Se reestrena en salas esta semana el clásico de Jean-Luc Godard, junto con el estreno de "Nouvelle vague", de Richard Linklater, un film homenaje a la realización de esa película-faro de 1959
Guillaume Marbeck como Jean-Luc Godard en "Nouvelle vague", de Richard Linklater
La dimensión del tiempo lleva a pensar en abismos, y no sólo en física o filosofía. Hace 66 años se estrenó “Sin aliento”(“À bout de souffle”, 1959), la película de Jean-Luc Godard que consolidó el movimiento conocido como Nouvelle Vague (Nueva ola), que revolucionó la forma de hacer cine.
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Los “nuevaoleros” de todo el mundo la convirtieron rápidamente en su objeto de culto (sólo que por entonces no se usaba, como ahora, esa expresión que se le regala a cualquier cosa). Era un culto de verdad. No se podía ser joven, en los albores de los 60, sin haber visto “Sin aliento” y algunos otros títulos de la misma generación. En Buenos Aires, cuando todavía no se llamaba CABA, el epicentro de ese culto era la sala del Lorraine, en la avenida Corrientes.
Hagamos el ejercicio temporal. Proyectada a la inversa, la misma distancia que nos separa hoy del estreno de “Sin aliento” (66 años) es la que separaba a ese público —al que la modernidad le brotaba por los poros— de 1893, cuando Thomas Alva Edison presentó el kinetoscopio. El mismo año que nacieron Perón y Mao Tsé-tung, y murieron Chaikovski y Maupassant; el año de la revuelta radical de Hipólito Yrigoyen y Aristóbulo del Valle contra el gobierno de Luis Sáenz Peña.
¿Qué puntos en común podía haber entre los jóvenes nuevaoleros y aquellos acontecimientos de finales del siglo XIX? ¡Ni siquiera los hermanos Lumière habían inventado el cine todavía! Hoy, sin embargo —como en una nueva refutación del tiempo—, en las escuelas de cine, en el público cinéfilo y en el público más informado, “Sin aliento” no huele a manual de historia sino que su nombre aún evoca novedad, revolución.
Tanto es así que esta semana se estrenará en cines del país “Nouvelle Vague”, de Richard Linklater, una película que recrea amorosamente el rodaje del primer largometraje de Godard y, a la vez, la propia “Sin aliento”. Permitirá verla como fue pensada: en una pantalla grande, limpia, sin los saltos y sobresaltos de las viejas copias de cinemateca o de video, y con las dimensiones justas.
En esas casi seis décadas se ha visto de todo. El cine evolucionó más que otras artes; muchas de las realizaciones actuales, y no sólo las independientes, siguen siendo tributarias de las innovaciones introducidas por Godard en su opera prima, que marcaron en el cine europeo primero, y más tarde en el internacional, un antes y un después.
Con “Sin aliento” el cine se quitaba de encima el lastre del teatro, los diálogos armados, el rodaje con maquinarias costosas y pesadas. Godard llevó a la práctica la idea de la caméra-stylo (formulada originalmente por Alexandre Astruc), es decir, la “cámara-lapicera”: el director se valía de ella para “escribir la película”, para liberarse de lo que marcaban el guion, la escenografía y el resto de los elementos técnicos. Improvisaba, decidía cambios sobre la marcha. Ningún decorado fue construido ex profeso: todo era real. La iluminación de interiores era a veces insuficiente y el ritmo se asemejaba al de un noticiero en vivo, lo que le daba, a gusto de Godard, un aire documental a la ficción.
Esto condujo, sin escalas, a la teoría —o “política”, como se la llamó en Francia— del director como “autor”. Ese concepto se impuso de tal modo en la cultura contemporánea que hoy, cuando leemos en algún titular que en tal bodegón sirven “milanesas de autor”, o que tal barista prepara “cafés de autor”, el culpable no es otro que Godard.
