo).

Hace bien Vallejo en aclarar que su película es una versión libre. Y hace mal el Ministerio de Educación en propiciar su exhibición escolar, para colmo ahora que ya poco y nada se estudia el libro en los colegios secundarios.

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