El desafío será, entonces, lograr enamorar a los estudiantes de aquello que tenemos que enseñar. Despertarles (y sostener) la sed por aprender. Retomando las palabras de Amartya Sen, solo así vamos a ampliar sus esferas de libertad. Solo así vamos a poder llevarlos más lejos de su punto de partida. Melina Furman (2021:85)
Meli Furman, la brújula para enseñar y aprender durante toda la vida
Empecé a escribir sobre el legado de Meli Furman en el cuaderno que ella me trajo de China. Nos enseñó que la buena enseñanza necesita pensar y conversar con las teorías que se asoman a lo que sucede en la escuela real.
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Un espacio vacío que se llena. El legado de Melina Furman aparece en las aulas, en la formación docente y en nuevas experiencias educativas: una siembra de ideas que sigue dando brotes y transformando maneras de enseñar y aprender.
Empecé a escribir sobre el legado de Meli Furman en el cuaderno que ella me trajo de China. Necesité estar acá, en los bosques de Palermo en Buenos Aires donde nos encontrábamos para abrazarnos fuerte, escucharnos y conversar largo.
Eran momentos fuera de agenda, como si jugáramos a las escondidas con el tiempo que volaba. Me cuesta deshilvanar lo vivido con Meli, amiguísima del alma, de las historias profesionales compartidas con Melina Furman, “la pensadora de la educación más influyente en habla hispana”¹.
Tengo presente lo que le enseñó a Meli cuando estaba lejos de casa, su maestra, directora de tesis, Ángela Calabrese Barton: “Uno hace su felicidad donde quiera que vaya” (Meli lo decía en inglés porque así fue como se lo dijo: “you make your hapiness wherever you go”).
Cosecha, siembra y brotes
Me animo a usar la brújula de Meli para llenar estas páginas de atrás hacia adelante. Empezaré por las cosechas, son solo dos ideas: el legado vital y el legado antipolarización, del infinito impacto de Meli que hoy puedo armar.
Luego me detendré en las siembras, experiencias que compartimos en el sistema educativo: un libro de texto escolar, un programa innovador de ciencias naturales y las capacitaciones. También siembras de formación desafiantes, disruptivas: El Mundo de las Ideas y TEDxRiodelaPlata Educación.
Y mencionaré algunos brotes: el espacio de ciencia y arte en la escuela que fundó mi padre, Aprender de Grandes y Clubes TEDxEd. Para el cierre, porque todavía me sale pensar: “le voy a preguntar a Meli”, escribo algunas palabras sobre su liderazgo transformador.
Cosecha: Legados
Quienes la tuvimos cerca, y los millones que la conocieron o conocerán a través de su obra, reconocemos que Meli nos dejó un legado vital: intelectual, sensible, reflexivo y entrañablemente humano. Creía que la educación tenía que ser como ella: curiosa, rigurosa y abierta al mundo de las ideas que cambian.
Nos enseñó que la buena enseñanza necesita pensar y conversar con las teorías que se asoman a lo que sucede en la escuela real. Para Meli la buena enseñanza no es un dogma ni una moda, ni palabras complicadas. Tampoco improvisación; es estudio y disciplina —horas sentadas en la silla—, una búsqueda permanente, sólida, paciente y compartida en el aula.
Conversábamos sobre cómo el pensar y el hacer tienen cierto sufrimiento mezclado con el disfrute. Sobre cómo el esfuerzo se combina con placer aunque a veces el placer no viene por un buen rato, hasta que llega ese “ajá” poderoso que devuelve las ganas de seguir.
Meli nos persuadió que en “nuestro metro cuadrado de incidencia” (en cualquier rol que estemos) evitemos el tiempo de escuela de “baja demanda cognitiva”. Ella sabía lo difícil que es no cansarse por el camino porque lo vivió mucho antes de ser internacionalmente reconocida.
Nos ofreció preguntas maravillosas, preguntas verdaderas que no paralizan. También se jugó por el paso a paso, por desnudar cosas que no cierran y repetimos como loros. Meli nos presentó orientaciones concretas para acercarnos a ideas complejas que activan las prácticas sensatas.
