La respuesta no parece estar en competir con la tecnología, sino en volver a discutir qué significa enseñar. La escuela tiene una función social que excede la transmisión de contenidos, pero cuando las demandas que recaen sobre ella terminan desplazando su tarea específica, enseñar se vuelve más difícil. Y los resultados de aprendizaje muestran las consecuencias: comprender un texto, seguir una consigna, resolver un problema o construir un argumento propio siguen siendo habilidades que no se adquieren simplemente teniendo información al alcance de un clic o tocando una pantalla.
Con motivos del Día del Maestro, las docentes y especialistas consultadas por Ámbito pusieron el foco en ese dilema. Marina Bertone, licenciada en Educación, profesora universitaria y docente de primaria; Adriana González, profesora de Matemática; y Valeria Abusamra, doctora en Lingüística de la UBA, investigadora del Conicet y directora de la carrera de Ciencias del Comportamiento del ITBA, coincidieron desde distintas experiencias en una idea central: la tecnología puede cambiar las herramientas de la enseñanza, pero no elimina la necesidad de un docente que sepa qué enseñar, cómo hacerlo y qué hacer cuando un alumno no aprende.
La escuela no puede dejar de enseñar
“Los bajos resultados que vemos de manera persistente en lectura y comprensión son una señal de que tenemos que volver a poner la enseñanza en el centro”, planteó Valeria Abusamra. No se trata, advirtió, de desconocer el peso de las condiciones socioeconómicas, sino de comprender por qué el papel de la escuela resulta todavía más importante: para muchos chicos, es el principal espacio capaz de compensar, al menos parcialmente, las desigualdades de origen.
Desde el aula secundaria, Adriana González describió una escena con sus complejidades. “El mayor desafío es poder enseñar; o sea, poder dedicar el verdadero y necesario tiempo pedagógico”, sostuvo. Celulares, conversaciones, estudiantes que no logran permanecer sentados y otras situaciones cotidianas terminan desplazando el contenido hacia el final de una larga lista de conflictos. “En el aula de hoy en día, el contenido a enseñar y a aprender queda relegado para el momento en que todos los demás momentos fueron tratados”, resumió.
Marina Bertone suma una mirada desde la primaria y pone el acento en la capacidad del docente para moverse dentro de esa complejidad sin perder el objetivo. Para ella, enseñar hoy requiere dos cualidades centrales como “flexibilidad y equilibrio” y el docente debe poder adaptarse a aulas heterogéneas, a nuevas demandas culturales y sociales, pero sin convertir cada novedad en una obligación de cambio. “Hay que tener plasticidad y ser capaces de acomodarse pero sin perder el rumbo ni los fines por los cuales enseñamos”, sostuvo.
La IA puede responder en segundos, pero no reemplaza la intervención docente: qué está cambiando en las aulas y qué sigue siendo esencial.
Leer para aprender: el problema que atraviesa todas las materias
La dificultad en comprensión no se limita a Lengua. Para Abusamra, la comprensión lectora es una herramienta transversal para construir conocimiento: no alcanza con recorrer un texto y recuperar información; los estudiantes necesitan relacionar lo que leen con lo que ya saben, hacer inferencias, formular preguntas y controlar si están comprendiendo.
El problema aparece también en Matemática: “Por más que conozcan los contenidos matemáticos, no pueden comprender la situación problemática porque tampoco están entendiendo lo que están leyendo”, explicó González. En un contexto donde el 76% de los estudiantes argentinos de 15 años no alcanza el nivel mínimo de desempeño en Matemática según PISA, la dificultad para comprender consignas se vuelve parte de un problema educativo más amplio.
“Cuanto más sabemos, mejor comprendemos; pero buena parte de lo que sabemos lo aprendemos comprendiendo textos”, afirmó Abusamra. La lectura, explicó, tiene un poder que excede la materia en la que se enseña: permite ampliar el conocimiento y construir nuevas relaciones. “La comprensión se enseña”, postuló. Y eso requiere una intervención docente sostenida.
Bertone propone no convertir esta discusión en una nueva oposición entre métodos. Frente a la necesidad de recuperar aprendizajes, sostiene que no se trata de elegir entre lo tradicional y lo nuevo, sino de saber qué necesita cada situación. “Puede haber tiempos pensados más para lo lúdico, otros de trabajo en grupo u otros de trabajo individual escrito y sistematizado”, explicó. El desafío está en que el docente pueda combinar esas estrategias y construir consignas que permitan tanto incorporar nuevos conocimientos como fortalecer habilidades.
La especialista también planteó un problema de política educativa. Los diagnósticos sobre las dificultades de lectura se repiten desde hace años. “La pregunta ya no es si tenemos un problema; la pregunta es cómo logramos que esa evidencia se traduzca en políticas de enseñanza sostenidas, que lleguen efectivamente al aula y tengan continuidad más allá de una gestión", reflexionó Bertone.
