México celebra el Día de los Muertos.
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El Día de Muertos es una de las tradiciones más representativas y populares de México. Se caracteriza por combinar el homenaje a los seres queridos que ya no están con expresiones de alegría, música y gastronomía.
Durante estas jornadas, las familias preparan altares conocidos como ofrendas, en los que colocan fotografías de sus familiares fallecidos, alimentos, bebidas y objetos que fueron importantes durante sus vidas.
Uno de los elementos centrales de la celebración son las flores de cempasúchil, reconocidas por su intenso color amarillo anaranjado. Según la tradición, su color y aroma ayudan a orientar a las almas en el camino de regreso hacia sus hogares.
También aparecen las calaveras de azúcar y el tradicional pan de muerto, una preparación cuya decoración suele representar huesos. La creencia popular sostiene que, durante estas fechas, los espíritus regresan temporalmente al mundo de los vivos para visitar a sus familiares.
Por ese motivo, numerosas personas se trasladan a los cementerios, decoran las tumbas y comparten comidas, bebidas y canciones en memoria de quienes ya no están. Aunque algunas de sus imágenes pueden recordar a Halloween, ambas celebraciones tienen orígenes y significados diferentes.
El Día de Muertos posee raíces en las antiguas tradiciones de civilizaciones mesoamericanas, entre ellas las culturas maya y azteca, que concebían la muerte como parte de un proceso de continuidad de la existencia.
Con la llegada de los españoles, esas prácticas se combinaron con las conmemoraciones católicas de Todos los Santos y los Fieles Difuntos. En 2008, la UNESCO incorporó esta celebración a la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.
Tíbet: los entierros celestiales y la entrega del cuerpo a los buitres
En las regiones de la meseta tibetana existe una tradición funeraria muy diferente de los entierros y cremaciones habituales en gran parte del mundo. Se trata del entierro celestial, una ceremonia vinculada con el budismo tibetano en la que el cuerpo del fallecido es ofrecido a aves carroñeras, principalmente buitres.
Esta práctica se relaciona con la concepción budista de la impermanencia con la idea de que, después de la muerte, el cuerpo deja de ser necesario para la conciencia del difunto.
Durante los días posteriores al fallecimiento, los familiares pueden realizar ofrendas simbólicas de alimentos, mientras un monje recita enseñanzas religiosas destinadas a acompañar el tránsito espiritual.
Entre los textos utilizados en algunas tradiciones se encuentra el Libro tibetano de los muertos, asociado con las etapas que atraviesa la conciencia entre la muerte y el renacimiento.
El día de la ceremonia, un lama realiza las últimas plegarias antes de que el cuerpo sea trasladado al lugar destinado al ritual. Allí intervienen los ragyapas, especialistas encargados de preparar los restos para que puedan ser consumidos por las aves.
Dentro de esta tradición, el acto se interpreta como una última expresión de generosidad: el cuerpo, que ya no alberga la vida de la persona, sirve de alimento para otros seres. El ritual también se vincula con la noción del bardo, el estado intermedio entre la muerte y un nuevo nacimiento dentro de determinadas enseñanzas budistas.
De esta manera, una ceremonia que puede resultar impactante para quienes desconocen sus fundamentos adquiere un significado espiritual relacionado con el desprendimiento y la continuidad de la existencia.
Las cremaciones en el río Ganges y la búsqueda de la liberación espiritual en India
En el hinduismo, la muerte está estrechamente relacionada con la creencia en la reencarnación, según la cual los seres atraviesan sucesivos ciclos de nacimiento, muerte y renacimiento.
En India arrojan los cuerpos en el río Ganges.
Foto: Reuters
Por este motivo, la cremación ocupa un lugar fundamental en numerosas tradiciones funerarias de la India, ya que simboliza la separación del cuerpo físico y el proceso de transición espiritual.
Uno de los escenarios más importantes para estas ceremonias es el río Ganges, considerado sagrado por millones de creyentes. Según la tradición hindú, sus aguas poseen un profundo significado purificador y están vinculadas con diversas divinidades, entre ellas Shiva.
En ciudades como Varanasi, las familias realizan ceremonias de cremación en espacios especialmente destinados a los rituales funerarios. Después de la incineración, los allegados pueden depositar las cenizas en el río, acompañadas de flores, guirnaldas y plegarias.
El objetivo espiritual de estas prácticas está relacionado con la posibilidad de alcanzar la moksha, es decir, la liberación del ciclo de reencarnaciones. Esta creencia explica por qué tantas personas desean que sus restos sean depositados en las aguas del Ganges.
Se estima que cada año se realizan alrededor de 100.000 ceremonias funerarias en sus orillas, aunque la cantidad puede variar según las localidades y los períodos considerados. Sin embargo, estas prácticas también plantean desafíos ambientales.
El Ganges enfrenta importantes problemas de contaminación derivados de diferentes actividades humanas, entre ellas los vertidos urbanos, industriales y los residuos asociados con algunas ceremonias religiosas. Así, el río reúne dos realidades: su enorme valor espiritual para millones de personas y las dificultades para preservar la calidad de sus aguas.
En Ghana hacen ataúdes con forma de guitarras, animales y botellas
En Ghana, especialmente entre determinadas comunidades del pueblo ga, los funerales pueden incluir una particular expresión artística: los ataúdes figurativos, elaborados con formas que representan aspectos de la vida de la persona fallecida.
A diferencia de los féretros rectangulares tradicionales, estas piezas pueden adoptar diseños tan variados como instrumentos musicales, vehículos, animales, alimentos o herramientas de trabajo.
Por ejemplo, una persona dedicada a la música podría ser despedida en un ataúd con forma de guitarra, mientras que el propietario de un bar podría recibir uno que represente una botella de cerveza. En otros casos, las familias eligen figuras relacionadas con la profesión, los intereses personales o la posición social del difunto.
Estos ataúdes son elaborados artesanalmente y requieren un trabajo especializado de carpintería, pintura y diseño. Cada pieza busca representar la identidad de quien falleció y convertir el funeral en un homenaje a su trayectoria.
Los modelos más elaborados pueden alcanzar precios elevados debido a la complejidad de su fabricación, por lo que no todas las familias pueden acceder a ellos.
Con el paso del tiempo, los ataúdes figurativos de Ghana también despertaron interés internacional y comenzaron a exhibirse como expresiones del arte funerario africano.
Sin embargo, dentro de las comunidades que mantienen esta tradición, su significado trasciende lo estético: constituyen una manera de recordar la vida, los logros y los vínculos de las personas fallecidas.
La muerte como parte de la identidad cultural
Aunque los rituales funerarios presentan diferencias profundas entre países y religiones, todos comparten una característica: buscan otorgar un significado a la pérdida y mantener presente el recuerdo de quienes murieron.
En México, la muerte se transforma en una celebración que reúne a vivos y difuntos. En el Tíbet, el cuerpo se entrega a la naturaleza como parte de un proceso espiritual. En la India, la cremación se relaciona con la liberación del ciclo de reencarnaciones, mientras que en Ghana los ataúdes representan la historia personal de cada fallecido.
Estas ceremonias demuestran que la manera de comprender la muerte está profundamente vinculada con las creencias, los valores y la historia de cada sociedad.
Más allá de sus diferencias, todas expresan una misma necesidad humana: despedir a los seres queridos, preservar su memoria y encontrar una forma de continuar el vínculo con ellos después de su partida.