Su producción tensionó la jerga: los modos crípticos y genéricos de decir y escribir que nos alejan de la vitalidad necesaria para agujerear la realidad del aprendizaje escolar. Conversábamos sobre cómo la jerga nos permite escondernos al enseñar, pero resulta dañina para los alumnos (chicos o adultos), que asienten con la cabeza y se quedan con la sensación de que hay algo errado en ellos por no entender del todo de qué les estamos hablando.
Meli nos dejó, además, un legado antipolarización: el construir conocimiento con otros, sin confrontación, escucharnos y sostener el diálogo sin ceder profundidad. Nos enseñó a defender —con argumentos y evidencias— que todos los chicos son capaces de aprender, y no solo lo básico de ciertas disciplinas.
Porque desde jardín pueden aprender más de lo que imaginamos si nos preparamos para enseñarles en lugar de pensar que no pueden y actuar como si fuera cierto. Meli nos pidió no distraernos, que estudiemos y asumamos los desafíos. Y nos dejó también la invitación a aprender durante toda la vida.
Siembra. Un libro de texto escolar
Meli regalaba saber hasta por los poros. Cuando hablaba, la atención era inmediata, estábamos listos para escucharla (y anotar). Su forma de enseñar no era forzada, sucedía con la templanza del que sabe, y mucho. Quizás en esa solidez se asentaba su generosidad para compartir y transmitir sin especulaciones.
Esa forma de ofrecer saber no quedó en el discurso. También tomó cuerpo en los libros de texto escolares, un género masivo y poco valorado en el mundo editorial y entre los expertos educativos. Es controversial, lo sé, pero creo que estos libros democratizan el acceso al conocimiento en muchas escuelas reales.
Llegan a miles de alumnos y, en muchas casas, son los únicos libros de la biblioteca familiar. Para directivos y docentes, además, son herramientas concretas para organizar las clases, sobre todo cuando no hay otros recursos disponibles o cuando la escuela necesita un punto de apoyo para ordenar el trabajo cotidiano.
En una visita a una escuela rural de Misiones, una directora me mostró lo que pasaba en primer grado que me quedó grabado. A partir del capítulo de un libro “Quiero festejar mi cumpleaños”, los chicos organizaron los cumpleaños de la sala de 3, escribieron invitaciones, recetas y aceptaron el desafío de fabricar juguetes para los más pequeños.
Para mi sorpresa, la directora me mostró el libro: era “Mi amigo Umi”, el libro de áreas integradas que escribí en 2007. Me contó que, cuando discutieron qué materiales usar para los juguetes y por qué, en lugar de responder lo que se les ocurría volvieron a las páginas de Ciencias Naturales para buscar información, pensar y decidir si convenía usar materiales duros o flexibles.
Tiempo después entendí el hallazgo completo: esas páginas de Ciencias Naturales, que ayudaban a los chicos de primero a pensar los materiales, las había escrito Meli. Yo había diseñado la estructura de la colección y las páginas de Lengua. Ella había puesto el saber científico sólido y accesible, el que no deja a nadie afuera, incluso en un libro de texto escolar.
Cuando se lo conté a Meli, descubrimos que las dos habíamos sido autoras del mismo libro sin conocernos.
Meli cuidaba el saber con ese mismo principio: el valor está en el impacto del aprendizaje profundo, no solo en publicar en revistas de reconocimiento internacional. Para ella, escribir para los docentes o para los chicos implicaba el mismo rigor, responsabilidad y pasión que escribir para la comunidad científica.
Por eso, la escena en Misiones no fue una anécdota aislada, fue la prueba de su siembra: el conocimiento que circula, encuentra destinatarios y transforma sin pedir permiso.
