Sin embargo, no hay nada que llame a confusión en esta adaptación grisácea de la primera parte de la novela de No se trata de que sea forzoso sujetarse al tema del fin de la inocencia; el problema es que aquí tampoco hay sabiduría. La tragedia silenciosa entre Marion y Ted está estancada, y sus reacciones, en función de lo que cada uno sabe y quiere, están siempre al límite de la obviedad. No hay personajes que despierten empatía o conmuevan; todo es un transcurrir con un desenlace bastante previsible, agravado además por la explicación a la que se aludía al comienzo.
Algunos fogonazos despabilan por momentos: uno de ellos es la presencia de la luminosa
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