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4 de abril 2008 - 00:00

Cabellos de moda: recogidos

Casi simultánea fue la aparición de Carla Bruni, en la Corte británica, con Cristina de Kirchner en el acto de Malvinas: ambas con el cabello recogido. Como la dama francesa se mostró primero, muchos imaginaron una copia desde el subdesarrollo. Pero, en rigor, la mandataria argentina ya había avanzado en ese peinado levantado, no suelto, en diciembre del año pasado. Casualmente o no, usó el mismo tocado para hablar ante los militares, ¿habrá alguna razón?

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Ayer, por segunda vez desde que asumió la Presidencia, Cristina repitió la vestimenta. El mismo conjunto del 18 de enero.
¿A quién copió Cristina de Kirchner con el peinado -en rigor, el copión sería su peluquero- el mediodía en que hizo el recordatorio por los caídos en Malvinas? Apareció con el cabello recogido, lo que no es habitual en ella, y lenguas maledicentes comentaron: plagió a Carla Bruni, la mujer de Nicolas Sarkozy, en su última visita a la reina de Inglaterra (fotografías a troche y moche en los hebdo de esta semana). Facilismo de la moda ese juicio. En rigor, la Presidente se copió a sí misma, ya que idéntico peinado lo utilizó en diciembre del año pasado (el 20, en la tradicional entrega del sable a los cadetes). Más que una copia de la primera dama francesa, una réplica de sí misma rescatada del arcón.

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La coincidencia, sin embargo, es otra: en las dos ocasiones que apareció con el mismo peinado lo hizo ante los oficiales de las Fuerzas Armadas, como si ante los militares ocultara su costado más frágil -como autodefinió a su apariencia en el discurso del martes pasado-y les reservara a ellos una imagen más ruda (el cabello suelto, casi no es necesario aclararlo, siempre es más femenino). O, simplemente, se ató al formalismo que demanda el universo castrense escasamente piloso (el que no seduce a la ministra de Defensa, Nilda Garré, como siempre se puede ver), casi de conscripto. Aunque ese tipo de peinado por lo general se recomienda para utilizarse en la noche, galas o cenas.

  • Comparación

  • Casual o no la repetición con los uniformados (la mandataria ya se había tocado en forma semejante, aunque con más mechas sobre el rostro cuando festejó su asunción en el Palacio San Martín), lo cierto es que Cristina tampoco pierde pisada de la indumentaria en el jet set europeo (adonde viaja mañana, inclusive con la versión -ya publicada por este diario-de que Christian Dior la ha tentado con vestirla gratis siempre que utilice sus modelos exclusivos), ya que se ha servido de ese «cri» de la moda en varias oportunidades (caso del tapado y el vestido blanco de encaje guipure semejante al de la princesa Letizia utilizado el día de la jura). La comparación de testas poderosas, con la Bruni, en verdad empieza este fin de semana en París.

    Lo más singular de la aparición de Cristina, en una semana cargada de discursos y nerviosismo, ha sido el tratamiento capilar elegido para Malvinas, mantenido con raya al costado gracias al efecto brushing, con las puntas moldeadas hacia adentro, una consecuencia opuesta al liso e insulso estilo «Morticia Addams» que ha provocado la planchita en tantas cabezas femeninas. Pero hay quienes saben de estas cuestiones mucho más, sobre todo de la cabeza (finalmente, una no es una enciclopedista de la moda). Por lo tanto, interesan las opiniones de Leo Paparella, siempre prudente con sus intereses de estilista, y de Branka Coiffeuse, quizás la más reconocida en Barrio Norte -ese distrito blanco y odiado por algunos oficialistas-, quizás la mayor experta en «recogidos» (los cabellos) en las damas que ya superaron los 40.

    Branka es algo implacable: «Creo que Cristina debería cortarse el pelo, con una melena más al hombro, la haría más distinguida. Me parece que los pelos colgados, atrás, no la favorecen». Como técnica, explica: «Tiene poco cabello, finito además, de ahí que use extensiones (las que se cortó las puntas entre el último lunes y martes, en plena crisis). Yo le pondría extensiones más cortas, para darle volumen, reservaría las largas para las mujeres del ambiente artístico. No corresponde para una jefe de Estado». Y sostiene, como si fuera psicóloga: «Los cambios en el cabello demuestran inseguridad en la mujer, más cuando se busca copiar o imitar». Con franqueza crítica añade: «A ella le cuesta, como a todas, aceptar el paso del tiempo. Fijate que en el acto de Plaza de Mayo volvió al peinado de la juventud, como una regresión, con flequillo-jopo, bastante ralo, y los mechones descendiendo sobre la cara. Eso ya no le va. Le corresponde despejar el rostro, es bastante bonita, y levantar el peinado: esto enaltece los rasgos mucho más que el botox o la cirugía».

    Nadie diría que, con esas palabras, la persigue a Cristina como cliente. Más cuando cierra su discurso: «Ella libra una lucha interior, trata de mejorar su look, pero siempre vuelve a lo habitual, en lo que se siente cómoda. Porque hay aspectos que son más fuertes que ella misma, como la pintura en los ojos. El día del acto en la Plaza exageró con el rimmel y el delineador, tenía unos ojos sombríos. Debe cuidar ese aspecto, sobre todo desde que se tiñó las cejas de pelirrojo claro (lo que está bien), ya que sin pretenderlo quizás resalta una mirada dura y severa». Y eso, tal vez, no va con el género. O el sexo, lo que sería más apropiado como lenguaje.

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