22 de agosto 2002 - 00:00

Tres viejos bandoleros juegan a Clint Eastwood

Tres viejos bandoleros juegan a Clint Eastwood
• «Corazón de fuego» (Uruguay-Argentina-España, 2002, habl. en esp.). Dir.: D. Arsuaga. Guión: D. Arsuaga, B. Docampo Feijóo, F.L. de Aranoa. Int.: F. Luppi, H. Alterio, P. Soriano, G. Pauls y otros.

Es sólidamente buena esta comedia de acción sobre tres viejos que se roban una locomotora. Alguien tramitaba su venta a Hollywood, y ellos la consideran patrimonio nacional. Ergo, se la roban y la echan a andar por los caminos. Uno es enfermo cardíaco, otro tiene una arteriosclerosis galopante, y el que parece más hábil vive de un heroísmo prestado. Por suerte, o para mayor problema, un niño los acompaña.

• Inspiración

La obra parece haber tomado cierto clima de «Jinetes del espacio» (esa de los viejos astronautas), algunos conceptos de «Los imperdonables» sobre la amistad y el reparto de la verdad (también el malo de la película tiene su buena parte de razón), unos gramos de «Queimada», y otras buenas historias. Pero a ninguna le debe nada. Y está bien hecha, bien contada e interpretada, proporciona un buen espectáculo, pensado para el público, es entretenida, gratificante, y hasta un poquito emotiva. Otro detalle: aunque suene raro, es uruguaya.

En verdad, los méritos se reparten: idea, dirección, paisaje y música orientales, guionistas de Uruguay, México y Argentina, actores rioplatenses de primera, fotografía y sonido españoles, también de primera; equipos argentinos, fondos de variado origen, distribución norteamericana.

El sentido del honor, el pudor, y el humor, el discreto medio tono, reservado, ajeno a los discursos (aunque, como al pasar, diga sus cosas) eso sí, son dones claramente uruguayos, que se agradecen. Como se agradece el potenciador encuentro de esos tres señores actores, Luppi, Alterio y Soriano, a quienes se suman, enfrentándolos, Gastón Pauls y Eduardo Migliónico, con el chico Balaram Dinard en el medio.

Algo más: con anterioridad, su autor, Diego Arsuaga, solo había hecho cine publicitario y ficciones que él mismo considera «menores» (como el policial «Otario»). Esta es, entonces, prácticamente su primera película. No cualquiera.

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