Para filmar, Godard salió a la calle con la cámara; se metió en cuartuchos miserables, en la explanada del aeropuerto de Orly, en el lobby de hoteles, en bares auténticos y reconocibles. Hoy eso no sorprende a nadie; entonces, sí. Sentó a su camarógrafo, Raoul Coutard, en una silla de ruedas que él empujaba para producir travellings sin carriles aparatosos; lo mismo a bordo de un Citroën o en el interior de un carrito, oculto, para rodar en lugares públicos sin que los transeúntes lo advirtieran. Y si lo advertían, no le importaba: en “Nouvelle Vague”, cuando se reconstruye la escena final del tiroteo al protagonista, va gritando a los espantados curiosos: “¡Sigan, sigan, no miren! ¡Es una película!”.
Revolución
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Arriba: Jean Seberg en la escena final de "Sin aliento". Debajo, Zoey Deutch (Jean Seberg) y Guillaume Marbeck (Jean-Luc Godard) en "Nouvelle vague", de Richard Linklater
Linklater, director de la trilogía “Antes del amanecer” (1995), “Antes del atardecer” (2004) y “Antes del anochecer” (2013), concluye “Nouvelle Vague” con estas leyendas: “‘Sin aliento’ es una de las películas más importantes jamás realizadas. La revolución cinematográfica de Jean-Luc Godard ha durado más de 60 años. Truffaut, Chabrol, Rivette, Rohmer, Suzanne Schiffman y toda la Nouvelle Vague transformaron el cine”. Su película es el tributo más hermoso hecho por un cineasta a otro.
Godard tenía 29 años cuando dirigió “Sin aliento” y ya se sentía desplazado porque tres colegas suyos en la revista Cahiers du cinéma —François Truffaut, Jacques Rivette y Éric Rohmer— ya habían hecho sus propias películas. También Alain Resnais. En aquellos tiempos de ebullición creativa, la frase de combate de la revista era: “a una película se le responde con otra película”. Es decir: el crítico no debe limitarse a criticar; debe filmar.
“Nouvelle Vague” no sólo es una especie de falso documental sobre el making of de “Sin aliento”, sino también un relato sobre las diversas y complicadas emergencias que atravesó Godard para convertirse en director. Dos factores son decisivos, y el film los refleja: la función que cumplió el productor Georges de Beauregard, el ángel de la nouvelle vague, el paciente idealista que se jugó por proyectos que no parecían factibles de antemano (cuando no demenciales), y los protagonistas, Jean-Paul Belmondo y Jean Seberg.
Belmondo era amigo de Godard; había actuado en pocas películas y no tenía demasiada confianza en la viabilidad de “Sin aliento”; sin embargo, le atrajo la aventura, el papel, y hasta rechazó otra propuesta más comercial para embarcarse en ésta. El caso de Seberg fue distinto: ella, pese a su juventud, ya era una estrella internacional. Estadounidense, había protagonizado éxitos como “Santa Juana” y “Bonjour tristesse”, ambas de Otto Preminger. Pero no era una actriz común: era una contestataria antisistema, lo que la llevó a la muerte antes de cumplir los 40 años.
Godard se encaprichó con ella, pero al principio los caprichos de cada uno eran incongruentes. Ella llegó a París creyendo que actuaría con Truffaut, que acababa de triunfar en Cannes con “Los 400 golpes”, y no con ese desconocido iracundo y bastante pedante. Su contrato fue un dineral para los bolsillos de Beauregard: 15.000 dólares de la época.
Más de una vez Seberg estuvo a punto de plantar todo, pero, por fortuna para la historia del cine, terminó aceptando el papel de Patricia, esa periodista y vendedora de diarios yanqui que residía en París para estudiar en la Sorbona, mantenida por sus padres, y que se enredaba con un malviviente, un ladrón de autos que la engañaba y que incluso le ocultó que había matado al policía que lo persiguió después de un robo.
