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24 de mayo 2006 - 00:00

Thriller que desnuda los miedos de los escritores

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Carmen Posadas «Juego de niños» (Bs.As., Planeta, 2006, 394 págs.)

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En la más autorreferencial de sus novelas, Carmen Posadas se vale de un motivo particularmente siniestro -el asesinato cometido por niños- para ahondar en los miedos y obsesiones que acarrea el oficio de escritor.

Luisa -alter ego de esta afamada escritora española, nacida en Uruguay y ganadora del premio Planeta 1998 por su novela «Pequeñas infamias»- comparte con la autora no sólo su edad, éxito editorial y elevado standard de vida, sino algo más esencial: su condición de expatriada («No eres de aquí, eres una extranjera, jamás volverás a tu país, se te acabó la infancia», repite Luisa con distintas variantes).

Y es precisamente esta imborrable sensación de pérdida la que le aporta cierta ternura un personaje más bien frío y calculador que a pesar de sus buenas intenciones mantiene una relación bastante confusa con su hija Elba, a la que le hizo creer durante años que era adoptada.

Luisa ha hecho fortuna con sus novelas de crímenes y vive pendiente de todos aquellos datos que la realidad pueda aportarle a sus ficciones. El argumento de su próximo libro tiene que ver con el asesinato de un niño y mientras lo escribe se va dando cuenta de que la trama tiene mucho que ver con un episodio de su infancia que, además, amenaza con repetirse en la vida de su propia hija. Aún así, no duda en tomar varios rasgos de ella para armar uno de sus personajes.

«Juego de niños» se inicia con el relato de misterio que está escribiendo Luisa (editado en otra tipografía para no confundir al lector)

y éste se va intercalando con otro registro de escritura, ya a cargo de un narrador omnisciente, donde se describe la vida amorosa, profesional y familiar de Luisa y los diversos «accidentes» que la llevan a sospechar de varias personas de su entorno. La historia es amena, pero abunda en explicaciones innecesarias y en largas disquisiciones relacionadas con diferentes tópicos de actualidad (la maternidad tardía, el amor a los 50, el lolitismo de las preadolescentes y su adicción al chat y a los celulares, etcétera) que atentan contra la intriga y el suspenso de este thriller psicológico. A ellos se suman otros temas más literarios, pero tratados con ironía y gran sentido del humor, como los referidos a métodos de escritura y las distintas concepciones de la realidad que postularon autores como Borges, Shakespeare y, por qué no, el inefable Julio Iglesias. El cruce entre realidad y ficción que propone la autora alcanza una adecuada articulación en el capítulo final «Continuidad de los parques», en el que Luisa (al igual que en el cuento de Cortázar) escribe lo que está a punto de sucederle en ese instante amenazador.

La presencia del mal y su expresión en los niños es un tema que no logra echar raíces dentro de la novela, sólo adquiere cierta consistencia en pasajes aislados y en el terrible final. En cambio, resulta mucho más interesante la metáfora del expatriado como condición de todo escritor o el miedo común a todo novelista de ser castigado por introducir en sus ficciones datos y personajes de su vida privada, algo que la autora ha logrado transmitir de manera contundente.

Patricia Espinosa

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