Yo me había preparado de manera insuficiente: pocos días antes me compré “Ficciones”, el primer libro suyo que leí y al que, naturalmente, no llegué a descifrar entonces. Fuimos, pese a las vacaciones, con nuestros impecables uniformes escolares, obligatorios entonces. Una secretaria nos hizo pasar sin ninguna espera. Borges estaba sentado al escritorio de su largo y majestuoso despacho de la Biblioteca. Vestía un traje gris y estaba de excelente humor. Mientras preparábamos los grabadores —¡no llevamos cámara fotográfica!, algo impensable en estos tiempos de selfies—, empezó a bromear con su voz vacilante:
—Ayer una amiga me propuso que nos suicidáramos juntos —nos dijo, sonriendo—. Yo le respondí que sí, que podíamos tomar veronal o algún otro veneno. “¡No!”, reaccionó espantada. “Si la vida es una cosa preciosa”.
De tanto escuchar aquella casete BASF, la cinta se desmagnetizó con los años, aunque podría reconstruir la conversación íntegra. En ningún momento nos habló como a estudiantes secundarios (la condescendía no formaba parte de su personalidad), sino como lo habría hecho con cualquier interlocutor adulto: con sus habituales tartamudeos, citas, ironías, algunas de ellas malévolas sobre otros autores (que sólo más tarde comprendí del todo).
Fue así como, a los 14 años, escuché mencionar a William James, Schopenhauer y De Quincey. También nos habló de Kipling, Stevenson y Mark Twain, a quienes ya conocía por la colección de libros infantiles Robin Hood, y me extrañó que los mencionara.
—Un joven, antes de publicar —nos dijo, casi a manera de consejo— debería leer mucho, y sobre todo destruir lo que ha escrito anteriormente. Yo, por ejemplo, destruí varios libros antes de atreverme a publicar el primero, “Fervor de Buenos Aires”, del año 23. Mis amigos me dirán que hubiera debido destruir los sucesivos también, pero llega un momento en que uno se deja llevar por la tentación de ver lo que ha escrito en letras de molde. Aunque, en verdad, publicamos por otra razón: publicamos, como dijo Alfonso Reyes, para no pasarnos la vida corrigiendo lo que hemos escrito. Es decir, publicamos un libro para olvidarnos de él y pensar en otra cosa.
En un momento le mencionamos a Julio Cortázar. Entonces escuché por primera vez la anécdota —que más tarde Borges repetiría decenas de veces— de que él había sido el primer editor de Cortázar, cuando le publicó el relato “Casa tomada” en la revista “Los Anales de Buenos Aires”, con ilustraciones de su hermana Norah.
—Una revista que nunca tuvo muchos lectores —nos dijo—, lo que nos hacía pensar en una selecta minoría. Claro que, si esas minorías se reducen a cero, mejor es evitarlas.
Y agregó:
—Una vez me encontré con él en París, y me agradeció la emoción que había sentido, como joven escritor, al ver su manuscrito en letras de molde. Luego hubo cosas que nos alejaron. Creo que él es comunista, sé que soy conservador, pero esas no son más que opiniones, y las opiniones no van al fondo de las personas. Pero él tiene una novela que se titula “Rayuela”, o algo así, que yo traté en vano de leer. Soy indigno de ese libro.
Más adelante, hablando de autores exitosos o no, Borges se refirió al guatemalteco ganador del Nobel, Miguel Ángel Asturias.
—Hace años estuve en un congreso donde había un escritor que se llamaba Miguel… —fingió hacer un esfuerzo de memoria—. Miguel… sí, Miguel Ángel Asturias, que empezó diciendo: “Yo he vendido tantos y cuantos ejemplares, mis libros se han traducido a tantos y cuantos idiomas…”. Y bien, creo que no hay nada tan alejado del interés de un escritor como eso. Ese es un asunto de editores y libreros.
Tuvimos el buen gusto de no preguntarle por el Nobel. Después fue el turno de Eugène Ionesco.
—Una vez me llevaron a ver una obra de un autor que se llamaba, creo, Ionesco. No recuerdo el título. En esa obra aparecía un montón de personajes en el escenario que decían: “Me muero, me muero”, y se morían. ¿Y qué me puede interesar a mí eso? A mí me interesa la muerte de Hamlet porque, a lo largo de cinco actos, he sabido quién es Hamlet. De algún modo, he sido Hamlet también yo; por eso me conmueve su muerte.
