Fatalmente, son las llamas las que se llevan a los emblemas culturales del país que no corroen el tiempo la desidia. Ayer se incendió el legendario bar El Cairo de Rosario, un año después de su cierre y cuando se discutía cómo y cuándo reabrirlo. «Era La Paz de Rosario», lo definió Roberto Fontanarrosa en uno de los muchos cuentos donde lo mencionó.
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En la memoria del bar, entre tantas otras, quedó fija la imagen del joven Alberto Olmedo, uno de sus habitués.
Periodistas, intelectuales, taxistas y levantadores de apuestas, todos confluían en El Cairo, un bar que, a diferencia de La Paz, siempre estaba lleno: por la mañana, y en especial los fines de semana, lo colmaba un público familiar, distinto del noctámbulo. Eso sí: para entrar por la noche era necesario ser un experto: «Si no conocías la fauna no tenía sentido que fueras, y mucho menos si venías de Buenos Aires» también advirtió Fontanarrosa.
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