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16 de mayo 2006 - 00:00

Spinosa: el mundo de hoy con mirada audaz

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«¿Algún veneno oculto en la sangre?», el óleo que da título a la inminente muestra de Santiago Spinosa, creador de un universo propio, que no es otro que el mundo del hombre actual.
"Entiendo por nobleza el deseo por el cual cada uno se esfuerza, según el dictado de la sola razón, en ayudar y unirse en amistad a todos los demás hombres», escribió Baruch Spinoza (1632-1677), el filósofo que debió alejarse de su Amsterdam natal excluido de la comunidad judía por su rechazo a la teología ortodoxa. No sólo la coincidencia del nombre familiar, sino la preocupación ética unen a este gran filósofo del siglo XVII con el pintor de la mediana generación Santiago Spinosa (1961). «¿ Algún veneno oculto en la sangre?», es la pregunta-título de su muestra que inaugurará en la Galería Sylvia Vesco (San Martín 522), el próximo 29 de mayo.

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Spinosa tuvo su primer espaldarazo hace quince años, cuando en 1991 fue reconocido con varias distinciones: Primer Premio Blades, Premio Especial del Jurado en el certamen Cintoplom, y Medalla de Oro de la Asociación Argentina de Críticos de Arte en la tercer edición del Premio Gunther. Es un artista audaz, creador de un universo propio y alucinante, que no es otro que el mundo del hombre actual. Materializa sus mitos y objetos, sus hábitos y su entorno -natural y cultural-, desde una perspectiva donde lo racional y lo establecido es enjuiciado por su sentimiento crítico.

Su pintura se adhiere a la Cultura de lo Surreal, una categoría que hemos adoptado para reivindicar la poética del mestizaje, una relación entre europeos y precolombinos. Esta cosmovisión aparece en Buenos Aires a partir de las primeras dos décadas del 900, gracias a Xul Solar, en una constelación de lo alucinatorio, lo onírico y lo fantasmagórico, que rechazaba los modelos académicos y los dogmas pre-establecidos. Una perspectiva que ahondaba las relaciones entre lo real y lo imaginario, y que tendía a convertirse en una nueva realidad, superando las falsas barreras que separan al sueño de la vigilia.

Las telas de Spinosa van suprimiendo los obstáculos a la libre movilidad de las imágenes y a las normas. Todo es imagen, todo genera formas, tal como lo anticiparon nuestros maestros precolombinos. La alucinación, el delirio, la creatividad, son facultades mentales y, en ese sentido, generan los cimientos de un arte sensible, que el hombre no puede olvidar sino recrear, recurriendo a la invención, al humor, al juego.

André Breton definió a la imagen del arte surrealista como aquella que contiene «el más alto grado de arbitrariedad, la que más tiempo exige para ser vertida al lenguaje cotidiano». Una interpretación de las obras de Spinosa serviría para probar la tesis de Breton que, por supuesto, cambió su comprensión del surrealismo francés cuando viajó a México. En «Dios no ha muerto, se escondió en el corazón de los jóvenes», obra distinguida con el Premio Blades presentaba una pirámide sobre la que ubicaba una gallina y hacia los costados torres o chimeneas que se enfrentaban con siete caras humanas con los ojos cerrados.

El tema de las gallinas lo ha ido reiterando en obras posteriores, junto a figuras aparentemente sin conexión cuya coexistencia lleva al espectador a la tentación de decodificar los mensajes más dispares enunciados por Spinosa. Si los dejamos de lado y olvidamos lo racional, acaso percibamos que las imágenes de sus gallinas -tan escolarmente incorporadas en nosotros, como representación materna y artículo de consumo-, la imagen de la balanza, de los cráteres, las torres o chimeneas, las caras y las manos, forman una imagen sintetizadora y total, lúdica y crítica. Una imagen denunciadora de la vida, que también se termina -inequitativa y devoradora- bajo el imperio de una sinrazón que nos impide vernos - por eso los ojos cerrados- y que nos lleva a solidarizarnos -por eso las manos sueltas- con una armonía fraterna. Es que la vida y la muerte son coordenadas de la obra de Spinosa. O, mejor, la vidamuerte, porque sus personajes nunca terminan de decirnos su realidad, como esa pareja que dormita -o yace extinta- a la entrada de un bosque soñado por los protagonistas: figuras imaginarias o meros cadáveres, a la espera de sepultura o de resurrección para otras vidas.

Esa es la representación en la que Spinosa ha pintado a una mujer que asoma la cabeza desde un foso -o una tumba-, en medio de un jardín distinto.Con árboles altos y separados que parecen pertenecer a una utilería teatral y que surgen en un suelo extraño, donde nada ni nadie puede echar raíces, multiplicarse o existir.

Una propuesta similar caracteriza a otras dos de sus alegorías: en una de ellas, una sirena reclinada en el piso de una vivienda común, delante de un tanque de agua y al lado de una jaula donde aparece un pájaro desconocido. En la otra tela, una sirena descansa junto a un árbol en cuyo tronco y copa se enreda la serpiente bíblica, hasta casi tocar con su cabeza la de una mujer, nuevamente con los ojos cerrados, que sobresale entre las flores de un jardín. La primera alusión que el espectador hará suya es a los cantos de una sirena, sinónimo de engaños y de tentaciones -como las de la serpiente en el Edén-.

Se ha dicho y repetido, por parte de los teóricos y buenos artistas, que no hay obra de arte sin espectador, y es cierto. Marcel Duchamp llegó más lejos al sostener que «los contempladores son quienes pintan los cuadros». Con las pinturas de Spinosa esta relación se vuelve intensa y se confirma. Frente a sus obras de trazo simple y sugestivo, sin alardes ni estridencias, pero dotadas de una seductora atracción, el espectador es solicitado, como el autor, para el ejercicio de lo asombroso, de lo enigmático, de lo fantástico. Pero no, o no sólo, para percibir sus enunciados poéticos sino para despertar en él las facultades del desafío de quien piensa y tiene una perspectiva contestataria. Esta es la originalidad de Spinosa, pintor de su tiempo y el nuestro. El Spinoza del siglo XVII reflexionaba sobre el progreso moral y el esfuerzo de los hombres por adquirir una naturaleza mejor. Pero en las sentencias finales de su Ética señalaba: «El camino que he mostrado tiene que ser muy difícil cuando es tan rara vez encontrado.

Porque, ¿cómo podría ser prácticamente descuidada por todos, si la salvación estuviese al alcance de la mano y pudiera encontrarse sin dificultad?». Hoy Santiago Spinosa se interroga por el veneno oculto en la sangre, (título de una obra y de la muestra) aludiendo a su misma preocupación por la complicada naturaleza humana.

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