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Arriba, Jean-Luc Godard, cameo en "Sin aliento", de Jean-Luc Godard. Debajo, Guillaume Marbeck como Jean-Luc Godard en "Nouvelle vague", de Richard Linklater
Los orígenes
“Sin aliento”, en un principio, no iba a ser una película de Godard sino de Truffaut. En noviembre de 1952, los diarios amarillistas como France-Soir publicaron la historia escandalosa de Michel Portail, un francés radicado en los Estados Unidos, que había robado a mano armada y que, luego de un breve juicio, fue expulsado del país. Tras su regreso a Francia, Portail pasó el verano con su novia estadounidense, Beverly Lumet, en la Costa Azul, viviendo una existencia de lujo, entre estrellas de cine, hasta que decidió robar un Ford Mercury frente a la embajada de Grecia para poder irse a Le Havre a ver a su madre. En la ruta, la policía empezó a perseguirlo; Portail disparó contra el policía motorizado y terminó en la cárcel, entregado por su propia novia.
A Truffaut le interesó la historia y quiso embarcar al productor Pierre Braunberger. Sin embargo, el proyecto se estancó porque ya había empezado a trabajar en “Los 400 golpes”. Truffaut le contó esta historia a Godard en la estación de subte Richelieu-Drouot (que aparece tal cual es en “Nouvelle Vague”, gracias a que la arquitectura del metro francés respeta su historia). En el guion que había empezado a bosquejar Truffaut, Portail —que en la película se llama Michel Poiccard— mata al policía motorizado.
Con esa base, Godard empezó a improvisar: cambió escenarios, desplazó situaciones, redefinió personajes, y se valió de todo ello para rendir homenaje al cine que siempre lo apasionó: la clase B estadounidense. No sólo en la caracterización de Patricia sino, sobre todo, en la de Poiccard, ese maleante que intenta parecerse a Bogart. Hay una escena que alterna primeros planos de Belmondo y de Bogie cuando Poiccard, mientras escapa de los torpes policías que lo persiguen en París, se mete en un cine a ver “The Harder They Fall” (“Más dura será la caída”).
Los “homenajes” no terminan allí. “Sin aliento” tuvo la asombrosa audacia de carecer de créditos —lo cual ha de haber herido el ego de actores y técnicos—. Lo único que figura en títulos de apertura, además del nombre de la película, es una dedicatoria a la Monogram Pictures, una productora estadounidense de películas baratas, especialmente policiales, siendo la más conocida “Detour” (“El desvío”), de Edgar G. Ulmer. En el final, sólo la palabra “Fin”.
“’Sin aliento’ es una historia, no un tema —dijo Godard en un reportaje de la época—. Un tema es algo simple y vasto que puede resumirse en veinte segundos: la venganza, el placer. Una historia necesita veinte minutos para resumirse. Mis primeros cortometrajes estaban preparados con mucho cuidado y se rodaban muy rápidamente. ‘Sin aliento’ empezó de ese modo. Había escrito la primera escena (Jean Seberg en los Champs-Élysées) y, para el resto, tenía un montón de notas para cada escena. Me dije: esto es terrible. Paré todo.”
“Entonces pensé —continuó—: en un solo día, si uno sabe cómo hacerlo, debería poder completar una docena de tomas. Pero en lugar de planificar con anticipación, voy a inventar en el último momento. Esto no es improvisación, sino una focalización de último momento.” Y así fue, y así fue también la desesperación de Beauregard, tan bien reflejada en “Nouvelle Vague”, mientras todo el equipo está parado y Godard toma apuntes en una libretita, sentado a la mesa de un bar.
“Después de 'Sin aliento', todo parecía posible en el cine —escribió Richard Brody en su biografía de Godard—. La película avanza a la velocidad del pensamiento. A diferencia de todo lo que la había precedido, se asemeja a una grabación en directo y en tiempo real de una persona que está pensando. Fue también un gran éxito, que representa un momento decisivo. Más que cualquier otro acontecimiento de su época, Sin aliento dará ganas a otros cineastas de adoptar nuevos métodos de rodaje y despertará en algunos jóvenes el deseo de hacer cine. Gracias a ella, el cine se convirtió de la noche a la mañana en la forma artística dominante para una nueva generación.”