Siembra. Un Programa de Innovación educativa en ciencias naturales
“Me recuerdo preparando con los capacitadores los talleres para los maestros y teniendo que terminar de comprender nosotros mismos algo que, como los egresados de Harvard del documental, nunca habíamos entendido del todo en nuestros años de escuela y de universidad. ¿Cuánto tiempo hemos dedicado a estudiar temas que no terminamos de entender, incluso aunque hayamos sacado buenas notas? ¿Qué podemos hacer para que esto no suceda?” Melina Furman (2021:16)
Un bochornoso 27 de diciembre de 2009, en una oficina del sistema educativo del conurbano bonaerense recibí un par de hojas impresas y un comentario: “Lili, leé esto. Llegó recién de Nación, tengo que responder. Decime qué te parece. Ana María Jefa Regional”.
El texto proponía la implementación de un programa innovador que conocía en la voz de reconocidas especialistas Nancy Montes e Inés Dussel. Sin dudar dije “Sí, me ocupo de todo lo que haga falta”. Ese sí, hizo que conozca a Meli Furman, Coordinadora Científica del programa de indagación para la escuela primaria CTC (Ciencia y Tecnología con Creatividad) de Sangari Argentina.
Pasé a ser la referente técnica de CTC en 31 escuelas de la provincia de Buenos Aires -y 32 escuelas en Tucumán- con altos índices de vulnerabilidad social y problemáticas socioeducativas complejas.
Tuve el privilegio de observar y registrar qué pasaba en las capacitaciones de los tutores. Todas las clases empezaban con una pregunta, los docentes experimentaban como si fueran los alumnos con los materiales de investigación. Leían, estudiaban y aprendían conceptos y habilidades disciplinares más complejas para superar el “conocimiento inerte”.
Compartía el material con Meli y acordamos enviarlo con inspectores y directores dispuestos a aprender, que por diversas razones, carecen de tiempo para estar en estos espacios.
Sinceramente no esperábamos que con “el envío” suceda algo. Era muy poco realista. Teníamos evidencias y no dudábamos que apropiarse de un nuevo modo de trabajo lleva tiempo de acompañamiento sostenido y trabajo conjunto pero no perdíamos la fe, en una de esas alguien tenga interés y pregunte más de qué se trata.
Por primera vez conocí cómo medir aprendizajes disciplinares de productos y procesos, cómo formular buenas preguntas y consignas.
La percepción de una inspectora de primaria destaca la relevancia de la iniciativa: “Los programas de mejora suelen llegar a las escuelas y pasan como un viento fuerte que solo despeina. En cambio, CTC fue una corriente eléctrica. Coordinado científicamente por Meli Furman, devolvió la enseñanza al aula y lo hizo con una combinación de rigor y humanidad poco frecuente. Los chicos se volvieron un poquito locos. Son dueños del mundo con sus globos terráqueos. Miden sombras como si descifraran secretos milenarios, observaban bulbos crecer con la fascinación de quien espera una metamorfosis mágica y arman circuitos eléctricos con la seriedad de los pequeños inventores del barrio. Y los maestros se atreven, se animan, se convencen. Se dejan atrapar por la curiosidad de sus alumnos, por las ganas de saber y de enseñar.
¡Pensar que nos pasamos tantos años intentando enseñar ciencias, y de golpe, así, de un sopetón viene el CTC y lo logra. ¡No vale! Sí vale. Piedra libre para el CTC. Y me saco el sombrero. Alumnos que aprenden, maestros que enseñan. ¿Qué más?” (Inspectora de nivel primario, provincia de Buenos Aires, 2010)
Y una perlita más de esta iniciativa innovadora. El 2 de septiembre de 2011, Sangari, la UNESCO y la Sociedad Científica Argentina organizaron un Simposio “Aprender a pensar en el aula - La ciencia como motor de la calidad”.
