Tras una extensa enfermedad, murió Roberto García, director periodístico de Ámbito entre 1983 y 2008. Tenía 81 años, de los cuales 60 dedicó a consolidar una mirada aguda sobre la coyuntura económica y política de nuestro país. Fue mano derecha de Julio Ramos en los primeros años de este medio. Quienes trabajaron con él recuerdan su rigurosidad periodística y persistencia ante la fuente.
Roberto García, de su obsesión por las fuentes a las Charlas de Quincho: el recuerdo de quienes trabajaron con él
Sus colegas lo recuerdan con cariño y admiración. Hacer periodismo bajo su mando era un desafío por su exigencia y calidad, afirman. Aquí algunas de las historias de una persona que marcó la historia de Ámbito Financiero y del periodismo.
Roberto García junto a dos históricos de Ámbito: Luis Beldi y Julios Ramos.
Tener a García de jefe era un desafío, que obligaba a la mayor rigurosidad. A cada dato y nota, él preguntaba si estaba fundada la información. Esa obsesión, según recuerdan, se convirtió en una marca suya que se imprimió en la de Ámbito Financiero. Sus colegas hablan de él con cariño e imaginación. Repasar aquellos recuerdos es traer parte de su legado, que Ámbito llevará como un compromiso con sus lectores.
Claudio Ramos, periodista e hijo de Julio Ramos
Murió un gran periodista y excelente amigo de mi padre. Se conocieron en la época mítica de La Opinión junto a otros redactores notables que luego el Golpe de Estado de 1976 dispersó. Ingresa a Ámbito Financiero en 1981 para cubrir temas Gremiales, aunque pronto creció a Política y después a Director. Un hombre brillante, gracioso, ameno, que le aportó muchísimo al diario. En los años 90 Julio Ramos creó las famosas Charlas de Quincho, donde trasladaba lo conversado en diversas fiestas, inauguraciones y asados, pero quien más picante agregaba a esas narraciones fue Roberto García, que transformó la sección de los lunes en la más leída de Ámbito, en la favorita de todos los lectores según encuestas que realizábamos.
Cuando falleció mi padre y el poder recayó sobre mí, me encontré absolutamente superado porque además sumaba la administración judicial del Sucesorio, y fue entonces cuando conocí en profundidad a García ya que él se hizo cargo del diario. Los ingresos por publicidad y la venta de ejemplares alcanzaron cumbres no vistas antes. Me ayudó en todo: aportó abogados, reflexiones, contadores, hijos, largas horas de evaluación. Puedo decir que heredé su amistad de mi padre. Lo quise mucho y lo admiraba, y me sorprende hoy su fallecimiento. Estuve invitado a su programa unos meses atrás y la pasé genial como siempre.
No percibí nada extraño. ¡Cuánto dolor me embarga! Un enorme abrazo a su esposa Mónica, a sus hijos Leandro, Malena, Solange, Álvaro y Javier, a quienes seguro abrazaré pronto.
Liliana Franco, periodista de Ámbito y acreditada en Casa Rosada
Una enseñanza de Roberto García que no me voy a olvidar nunca ocurrió durante un coloquio de IDEA en Bariloche. Me habían enviado a cubrir el encuentro, al que asistieron figuras como Felipe González, Graciela Fernández Meijide, dirigentes peronistas, diputados y empresarios. Fue una edición muy importante.
Cuando regresé, escribí una nota para las Charlas de Quincho. Entre otras cosas, mencioné a una diputada que había llamado la atención porque estaba vestida con un verde muy llamativo, un verde loro. Roberto leyó el texto y me hizo una pregunta que todavía recuerdo: "¿Y qué tela era?". Yo no lo sabía. Entonces entendí la lección. Para él nunca alcanzaba con una descripción superficial. Siempre quería un dato más, una observación más, un elemento que completara la escena. No se conformaba con que una diputada estuviera vestida de verde; quería saber cómo era ese vestido, cómo caía la tela, qué transmitía. Buscaba que la historia estuviera completa.
Esa era su forma de trabajar. Por eso, aunque a veces pareciera que en las Charlas de Quincho prestaba atención a cuestiones menores, como la ropa de un dirigente, el menú de una cena o los vinos de una reunión, en realidad estaba entrenando la mirada periodística. Nos enseñaba a observar más y mejor.
Recuerdo que revisaba cada detalle y siempre encontraba algo que faltaba. Era muy gracioso en ese sentido. Te señalaba lo que no habías visto, lo que no habías preguntado o aquello que podía enriquecer la historia. Y tenía razón. Así es el periodismo: cuando releés una nota, siempre pensás por qué no agregaste esto o aquello.