Por aquel entonces yo ya empezaba a interesarme en la filosofía y fue así que, con absoluta imprudencia, y cuando se produjo un silencio incómodo en el diálogo, le pregunté de golpe a Borges por su valoración de Kant, esperando que abundara en elogios ante el pequeño micrófono de mi Sony. Me respondió, luego de una larga vacilación:
—Ustedes han de pensar que soy un hereje… Yo traté de entusiasmarme con la “Crítica de la razón pura”, pero después me di cuenta, como cualquier lector se da cuenta, de que es un libro abominablemente escrito. Y si está abominablemente escrito es porque… bueno… —un leve tartamudeo— está abominablemente pensado también. Hay algo que yo no puedo compartir con Kant, y es esa tendencia a dividir el mundo en categorías que a su vez se subdividen en otras categorías. No existe nada tan alejado de la realidad como eso. Hay un autor, Fritz Mauthner, que habló de la brillante sequedad de Kant. Pero yo noto menos el brillo que la sequedad.
Al terminar, mientras mis compañeros guardaban sus cosas, acompañé del brazo a Borges hasta la puerta de entrada del despacho. Mientras caminábamos lentamente —era un trayecto largo — me llamó la atención que mirara la hora en su reloj pulsera, casi apretándolo contra los ojos: algo veía. Escuché también por primera vez, de sus labios, el nombre de Paul Groussac y la historia de la maldición de los directores ciegos de la Biblioteca.
Afiche
Afiche de "La intrusa" (1979), de Carlos Hugo Christensen. El film que tanto enfureció a Borges
La intrusa y la furia
El amor de dos hombres por una misma mujer, la Juliana, la intrusa, es la historia de los orilleros de Turdera que dio origen al relato que abre “El informe de Brodie” y que, con dirección de Carlos Hugo Christensen, se convirtió en 1979 en un largometraje rodado en Brasil, “A Intrusa”, con música compuesta por Astor Piazzolla.
La película era una de las tantas prohibidas por el Ente de Calificación de la dictadura, comandado por Miguel Paulino Tato. Yo me iniciaba en el periodismo y tuve el privilegio de ser invitado a una función privada, clandestina, en un microcine. El film no se iba a estrenar, por supuesto, lo que volvía el privilegio doble. Lo que ignoraba, antes de llegar —el tercer privilegio, casi como “la noche de los dones”—, era que Borges estaría presente, acompañado por María Kodama. Había otros invitados notables: además del propio Christensen, estaban José “Pepe” Bianco y Ulises Petit de Murat.
En esa función ocurrió algo inolvidable. Borges se sentó en la primera fila, junto a Kodama, quien le iba narrando lo que aparecía en la pantalla —no todo, como se verá más adelante—. Ese microcine carecía de desnivel, de modo que quienes ocupaban la primera fila, en las funciones habituales, debían reclinarse un poco para no tapar a los de atrás. Pero ¿quién iba a decirle algo a Borges?
Fue así que, durante toda la proyección, la sombra de la parte superior de su cabeza se reflejó en la parte inferior de la pantalla. Sublime fue el momento en que uno de los personajes interpretó con la guitarra, en portugués, la “Milonga de Juan Ibarra”. Borges la reconoció y acompañó el ritmo ladeando la cabeza, movimiento que veíamos todos en la pantalla.
Esa noche su entusiasmo era inmenso. Rodeado de amigos, no dejó de hacer comentarios en voz alta a medida que transcurría el film. Cuando Juan de los Pájaros le dice a Eduardo Nilsen: “Un hombre no debe pensar más de cinco minutos en una mujer; si así lo hace, no es un verdadero hombre”, Borges, como si estuviera en el living de su casa, comentó en voz alta:
—Es cierto; eso me lo dijo Nicanor Paredes.
Terminada la proyección, me acerqué a él y le pregunté si seguía considerando a “La intrusa” su mejor cuento. Eso me había dicho en aquel primer reportaje en la Biblioteca.
—No, ahora creo que no —me respondió—. Me parece un cuento terrible. Yo le diría que hoy prefiero “Ulrica”, que, si bien puede ser menos ingenioso, me resulta más querido.
