Aunque le falta un poco para guionista, con "Visitante de invierno" Sergio Esquenazi se revela como eficaz director de un pasatiempo entretenido para público juvenil.
«Visitante de invierno» (Argentina-España, 2007, habl. en español.). Guión y dir.: S. Esquenazi. Int.: S. Pedrero, S. Ballestero, C. Artusi, A. Cuerdo, P. Novoa y elenco.
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Vuelve el cine de terror casero, a veinte años de la última experiencia comercial más o menos redituable (¿no fue en 1988, con «Alguien te está mirando», de Cova y Maldonado?), y al pie de una curiosa proliferación de películas del género que hubo el año pasado en los reductos de auténticos independientes, algunos más bien amateurs, pero otros bastante dignos de ser llamados artistas.
Quizá Sergio Esquenazi, el responsable de la película que ahora vemos, no quiera que le digan autor, auteur, o artista. De hecho, le falta un poco para guionista. Pero ya puede considerarse eficaz director de algo que está técnicamente bien hecho, formalmente llevadero, conceptualmente entretenido, y financieramente soportable. Al respecto, por algo es una coproducción con España, que aportó a los compositores y a la reglamentaria chica amiga del chico, una madrileñita bastante suelta de cuerpo, lástima que no muestre toda su soltura frente a la pantalla, porque eso también hubiera ayudado a sostener las finanzas.
Vale decir, no hay desnudo frontal. Lo que sí, hay un cuerpito descuartizado, restos humanos diseminados, un joven que no puede correr y encima se le da por meterse a explorar en una casa extraña donde los niños entran y nunca más salen, un tipo todo blanco vestido de negro, con ojos claros y pasado oscurísimo, tres patoteros, una hermana irritable, una madre también irritable, y armada, que al hijo no le cree nada, unos policías también incrédulos, un psicólogo que cree que con la hipnosis el paciente encontrará el origen de sus males en una vida anterior, una historia atroz que algún hipnotizado revive y el protagonista vomita a los parientes en la mesa (con lo cual no sólo no le creen sino que también lo borran del mailing), unas pinturas ideales para la habitación de cualquier adolescente que después necesite pastillas, una enfermera que parece caníbal, y, por supuesto, un buen lote de clichés bien previsibles y bien aplicados, unos maquillajes no tan bien aplicados pero bastante asquerosos, un invierno demasiado clemente, y algunas calles y casas reconocibles de las afueras de Pinamar, donde se filmó todo esto. Hay algunos toquecitos nativos, interesantes. Por ejemplo, los policías son medio vagos, y hacen plata extra, los vagos se dicen «hablá, man», el psicólogo por ahí se enoja y grita «¡doctor las pelotas!», y la chica suelta de cuerpo termina lo más bien, sin sufrir siquiera la amenaza del castigo mortal por sus pecados carnales, como ocurre indefectiblemente en tanta película a la americana. Del resto, en fin, se pasa el rato.
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