Roberto trabajaba con una obsesión admirable por la información. El qué, cómo, cuándo, dónde y por qué no eran para él una fórmula académica, sino una guía cotidiana. Todo tenía que estar respondido y respaldado.
También era extremadamente riguroso con las fuentes. No se conformaba con una información a medias. Siempre preguntaba quién era la fuente, qué conocimiento tenía, qué tan sólida era. Exigía precisión, contexto y seriedad.
En momentos en que el periodismo está tan cuestionado, creo que vale la pena recordar cómo trabajaba Roberto García. Con fuentes confiables, con datos chequeados y con la convicción de que el oficio consiste en buscar respuestas completas. Esa rigurosidad, esa curiosidad permanente y esa exigencia profesional son parte de la huella que dejó en todos los que trabajamos con él.
Ignacio Zuleta, exjefe de Política de Ámbito
Tenía la condición básica del periodista nato, que es el orgullo por la profesión y el alarde de no sentir vergüenza por el rol similar al personal de servicio - cuando aparece el periodista los patrones bajan la voz y cambian de tema. Tiene noción de que siempre estará ahí, antes de que todos lleguen y cuando todos se hayan ido. Ante personajes de este tipo se duda si nacieron para ser periodistas, o si el periodismo se inventó para ellos.
Describió con acierto ese aire de autoridad Jorge Asís, cuando lo hizo encarnar el personaje de “El decano” en varias de sus novelas. Cuando un protagonista llamaba para quejarse de lo publicado, se le podía ofrecer:
- ¿Querés hablar con Roberto?
- No, dejalo así, no es para tanto.
– ¿Querés que hable yo con él?
- No, por favor, ni se te ocurra.
Ese género periodístico que es "Charlas de quincho" fue un genial invento de Julio Ramos y de él. Su desarrollo y su prestigio entre los lectores consolidó su madurez profesional con ingredientes del periodismo más puro: información original, gracia discursiva, sorpresa al merodear tramas de la política con frivolidades mundanas y humor muy atractivo. Nunca desmentidas, las "Charlas de quincho" generaron hasta un léxico vinculado a esa creación: "-Te paso un quinchazo", "-Te lo cuento, pero no me lo vas a quinchear", "- ¡Qué quincho que te mandaste!".
Florencia Arbeleche, exeditora de Ámbito Nacional
Trabajé 25 años junto a Roberto García y fue, sin dudas, uno de los grandes maestros de mi carrera. Representaba lo mejor del viejo periodismo: el rigor, la exigencia y el respeto absoluto por la información. En una época en la que las noticias no corrían a la velocidad vertiginosa de hoy, nos enseñó que la veracidad era el valor irrenunciable sobre el que debía construirse cada trabajo.
Como director periodístico, ejercía ese compromiso con una rigurosidad inflexible y una enorme pasión por el oficio. Era duro con sus periodistas, exigente hasta el último detalle, pero detrás de esa severidad había una convicción profunda sobre cómo debía hacerse periodismo. Siempre admiré su capacidad para describir la realidad política con una pluma única, combinando lucidez, profundidad y una ironía mordaz que le permitía retratar personas y situaciones como pocos.
Horacio Alonso, exeditor de Ámbito
Julios Ramos era un periodista estricto, de carácter difícil y de un manejo severo de la autoridad, pero en las reuniones de redacción, solía decir: "Roberto García es más malo que yo". Lo hacía entre risas, no como una crítica, sino como un elogio. Algo de eso era cierto. Ambos compartían esa forma áspera de conducir a periodistas, como estilaba la vieja escuela y conformaron un tándem irrepetible que marcó una época en la profesión. No lo hacían por maldad. Buscaban sacar lo mejor de cada uno. Ambos también compartían el talento y un profesionalismo que hoy ya no queda. Roberto le sumaba una dosis de ironía que, muchas veces, hacía difícil saber cuándo hablaba en serio y cuándo no.
Mi primer acercamiento con él fue a fines de los 80, por pedido de unas colaboraciones para Ámbito Financiero (yo quería trabajar en el diario), pero recién en 1991, con mi ingreso formal a este medio, tuve trato diario con él. El primer día, por casualidad, subimos juntos en el ascensor del viejo edificio de la calle Carabelas. "Al final entraste", me dijo. Desde ese momento y por 16 años, hasta su salida de Ámbito, entre sus lágrimas y los aplausos de la redacción, fue un aprendizaje permanente.
Tenía muchas cosas para admirar, pero la que más sorprendió y me marcó para siempre era su capacidad para conseguir información. ¿Maestro? Sí, sin duda. De los que ya no quedan.
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