Jorge Argüello: La palabra que define estos tiempos del mundo, y por tanto, del ejercicio de las relaciones diplomáticas y entre los Estados es incertidumbre. La globalización como la conocimos hasta la pandemia, las hegemonías generadas desde la posguerra y las instituciones multilaterales que dieron estabilidad y forma a las últimas décadas están mutando. O, directamente, desapareciendo. Se ha dicho muchas veces, pero vale como nunca hoy aquel concepto gramsciano de que un viejo orden se muere sin que haya nacido todavía otro nuevo. En esa transición, el país que garantizaba el anterior, Estados Unidos, parece decidido a cambiarlo, y el rival con el que se siente amenazado, China, se erige como garante de cierta continuidad. En medio, países como Argentina, que en soledad o haciendo seguidismo resultará perjudicada. La incertidumbre demanda guiarse por intereses nacionales y cuidando los lazos de la región. Es el gran desafío hoy.
P.: Durante todo el texto explica cómo los acontecimientos derivaron en la asunción de Donald Trump. ¿Tiene explicación histórica la irrupción de estos anuncios arancelarios sin antecedentes en el siglo?
J.A.: Esta guerra comercial debe ser una de las más anunciadas que hayan existido. Estados Unidos tiene una larga tradición económica aislacionista, con hitos en 1930 y 1971, pero también en 2018 con el primer Trump. Por otro lado, Trump ha vuelto al poder representando a sectores que se sienten perjudicados por la transformación económica que trajo el siglo, en especial la última globalización que el propio Estados Unidos impulsó. La lectura del trumpismo es: hemos favorecido al mundo, al comercio, a las inversiones y al crecimiento global, pero se aprovecharon de la herramienta monetaria que les dimos, el dólar, y con esas ventajas terminaron vaciando nuestra industria y destruyendo nuestros empleos. Es hora de que nos devuelvan la seguridad financiera, comercial y hasta militar que les dimos. Trump es de apostar, y fuerte, pero no será fácil recuperar ese tejido productivo en el tiempo. Además, Estados Unidos sólo representa ya el 10% del comercio global. Hasta la UE puede acercarse a China, como lo hicieron ya Japón y Corea del Sur. Como supimos luego, el secretario Scott Bessent, quien nos acaba de visitar, convenció al Presidente de morigerar su cruzada arancelaria. Detrás de esa preocupación, estaban los grandes inversores locales, alarmados por un dato histórico: comenzaban a desvalorizarse los propios bonos estadounidenses, histórico refugio del capitalismo mundial, un emblema intocable. Ahora, resulta que los iPhone hechos en China, un emblema de la tecnología estadounidense, ya no pagarán arancel. Esta reacción tiene un trasfondo difícil de revertir: la economía estadounidense se ha volcado a los servicios y vive más de sus patentes y diseños de chips que de fábricas metalúrgicas o automotrices. Lo resumo en un dato: en los '50, el 35% de los empleos privados eran manufactureros. Hoy, sólo 9.4%. Es otro país.
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"Las dos almas de Estados Unidos. Viaje al corazón de una sociedad fracturada", el último libro de Jorge Argüello.
P.: Usted explica que muchos Estados Unidos distintos conviven pero, ¿siente que existirá una aceptación generalizada en la clase asalariada este intento de impulso industrialista y nacionalista que propone Donald Trump con los aranceles a las importaciones?
J.A.: Difícilmente el proceso globalizador, y menos todavía con estos aprestos aislacionistas y proteccionistas de Trump, pueda acabar en cuestión de años con todos los puestos de trabajo de una clase media asalariada que se ve perjudicada y reaccionó apoyando un programa más nacionalista. No hay que olvidar que fue la Administración Biden la que, con subsidios masivos, impulsó la reindustrialización del país aunque con una matriz verde que el trumpismo quiere revertir. Lo que habrá que ver es cómo articular la doble vía de Trump: por un lado, guerra comercial y defensa a rajatabla del "Made in USA" frente al resto del mundo. Pero, por el otro, un programa casi neoliberal, de baja de impuestos a los más ricos, de desregulación financiera y de privatización como pocas veces se ha visto desde que el Estado norteamericano disputaba la hegemonía científica y militar con la Unión Soviética. En un punto, Trump parece decidido a desmontar ese “complejo militar industrial” sobre el que advirtió Harry Truman al dejar la presidencia. Pero, por otro, está elevando a la categoría casi de secretario de Estado a un magnate como Elon Musk, y esa conjunción está levantando resquemores. Las recientes y masivas protestas en muchas ciudades del país son un aviso en ese sentido.
P.: ¿Observa que el trumpismo sigue siendo “un estado de ánimo”, como describe la sensación de su primera gestión? ¿O ya es un movimiento que reestructuró el Partido Republicano?