Además de paneles con las máximas autoridades, me tocó moderar una mesa para escuchar distintas voces sobre la enseñanza de las ciencias en la escuela primaria. Me escucho como si fuera hoy: “En primer lugar voy a presentar a la Dra. Melina Furman. Voy a ser indiscreta, no le pedí permiso a Meli para contarles esto (Meli me clavó los ojos). Un día, le mandé un correo a Meli y le escribí que la imaginaba en el laboratorio con cierta solemnidad…”
Y Meli contestó: “El laboratorio no es nada solemne, es super informal el clima, pero me aburría mucho con los experimentos de horas y horas para averiguar algo chiquito que en 10 años iba a, tal vez, servir para algo. Es más estimulante la inmediatez del trabajo con otros, el trabajo con los maestros”
Cuando terminé Meli sonrió y respiró. Y en ese momento reconocí lo que ya no era invisible. Meli hacía lo que hacía por elección, por decisión y no por descarte.
No le iba mal en el laboratorio, tenía sobradas condiciones para ser científica de laboratorio en temas de memoria y aprendizaje. Pero su motivación intrínseca la hizo cambiar el camino: “Decidí cambiar de camino y dejar mesadas y pipetas para dedicarme a trabajar con chicos, maestros y escuelas. Tenía ganas de seguir ayudando a contagiar esa pasión por entender las cosas que mis maestros favoritos me habían transmitido”.
Meli eligió ser profesora, capacitadora, divulgadora, conferencista y es la escritora más leída en espacios de formación docente de Argentina, Chile y Uruguay.
Siembra. Capacitaciones
El pasaje de Meli —de científica de laboratorio a especialista en enseñanza de las ciencias y referente de educación— la convirtió en pionera.
Divulgó antes que nadie —y explicaba de mil maneras— ideas de las ciencias del aprendizaje con un lenguaje claro, directo y accesible para que todos pudiéramos entenderlas.
Su reconocimiento académico era internacional, Meli lo usaba como trampolín, nunca como pedestal. Con honestidad intelectual desarmaba cualquier etiqueta antes de que terminara de pronunciarse.
Mientras la pedagogía todavía discutía si evaluar aprendizajes era un acto técnico o ideológico partidario, Meli escuchaba, pero no se detenía en discusiones efímeras: se enfocaba en lo urgente: aprender a enseñar mejor.
Esa convicción la llevó a sostener algo que parecía obvio, aunque en ese momento no lo era: la enseñanza no es polarizable, el aprendizaje profundo tampoco. Lo defendía con rigor y serenidad, incluso cuando la encasillaban en posturas ajenas a su pensamiento personal y a su práctica profesional.
Su buen trato, su mirada plural y constructiva entre colegas no la inmunizaban frente a la impotencia que le generaba ver cómo algunos insistían en levantar barreras que alejaban del conocimiento a estudiantes y docentes de comunidades muy diversas. Meli no simulaba, ni tiraba la toalla.
Nunca olvidaré el día en que interrumpí un espacio de formación que ella daba en la provincia de Buenos Aires, ante la agresión sostenida de una capacitadora que afirmaba que los chicos de jardín no estaban preparados para experiencias sobre luces y sombras.
Me acerqué, tomé a Meli por la espalda y salimos. Apenas cruzó el umbral, se largó a llorar. Yo también. Llorábamos por cada alumno al que pretendían bajarle la vara antes de darle la oportunidad de aprender.
Ese día confirmé una vez más lo que Meli tenía muy claro: defender la buena enseñanza no siempre es cómodo, pero es indispensable.
Ese episodio fue una muestra nítida de quién era Meli en cualquier espacio de formación: defendía el derecho y la libertad de los chicos a pensar el mundo por sí mismos.
En esos mismos lugares, con el radar siempre encendido, Meli abría puertas y tendía puentes de superación para docentes dispuestos a formarse mejor.
Su legado sostiene una convicción que compartimos hasta hoy: la enseñanza y el aprendizaje profundo importan más que los egos personales, los intereses individuales o cualquier polarización pasajera.
La generosidad de Meli se extendía más allá del aula y los espacios de capacitación. En su libro Enseñar distinto agradece a compañeras y compañeros con quienes fue recorriendo caminos compartidos.