La tecnología cambia las herramientas, pero no la esencia: especialistas explican por qué enseñar sigue requiriendo tiempo, criterio y vínculo humano.
La inteligencia artificial no sabe qué hacer cuando un alumno no aprende
La llegada de la IA agrega una nueva capa al debate. González cree que no es un adversario al que haya que expulsar de las aulas, sino una herramienta que obliga a hacerse las mismas preguntas que surgieron con tecnologías anteriores. “La IA no es ‘el enemigo’ número uno”, dijo. Por el contrario, para la profesora de Matemática el desafío es aprender como docentes a utilizarla, conocer sus beneficios y también sus limitaciones.
Abusamra fue un paso más allá. “Hay algo que ninguna tecnología, ninguna plataforma y ninguna inteligencia artificial puede reemplazar: la intervención pedagógica de un docente que sabe qué enseñar, cómo secuenciarlo, cuándo intervenir y qué hacer cuando un estudiante no aprende”, afirmó. La paradoja es que cuanta más información producen las tecnologías, más necesaria puede volverse esa mediación. Los estudiantes necesitan aprender a seleccionar información, evaluar fuentes, contrastar perspectivas y desarrollar pensamiento crítico. Tener una respuesta disponible no equivale a comprenderla.
Para Bertone, además, hay que revisar qué se entiende por innovación. “Enseguida que pensamos en innovar, nos viene la palabra tecnología, pantallas, IA y la verdad es que uno puede innovar sin todo eso”, dijo. Salir a leer al patio, abrir las puertas de la institución o hacer participar a las familias en una actividad también pueden modificar una experiencia de aprendizaje. La innovación, sostuvo, debe ser una tarea “artesanal, situada y pensada”, que haga pequeños cambios para adaptarse a la complejidad sin perder el sentido de la enseñanza.
En ese punto, la tecnología deja de ser el centro de la discusión. La pregunta pasa a ser qué herramienta, estrategia o dinámica resulta adecuada para cada momento y para cada grupo. La IA puede formar parte de ese repertorio, pero no reemplazar el criterio profesional que decide cuándo utilizarla, cómo hacerlo y qué aprendizaje se busca producir.
La crisis de aprendizaje, las nuevas demandas sobre la escuela y el avance de la inteligencia artificial abren una pregunta clave: cómo enseñar hoy.
El vínculo que ninguna tecnología puede reemplazar
En esa discusión aparece el elemento que las tres miradas terminan colocando en el centro: el vínculo humano. Para Bertone, enseñar implica mucho más que transmitir información. En el aula circula el lenguaje “para debatir, para posicionarse, para expresar sentimientos, para rechazar o afirmar algo y para escucharnos”.
Y junto con las palabras aparecen “los gestos, las miradas, el sentirse contemplado, escuchado y pensado en el acto de enseñar”. La enseñanza es, para la especialista, una actividad intencionada y de ida y vuelta, en la que el docente funciona como mediador cultural y social. “Hoy no imagino ese lugar ocupado por ninguna IA generativa”, afirmó.
Desde la perspectiva de Abusamra, eso implica también reconstruir ciertos acuerdos entre escuela y familias alrededor del estudio, la lectura, el esfuerzo y la capacidad de sostener la atención. No se trata de que una institución haga el trabajo de la otra, sino de que los chicos encuentren cierta coherencia entre esos mundos. En ese punto aparece otro desafío: la ciudadanía digital, entendida no solo como uso de dispositivos, sino como capacidad para desenvolverse críticamente frente a algoritmos, información y respuestas automáticas.
González, desde otro lugar, vuelve a poner el foco en lo esencial. Frente a la discusión sobre cuánto más puede hacer la tecnología, mencionó que quizá haya que recuperar “las bases de la educación y del aprendizaje”, aquello que considera “lo esencial”. No como una vuelta al pasado, sino como una forma de recuperar las condiciones necesarias para que el aprendizaje ocurra.
El debate educativo, entonces, no debería reducirse a tecnología sí o tecnología no. En una época en la que una pantalla puede ofrecer una respuesta en segundos, la escuela tiene que enseñar también a formular preguntas, dudar de una respuesta, comprender, equivocarse y volver a intentar. Pero para hacerlo necesita algo más que nuevas herramientas: necesita tiempo pedagógico, formación, recursos y condiciones laborales que permitan a los docentes sostener esa tarea.
La pregunta por el futuro de la escuela empieza con la inteligencia artificial, las pantallas y las nuevas formas de aprender, pero termina en un punto mucho más concreto: qué condiciones estamos dispuestos a garantizar para que un docente pueda enseñar. Porque la tecnología puede ampliar las posibilidades del aula, pero el criterio para decidir cómo enseñar, cuándo intervenir y cómo acompañar a otro en el proceso de aprender sigue estando, por ahora, en manos del docente.