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9 de noviembre 2006 - 00:00

Tenso interrogatorio a una heroína alemana

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Julia Jentsch como Sophie Scholl en el film de Marc Rothemund, una obra de cámara sostenida en un largo y dramático careo.
«Sophie Scholl-Los últimos días» («Sophie Scholl-Die letzten Tage», Alemania, 2005; habl. en alemán). Dir.: M. Rothemund; Int.: J. Jentsch, F. Hinrichs, G. A. Held, A. Hennicke y otros.

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La más reciente mención en el cine de Sophie Scholl se oyó en labios de la secretaria de Hitler. Mientras la anciana, en ese documental, se debatía en el vano ejercicio de la exculpación moral, la evocación de una posterior visita a la tumba de Sophie («teníamos la misma edad, la misma formación, pero nuestros destinos fueron tan distintos») terminaba por disparar su autocondena. El recuerdo de la joven estudiante ejecutada sumariamente por los nazis, hoy emblemática heroína de la resistencia, le indicaba que la inocencia no estaba de su lado.

Sophie Scholl, su hermano Hans y un amigo de ellos, Christoph Probst, murieron guillotinados por la inocencia de querer replicar, desde su conciencia católica y sin ninguna red política detrás, al monumental peso del régimen. Eran estudiantes de filosofía y biología en la Universidad de Munich, donde integraron un pequeño e insignificante grupo de oposición llamado La Rosa Blanca.

Su tarea era mimeografiar panfletos en los que hacían, en 1943, un «llamado a la razón» (esa razón kantiana que estudiaban en las aulas y que bastante poco se reflejaba en las calles). Cuando los atraparon, aunque no con las «manos en la masa», Alemania acababa de sufrir la derrota de Stalingrado. En los panfletos, ellos reclamaban paz y raciocinio.  

La película de Marc Rothemund, de rigor casi documental, pone en escena en su mayor parte el largo interrogatorio al que Sophie (excelente trabajo de Julia Jentsch) es sometida por Robert Mohr (Alexander Held), una especie de policía provincial promovido a investigador de la Gestapo. Los testimonios que se oyen son auténticos, descubiertos tras la reunificación alemana, y sólo han sido adaptados según las exigencias del guión.

En esa extenuante tenida entre la muchacha que se aferra a negar los cargos y el hombre que intenta sonsacarle la verdad, el film encuentra su mayor riqueza y dramatismo. Se puede intuir que en ese vulgar investigador, que no deja de ser un padre de familia puesto por las circunstancias en ese cargo, no existe primordialmente la intención de mandar a la muerte a la muchacha. Su perfil es mucho más complejo que el del juez Freisler (André Hennicke), quien representa después la cara más grotesca y chillona del nazismo.

Por el contrario, la temperatura del interrogatorio va recorriendo distintos estadios, que parten de la casi inconfesable esperanza paternalista, por parte del nazi, de que Sophie no haya sido quien arrojó los panfletos (inclusive, en algún momento le ofrecerá arrepentirse para atenuar la pena), hasta que la aparición de una prueba inesperada pone las cartas sobre la mesa. Ya no hay nada que ocultar.

La película es dura, inteligente y contenidamente emotiva, lo que se pone especialmente de manifiesto en la despedida final de Sophie con sus padres. Una obra de cámara, con su mayor relieve en las palabras y los gestos, precedida por unos pocos exteriores en las escenas de la Universidad y el arresto, y que cierra con expeditiva sequedad y congoja.

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