Incluso guardó unas líneas para mí: “A Lili Ochoa De la Fuente por su lectura aguda y amorosa de los borradores de este libro, por sus aportes iluminadores para mejorarlo. Gracias siempre por traer tu mirada conocedora del terreno y tu énfasis en la importancia del saber enseñar.”
Este gesto resume cómo Meli generaba confianza a quienes viajamos con ella.
Brotes en escuela ECEA de Lanús
Meli admiraba a los visionarios. Por eso le fascinaba la historia de mi padre, Armando Ochoa De Alba, que aprendió a leer y escribir antes de la Guerra Civil española. Vió cómo los franquistas incendiaban su escuela.
Luego, sin decidirlo se convirtió en maestro. Estudió sastrería, emigró a la Argentina y se dedicó a la alta costura. En 1982, concretó su sueño: creó una escuela en Lanús (ECEA) convencido de que una escuela incendiada solo se sana con otra escuela.
En esta escuela, Meli me orientó a crear proyectos ABP con “diseño de atrás hacia adelante” (Wiggins & McTighe, 1998) que divulgó incansablemente.
Como si la escuchara: primero qué queremos que los alumnos aprendan, luego las evidencias y recién después las actividades.
Lo repetía con convicción: si empezamos por actividades sueltas, la coherencia está en riesgo—un poco de esto por aquí, otro poco por allá— y terminamos creyendo que los alumnos “vieron el tema” cuando en realidad no los guiamos hacia la construcción de un concepto, una habilidad o una idea profunda.
Me enseñó a generar una cultura de pensamiento, destrezas y actividades de metacognición en proyectos reales (junto a Jose Cassarini y Silvi Vidal) para nuestro modelo de enseñanza ECEA Maker @compartiendoecea.
La historia de esta escuela me permitió ensanchar conversaciones sinceras, sumar otras perspectivas sobre la educación privada argentina en barrios humildes. A Meli le interesaba escuchar sin apuro, con curiosidad genuina antes de opinar.
El 21 de agosto de 2024, Meli compartió en @melifurman una escena de nuestra escuela: Luciano probaba que, si el hilo no estaba estirado, el sonido no viajaba bien. No era un dato curioso, sino la respuesta a la pregunta investigable: ¿cómo se produce el sonido?
Al día siguiente, la maestra Jesi escribió: “Qué orgullo me da que una persona tan destacada como Melina, haga eco de cómo aprenden nuestros chicos.”
Ese mensaje muestra lo esencial para Meli: aprender en serio empieza por explorar, probar y pensar juntos.
Brotes. Experiencias disruptivas El Mundo de las Ideas
Si la educación era, para Meli, una forma de transformarnos la vida, El Mundo de las Ideas fue su laboratorio más osado.
En febrero de 2012 recibí un mail suyo que todavía guardo. Me invitaba a un curso “un poco loco”, decía, que estaba creando junto a Gerry Garbulsky.
Meli estaba embarazada de sus mellizos, Ian y Galo, y tenía que hacer reposo, pero aun así lanzaba un proyecto monumental.
Me escribió con ese tono tan Meli: entusiasta, cálido, persuasivo sin imponer. Con las habilidades superlativas de una vendedora de ideas, lo describía como una aventura intelectual, no una formación clásica: un lugar donde personas de mundos distintos se permitieran pensar juntas sin competir, sin mostrar plumaje, sin miedo al ridículo: “Nadie viene a hacer de pavo real. Necesitamos diversidad para que el caldo de cultivo funcione”.
Yo le contesté con pudor, diciéndole que no sabía si iba a estar a la altura, que me abrumaba ese staff brillante (profesores invitados: Marcelo Birmajer, Diego Golombek, Santiago Bilinkis, Mariano Sigman, Eduardo Kastika, Sergio Meller y profes de lujo: Meli y Gerry).
Esa fue la primera pista de algo que después entendí mejor: para Meli, las ideas florecen cuando nos animamos a mezclarnos.
Meli, fiel a su estilo, me respondió algo que todavía me acompaña: “¡Te mato si te agarra la timidez! Te conozco bien y por eso pensé en vos”.
