Cambian las modas, los estilos y las formas de hacer y ver cine, pero el policial de “intriga” (o, como lo llaman en los países sajones, el “whodunit”, el “quién-lo-hizo”) resiste como el bronce. A diferencia de las múltiples variantes del género, como el “noir”, el de intriga se sostiene en dos ventajas imbatibles: recurre a la curiosidad del espectador por descubrir la identidad del asesino, y lo desafía, en simultáneo, a ser tanto o más sagaz que el detective. Pero atar cabos, sacar conclusiones y llegar al pálpito correcto, en ocasiones, pueden ser menos una fuente de regocijo que de frustración, ya que nada se desprecia tanto como un desenlace obvio. De allí las vueltas y engaños, a veces inverosímiles, a los que se ven obligados los autores para satisfacer el pacto.
Roland Barthes había considerado al hoy extinto “strip-tease” como una de las mitologías del siglo XX, porque sus espectadores desesperaban por ver, después de la caída de la última prenda, una anatomía harto conocida (variante más o menos). Con el policial de intriga ocurre algo similar: en muchos casos, al día siguiente ya ni se recuerda esa identidad que se ansió conocer durante una hora y media, y que poco importa más allá del procedimiento para develarla. Son los medios los que justifican el fin. O el film.
“Glass Onion: Un misterio de Knives Out”, que Netflix acaba de subir a su plataforma, se toma más tiempo: son dos horas y veinte, porque esa es otra de las variantes actuales. Pocas películas de alto presupuesto y con estrellas bajan de esa duración. Ese detalle es una de las tantas cosas que sorprenderían hoy a la reina del género, Agatha Christie: pero mucho más le asombraría el prólogo de la película, repleto de efectos digitales, pantallas divididas, zooms y los más sofisticados chiches tecnológicos cuyo único fin es introducir al espectador en una historia ya tratada por ella en su novela “Diez negritos” (que hoy no se debe llamar así sino “Y entonces no quedó nadie”, como se tituló también la película de René Clair de 1945, que se basaba en ella).
Pero atención: aquí hay una modificación importante. Ahora, los excéntricos invitados a una isla griega no irán muriendo uno tras otro, sino que el dueño del lugar, el millonario Miles Bron (Edward Norton) los ha convocado para un extraño “juego” inverso, en el cual el único muerto será él mismo. Es una trampa, claro, pero todavía no se le exige al espectador esa perspicacia de la que se hablaba antes. Ya habrá tiempo para ello.
La mansión futurista de la isla en cuestión se llama la Glass Onion, la Cebolla de Cristal (homenaje a la canción de 1968 de los Beatles), una residencia con esa forma, repleta de obras de arte de todos los tiempos (muchas al estilo Julio Le Parc) entre las que se cuenta... la Gioconda original. Sí, la Mona Lisa itself. Ocurre que la acción tiene lugar durante la pandemia de covid-19, y Bron es tan multimillonario que obtuvo el cuadro en préstamo del Louvre a cambio de ciertos favores que le otorgó al Estado francés. Segundo llamado a la atención: este no es el único despropósito del film. Hay otros, pero para seguir en el juego hace falta extremar la “suspensión de la incredulidad”.
El detective del caso es Benoit Blanc (Daniel Craig), tal como en el film inicial -y superior- de Rian Johnson “Entre navajas y secretos” (2019). Señalemos, de paso, una de las cosas más divertidas que tiene el guión: en un papel secundario aparece Hugh Grant como la pareja de Blanc. Esta es una audacia que Agatha Christie jamás habría admitido para esa relación tan estrecha, y ambigua, entre Hercule Poirot y su fiel capitán Hastings, y mucho menos Arthur Conan Doyle para definir la de Sherlock Holmes con el doctor Watson. Ahora ya no hay problema, al contrario. Contribuye a la diversidad del film. Blanc, entonces, será el encargado no sólo de quitar, capa a capa, los cristales de la cebolla para llegar al núcleo del asunto (el muerto, por supuesto, no es Bron), sino también de elucidar el vínculo auténtico entre los invitados a la isla (una gobernadora, un influencer, una ex modelo poderosa, un empresario a lo Elon Musk, etc.). El desenlace, previo a una escena apocalíptica, también es a la vieja usanza: el detective da un discurso explicativo, didáctico, ante los sospechosos, donde recién se revela si el pálpito del espectador era o no el correcto. Como se decía en la Biblia, vino nuevo en odres viejos, o el siglo XIX en formato digital.
Como Netflix no repara en gastos, en papeles menores, y algunos sin acreditar, aparecen figuras como Serena Williams, Ethan Hawke, Yo-Yo Ma (da el nombre de una obra de Bach que uno de los personajes no conoce) y los ya desaparecidos Stephen Sondheim y Angela Lansbury.
“Glass Onion: Un misterio de Knives Out” (“Glass Onion: A Knives Out Mystery”, EE.UU., 2022). Dir.. R. Johnson. Int.: D. Craig, E. Norton, J. Monáe. (Netflix).
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