Cuando le pregunté cómo sentía ese traslado de Turdera al sur de Brasil, dijo que le venía bien al cuento, que incluso lo favorecía.
—Turdera es un ámbito muy limitado en la provincia de Buenos Aires, y aunque la historia provenga de allí, la vastedad de los páramos brasileños es más propicia para un hecho tan trágico como el de los hermanos Nilsen.
La felicidad de Borges duró menos de 24 horas. Al día siguiente, cuando Kodama le reveló al fin lo que no hizo durante la proyección —que su historia de orilleros no sólo había cambiado de escenario, sino que se había convertido en una versión de homoerotismo incestuoso entre los hermanos, con escenas explícitas, y que la intrusa sólo venía a desatar ese vínculo—, la furia de Georgie fue incontenible.
“Paradójicamente me siento muy agradecido a la censura porque la película contiene sugerencias homosexuales, desnudos y sexualidad que son ajenos y deformantes. No es una versión libre sino una versión distorsionada”, dijo a varios medios de prensa.
conferencia
Borges dictó conferencias durante gran parte de su vida, pero jamás pudo vencer el temor a hablar en público.
Pánico escénico
El tercer momento fue la antesala de una de las conferencias que dictó, poco después del episodio anterior, en el Hotel Bauen. Con otros dos periodistas, habíamos sido invitados por la gerencia del hotel para acompañar a Borges antes de su disertación. Estábamos en un saloncito del Bauen y lo más notable era su nerviosismo. Increíblemente, pese a su celebridad y a la adoración de su auditorio, seguía padeciendo el mismo pánico escénico que lo había perseguido desde la juventud. Nunca logró superarlo.
Era prácticamente imposible conversar con Borges en ese momento. Se movía incómodo en un sillón, le consultaba la hora cada tres minutos a María Kodama y bebió dos whiskies para darse ánimo. Las pocas preguntas que le hicimos las respondía de manera mecánica y volvía a preguntarle la hora a Kodama. “Tranquilo, Georgie, yo te aviso. Todavía falta un poco”:
En sus escritos autobiográficos, Borges se refirió a la primera conferencia que dio en su vida, el 27 de septiembre de 1927, en el Instituto Popular de Conferencias de La Prensa, cuando ya tenía 28 años: “Preparé un discurso para la ocasión, pero, sabiendo que era demasiado tímido para leerlo yo mismo, le pedí a mi amigo Pedro Henríquez Ureña que lo leyera por mí”.
También habló del pánico previo a su primera serie de conferencias. Llamó a la primera el Doomsday, el Día del Juicio Final, y ensayó la segunda caminando con su madre por Adrogué. Leonor Acevedo contó en una ocasión que su hijo tenía que disertar sobre “El idioma de los argentinos”, pero no leyó él la conferencia, sino que le pidió a Manuel Rojas Silveyra que lo hiciera.
Estela Canto, su amor imposible, escribió en “Borges a contraluz”: “La primera conferencia le costó un tremendo esfuerzo. Pero su tartamudeo, su voz vacilante y su timidez terminaron gustando al público, que aceptó esos rasgos como parte de su personalidad”.
Este aspecto puede servir como colofón para un encuentro más. A comienzos de los años 80, el psicoanalista Germán García invitó a Borges a dar tres conferencias en la Escuela Freudiana de Buenos Aires sobre los temas “Los sueños y la poesía”, “Baruch Spinoza” y “El poeta y la escritura”. La sala se llenaba y se repitió exactamente la misma situación en cada caso, aunque con dos toques de esa ironía inagotable que, en Borges, a veces ni siquiera parecía voluntaria.
La primera vez, antes de enfrentar al público, preguntó a los psicoanalistas si tenían vino.
—Cómo no, maestro —le respondieron—. ¿Lo quiere tinto o blanco?
—Es lo mismo —dijo Borges—. Soy ciego.
Y mientras iba por la segunda copa, hizo otra pregunta, más inquietante:
—¿En la sala habrá sólo hombres, o mujeres y hombres?
Sus anfitriones quedaron atónitos. Una pregunta así, y en un lugar como ese.
—Mujeres y hombres, Borges —le dijeron, casi temerosamente—. ¿Por qué?
—Para saber si empiezo con “Señores” o con “Señoras y señores".