No me invitó a ser espectadora, sino a animarme. A confiar antes de estar segura. Ese era su ingrediente clave para enseñar: mostrar que somos capaces.
El curso duraba cinco meses. Treinta personas de campos que no tenían nada que ver entre sí —artistas, científicos, emprendedores, psicólogos, gente de negocios, de educación y de iniciativas sociales— nos encontrábamos cada viernes para pensar, aprender, disentir y crear.
Una vez le dije: “estamos juntos, pero no revueltos”. No buscábamos un discenso ni un consenso simulado: buscábamos una conversación profunda.
Había participantes de menos de 20 años y otros de más de 60 —jóvenes y adultos aprendiendo codo a codo, cara a cara, a corazón abierto—. Ese intercambio generacional hacía que nadie pudiera pararse en el lugar del que “ya sabe” o del que “todavía no sabe”. Todos éramos aprendices.
Los profesores nos provocaban. Entre compañeros nos escuchábamos con respeto, pero los desafíos nos obligaban a salir de los lugares seguros.
Cada participante desarrollaba una idea propia —sí o sí con ayuda de los otros— y aprendía a comunicarla, no para tener razón, sino para nutrir la conversación colectiva.
Ahí aparecían, sin anunciarse, los dos legados de Meli al mismo tiempo: el legado vital, la pasión por aprender durante toda la vida, cuando una idea, un proyecto empieza a rumiar en la cabeza y se abre camino para agujerear la realidad; y el legado antipolarización, la convicción de que pensar distinto nos enriquece. Que la innovación nace más de la escucha que del ego.
A mí la experiencia me transformó. No solo por el proceso creativo —que terminó en mi charla TEDxAvCorrientes “Cerebro, corazón, pulmón y escritura”— sino por la convivencia con personas tan distintas con un propósito común: aprender.
Cuando pienso en esa época, no recuerdo solamente contenidos, encuentros inspiradores o profesores extraordinarios. Recuerdo el “modo Meli” que lograba que cada persona se sienta vista, bienvenida, capaz.
Todos podíamos tener una idea que valiera la pena. Y en ese grupo heterogéneo, nadie intentaba brillar para opacar al resto: la luz era colectiva.
El evento TEDxAvCorrientes —donde presentamos nuestras charlas— no fue un cierre: fue un comienzo.
Tenemos vínculos entre las distintas camadas, creamos proyectos, organizaciones, libros, emprendimientos y cambios de rumbo profesional y personal.
Hasta hoy, Meli lo sabía, más de 300 egresados somos la comunidad de El Mundo de las Ideas, una de sus grandes obras. Cuando nos vemos, no pareciera que pasaron años, estamos listos para pensar y hacer juntos.
Cuando Meli falleció, Gerry nos propuso volvernos a reunir para hacer lo que ella quería que hiciéramos: celebrar la vida.
Cantamos, recordamos anécdotas, reímos, nos abrazamos. En ese encuentro sentimos que El Mundo de las Ideas lo llevábamos puesto.
Porque no fue un curso. Fue una experiencia humana que evolucionó.
Comenzó a germinar lo que después se convirtió en la iniciativa “Aprender de Grandes” de nuestro común amigo, Gerry: “no dejás de aprender porque cumplís años; dejás de sentirte vivo cuando dejás de aprender”. En eso estamos, están todos invitados.
Brotes. TEDxRíodelaPlata Educación y Clubes TED-Ed
Como Meli creía que la educación tenía que enamorar, buscaba espacios y aliados donde las ideas pudieran conmover antes de convencer.
Así nació, en 2013, TEDxRíodelaPlata Educación junto a Gerry Garbulsky (Director TEDx en español) y un equipo apasionado de voluntarios del que fui parte.
Queríamos contagiar el espíritu de las charlas TED —ideas que vale la pena difundir— a las aulas argentinas. No como una moda, sino como un puente entre conocimiento y sensibilidad, entre la escuela y el mundo.