J.A.: Las raíces del trumpismo están en el movimiento del Tea Party, de 2010, enquistado en el Partido Republicano, que representaba un ultraconservadurismo marginal desde la posguerra pero avanzó tras la crisis financiera de 2008 y por los cambios que ya mencionamos de la globalización, que muchos estadounidenses sintieron como una amenaza de cambio. Trump se limitó a elegir ese bando republicano y administrar con maestría sus fuerzas caóticas. Sin experiencia en 2017, cuando llegó a la Casa Blanca sin planes ni funcionarios propios, esta vez consolidó una plataforma y fortaleció sus equipos, después de copar el Partido Republicano, hoy sinónimo del trumpismo. Tiene mayoría en las dos cámaras del Congreso y una Corte Suprema de mayoría conservadora. Pero en el éxito puede estar la trampa: esa “alma” de Estados Unidos, cuyo lado más radicalizado asaltó el Capitolio en 2021 y que confronta con el cosmopolitismo y la diversidad progresista de los demócratas -a su vez más radicalizados también hacia la izquierda-, esa parte del país está ahora más “hambrienta” que nunca. Y los cambios que propone Trump en todos los campos no son tan fáciles. La pregunta es si sus herederos jóvenes, como el vicepresidente James D. Vance, serán garantía suficiente para mantener unida esa mitad de la nación.
P.: Habla de la falta de renovación de representatividades que provocaron presidentes de avanzada edad. ¿Piensa que una renovación generacional tendería a un achicamiento de la grieta? ¿La comunidad latina -de la que usted expone su relevancia- podría tener un rol preponderante en protagonizar ese recambio?
J.A.: Recién mencionaba al vicepresidente Vance, un ideólogo del trumpismo que cautivó a Trump y se convirtió en el heredero tácito de su liderazgo, con posiciones todavía más conservadoras que las del Presidente. El negocio político de esta nueva elite es radicalizar y radicalizar. Del lado demócrata, figura como Alexandria Ocasio-Cortez, precisamente de origen latino, pueden contribuir también a un corrimiento de las posiciones hacia los extremos. Los analistas lo han llamado “calcificación” de la grieta, que es mucho más profunda de la que vivimos en Argentina, mucho más, porque involucra valores y no sólo posiciones políticas. Si esa polarización se torna además “emocional”, como pasa en todo el mundo, entonces la grieta persistirá. En ese juego, los latinos han protagonizado un giro histórico hacia posiciones de lo más conservadoras, incluso trumpistas. Mientras los demócratas aseguraban sus derechos como minorías décadas atrás, ahora lo que demandan, inclusive los que han entrado al país hace pocos años, es protección frente a una nueva ola de migrantes que amenace su lugar en la escalera, aunque sea el último peldaño. Así de paradójico es. Mientras tanto, los latinos no dejan de avanzar en esa escalera social y alcanzan ya puestos de poder político y económico que promete -no sólo por crecimiento demográfico (19% de la población)- volverlos muy influyentes.
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Argüello junto a Joe Biden, Alberto Fernández y Marc Stanley en marzo del 2023.
P.: Considerando que su hipótesis es que Estados Unidos solo observa Latinoamérica cuando otro país comienza a acrecentar su influencia. ¿Piense que la nueva gestión de Trump nos permitirá sostener este equilibrio de relaciones financieras que tenemos entre los dos polos principales de poder (EEUU y China) solo por la cercanía ideológica con Milei?
J.A.: Como dije antes, una política exterior inteligente y soberana debe ser guiada por intereses nacionales de largo plazo y consensos políticos básicos duraderos. ¿Eso es lo que estamos viendo ahora? Seguramente no, y más bien lo contrario. El seguidismo del presidente Milei ya ni siquiera es de un país, o de una ideología, es directamente personal y ata a esa relación definiciones del Estado de grandes implicancias. Podemos citar el cambio de política en Medio Oriente, pero también su confuso vaivén en el caso del conflicto en Ucrania y hasta su vaguedad en la defensa de la soberanía de las Islas Malvinas, que tanto depende del apoyo de la comunidad internacional y que ha sido sostenido, durante décadas, por gobiernos de distintos signos. Nuestra situación económica es lo suficientemente delicada como para poner en juego las relaciones con China, un socio comercial imprescindible del país. No es buena señal que quedemos, como esta semana con Bessent y el swap de monedas, en medio de la disputa de las dos potencias. En este marco global tan agitado, y definido por el eje de las relaciones traumáticas de Beijing y Washington, lo recomendado es el equilibrio. Pero me pregunto si seremos capaces en el corto plazo.
P.: Si su pretensión ya no es ni “promover” la democracia ni “exportarla”, y en conjunto con sus políticas proteccionistas, ¿qué rol le depara en el corto plazo a Estados Unidos como eje global?
J.A.: Sería un tema muy largo a debatir, pero lo dejo aquí planteado: la globalización y las soberanías, el capitalismo tecnológico y la democracia liberal están en una tensión que los puede volver excluyentes. Dicho esto, Estados Unidos vive su propia tensión, entre unos sectores radicalizados que no aceptan el debate democrático y unas reservas sociales y morales que todavía contrapesan esa otra tendencia, tan ruidosa y amenazante. A corto plazo, Estados Unidos parece querer darse prioridad sobre cualquier interés colectivo, aunque eso lo termine perjudicando. Y el poder no admite vacíos: alguien lo ocupará. Todos miran a China, pero su potencial liderazgo global tiene características que todavía desconocemos. Navegamos aguas inciertas y eso corre para todos.
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