La emulación de Godard por parte de los jóvenes continúa hasta nuestros días —para bien y para mal—. Ahora bien, el “éxito” del film, en el momento de su estreno, fue bastante relativo, y si la película sigue siendo hoy lo que es, y sigue figurando entre las mejores de la historia del cine, se debe a sus factores artísticos y no a la boletería.
Renoir
Jean Seberg junto al "Portrait d'Irène Cahen d’Anvers" ("La Petite fille au ruban bleu"), de Auguste Renoir, en "Sin aliento", de Jean-Luc Godard
La crítica
“Sin aliento”, como era costumbre en aquellos tiempos, llegó tarde al Río de la Plata. En Buenos Aires y Montevideo se estrenó en mayo de 1961. El famoso crítico Homero Alsina Thevenet, uno de los “descubridores” de Bergman en los años 50, escribió en El País (4/5/61) una reseña no exactamente entusiasta: “Como anécdota todo es tan claro y lineal que no tropezará con la incomprensión ajena. (…) Su agilidad le da un aire espontáneo y atractivo, de cosa pintoresca ocurrida en la calle, observada por un transeúnte móvil.”
“Una parte de esos nuevos rasgos comportan una deliberada ruptura de Godard con la ortodoxia de la expresión cinematográfica —prosigue HAT—. En el cine habitual, los cortes de montaje suelen llevar de un personaje a otro; en Sin aliento pueden llevar a tres planos distintos de la nuca de Jean Seberg. Su método es la libertad, y no sólo la libertad de las reglas sino la liberación de la técnica. Pero la libertad y la improvisación también suponen una alta dosis de capricho, y lo que cabe discutir a Godard no es que haga lo que se le antoje, sino que su método sea una adecuada expresión de su tema o, con más ambición, un impulso renovador para el cine.”
Y finalmente: “Que el film sea una apretada metáfora de las urgencias y de las incertidumbres del amor, o una apretada metáfora de esta época, son sentidos que el director y algunos de sus admiradores han encontrado, pero que difícilmente serán apreciados, ni entendidos, ni mucho menos sentidos, por un espectador normalmente lúcido y curioso” (Homero Alsina Thevenet, Obras incompletas, tomo II, B).
En Francia, “Sin aliento” permaneció varias semanas en cartel y atrajo a un público bastante numeroso para un film no convencional: se registraron cifras cercanas a 260.000 entradas vendidas durante siete semanas en 1960. En los Estados Unidos, donde se exhibió únicamente en Nueva York y otras pocas ciudades importantes, algunos críticos no la entendieron o la rechazaron. Bosley Crowther, en The New York Times, la describió como una “sordidez sin tono moral” y criticó su edición como una “cacofonía pictórica”.
En cambio, la influyente Pauline Kael, en The New Yorker, escribió que se trataba de “una película ingeniosa, romántica y moderna, que toma elementos del cine de gangsters norteamericano y los transforma en algo nuevo, con personajes terriblemente atractivos a pesar de su comportamiento casual y desordenado”. La valoró como “un producto cinematográfico fresco y lírico, que combina elementos aparentemente inarmónicos (como ironía, slapstick y derrota) para llevar al público a percibir el cine de un modo distinto”, aunque señaló que era “a la vez ligera y un poco caprichosa”.
Los años pasaron y “Sin aliento” se erigió en película-faro de una generación irrepetible. Hoy, Linklater, entre sus muchas declaraciones sobre “Nouvelle Vague”, dijo: “No fue sólo un estilo visual, sino una revolución creativa: fue el momento en que un grupo de críticos de cine se convirtieron en cineastas, rompiendo las reglas y celebrando la intuición por encima de los métodos tradicionales. Esta idea de que la película puede ser una extensión de la vida del realizador —más libre, más personal— me influyó profundamente desde joven.”
Para él, obras como “Sin aliento” fueron decisivas: cuando las vio por primera vez, alrededor de los 20 años, pensó: “¿Entonces se puede hacer esto?”. Y eso lo impulsó a hacer cine. Linklater cree que el espíritu de la nouvelle vague sigue vivo en el cine independiente: la idea de que para hacer cine no hace falta una gran maquinaria, sino pasión, comunidad y audacia.
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