Seleccionamos charlas TEDx con valor pedagógico en múltiples áreas y escribimos casi cincuenta guías de actividades para usarlas en clase: entender, pensar, producir y profundizar.
El mundo de las artes, las ciencias, la tecnología, la literatura, la educación y las historias de vida se convertía en experiencias de aula capaces de despertar inquietudes nuevas: “no tenía idea de que esto existía”, “quiero seguir aprendiendo sobre esto”.
Porque Meli entendía —y enseñaba— que el aprendizaje empieza cuando algo nos importa.
El primer impulso fue aportar a la agenda educativa y llegó el evento TEDxRíodelaPlata dedicado exclusivamente a temas de educación.
Y de esa semilla nació la iniciativa más audaz: Clubes TED-Ed, donde los protagonistas hasta hoy pasaron a ser los estudiantes.
¿De qué se trata? Dirigido por Hache Ariel Merpert, adolescentes, acompañados por docentes facilitadores, desarrollan una idea propia, la transforman en una charla y la comparten frente a su comunidad educativa.
La consigna es tan simple como transformadora: si la escuela quiere formar mentes curiosas, primero tiene que escuchar lo que esas mentes tienen para decir.
En Clubes TED-Ed no se invita a los estudiantes a repetir contenidos escolares, sino a encontrar su voz.
Aprenden a pensar, a argumentar, a crear, a escuchar al otro —y a escucharse a sí mismos—. Y en ese proceso enriquecen capacidades imprescindibles para el presente y el futuro: creatividad, colaboración, comunicación, pensamiento crítico y confianza.
Meli fue cofundadora del proyecto y miembro del equipo. Estuvo en todos los roles y en todos con la misma entrega: oradora récord en TEDxRíodelaPlata, coach de oradores, curadora de contenidos, presentadora.
Cuentan en Clubes TED-Ed, que “Meli se puso todos los sombreros para pensar —y todos le quedaban bien—”.
El legado vital de Meli es evidente en sus huellas: millones de espectadores, cientos de miles de docentes, adolescentes, escuelas y comunidades transformadas.
Pero las cifras no cuentan todo. Lo transformador es que cada adolescente sigue descubriendo que tiene una idea que vale la pena decir; cada docente vuelve al aula con más coraje y confianza después de comprobar que su idea importa.
Están todos invitados.
El liderazgo transformador de Meli
A cada uno de nosotros el legado de Meli nos hace clic en distintas ventanitas, pero lo que resulta revelador -¡gracias infinitas, somos afortunados!- es el liderazgo transformador de Meli.
En cada paso que dio manifestó el sentido de pertenencia que la unía a sus proyectos muy diversos con dos matices destacables que ella nos enseñó.
El primero es la motivación intrínseca, la fuerza interior que la movió a hacer las cosas de modo auténticamente humano: ese llamado a encontrar sentido en el hacer lo que hacía y contagiarlo en sus equipos.
Por eso Meli se identificaba con los buenos directores de escuela que no esperan órdenes ni que los presione una comunicación. Piensan y hacen con otros, por otros y por ellos mismos más allá de otras motivaciones externas.
El segundo matiz del liderazgo trascendente de Meli fue su disposición espiritual.
Meli era un estar en el presente pero alejarse de sí misma y elevar la mirada para indagar un futuro desconocido.
Trascender a partir de una toma de conciencia nueva y colectiva: la fuerza de la transformación educativa. O mejor así, la fuerza de la vida.
* Esta columna fue publicado en Propuesta Educativa, Número 64m Año 34, Vol.2 en noviembre 2025.
*Liliana Ochoa de la Fuente es Pedagoga y Especialista en Educación, Universidad de San Andrés. Se desempeñó como maestra y directora de escuela primaria estatal. Se especializa en documentación narrativa y en la formación en escritura de relatos pedagógicos (PNUD, OEI, OEA). Es autora de textos escolares, literatura infantil y materiales pedagógicos, y oradora TEDx.
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