Parte una de las máquinas pre-1920 hacia el Tigre. Sesenta y
cinco vehículos corrieron la Recoleta-Tigre, pero algunos de
sus dueños pidieron el anonimato.
Más de 65 automóviles y motos de principios del siglo XX participaron ayer de la 12a edición del Gran Premio Recoleta-Tigre. La carrera, organizada por el Club de Automóviles Clásicos de la República Argentina, largó a las 10.30 desde el barrio de Recoleta (Quintana y Callao) y llegó en dos horas al centro del Tigre.
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Con la canción «New York New York» de fondo -aunque la largada fue en plena Ciudad de Buenos Aires-interpretada por la banda de la Fuerza Aérea, los clásicos construidos antes de 1919 partieron por Libertador hacia el Norte. Sólo tres autos no completaron el trayecto por desperfectos mecánicos.
Entre los vehículos participantes se destacaron un Anasagasti de 1898 eléctrico (uno de los primeros autos ecológicos, seguramente) conducido por Luis Spadafora, dueño del Museo del Automóvil; un Rochester a vapor, que perteneció al presidente Julio Argentino Roca y «corrió» manejado por Luis Bustelo; un camión de bomberos; una limusina; un camión de hielo, y una grúa de comienzos de siglo pasado.
La consigna del evento era la de «celebrar la preservación y restauración de los vehículos más sublimes del patrimonio histórico de la Argentina». Quizá con eso en mente todos lo pilotos y copilotos se «lookearon» para la ocasión con vestimenta, accesorios y peinados de época. Hubo gomina y pañuelos de cuello entre los choferes; sus esposas los acompañaban con vestidos de faldas armadas, corsés con detalles de puntilla, cofias de seda y sombrillas de tela para cubrirse del sol en los descapotables.
Del evento -auspiciado por marcas de bebidas alcohólicas, el bar La Biela, el casino donde terminó la carrera y el Gobierno porteño- participaron el mítico ex piloto Jorge «El Flaco» Traverso, Roberto Fernando Gómez (presidente del Club de Automóviles Clásicos, quien largó en primer lugar con su Anasagasti eléctrico modelo 1912), Rafael Sierra, titular de la Comisión de Automóviles Históricos del Automóvil Club Argentino (hizo «correr» a cinco de los autos de su colección: un Cadillac de 1904 y otro de 1917, un Wanderer de 1911, un Dodge de 1915 y un Renault de 1911).
Puntero
El primero en llegar a la meta fue Luis Alberto Gold y su compañero Jackie Forrest Greene (ex piloto y ex preparador del equipo de Peugeot), con un Hispano Suiza Alfonso XIII de 1914; el segundo lugar fue para Carlos «Calilo» Sielecki, del grupo de laboratorios Phoenix, Elea y Disprofarma, y cuñado del cónsul en Nueva York Héctor Timerman.
Para celebrar el festejo se organizó un almuerzo en el restorán del casino Trilenium. La «invitación» no era gratuita: la inscripción con el banquete incluido para dos personas era de $ 100, y de $ 70 por cada comensal adicional. Sin embargo, muchos de los corredores prefirieron disfrutar del día soleado y ni aparecieron por el casino, donde los esperaban con copas de champagne para agasajarlos.
Uno de los grandes ausentes fue Gregorio «Goyo» Pérez Companc, quien se sabe es fanático de los autos clásicos y uno de los mayores coleccionistas del planeta. Según un miembros del Club de Autos Clásicos (que viajaba en la parte trasera del vehículo que manejaba su presidente) el empresario -que se ubica como el hombre más rico de la Argentina, según la revista «Forbes»- no asistió «por culpa de la prensa que después lo acusan con titulares tipo 'Así se divierten los ricos'». Lo curioso es que fueron los propios organizadores quienes cursaron invitaciones a los medios gráficos y electrónicos...
La cuasi clandestinidad del evento -insólita, por lo arriba apuntado- se tradujo en un intento de mantener oculta la identidad de los participantes rayana en lo absurdo. Mercedes Curá, que se presentó como una de las «organizadoras» de la carrera, dijo a este diario que los corredores «pidieron que se respete su derecho de preservar su nombre en secreto».
Algunos de esos pilotos «secretos» viajaron con sus piezas de museo desde ciudades como Rosario, y hasta hubo algunos que vinieron especialmente desde Londres y de París. Ellos, igual que los locales, tampoco quisieron dar a conocer su identidad.
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