Se trata de un texto que, aunque nunca ha sido reconocido por la Iglesia como uno de los evangelios canónicos, durante algunos años circuló entre ciertos grupos de pensadores del mundo antiguo y en el que el repudiado discípulo de Jesucristo no aparece como un vulgar traidor, sino como un mero instrumento de la voluntad de Dios que, dentro de los planes elaborados por el Altísimo para salvar a la humanidad, se limitó a cumplir con el papel de malo que le había sido asignado.
En otras palabras:
«Judas se salva, mientras que en los evangelios canónicos no hay ni rastro de perdón hacia él, y eso que Jesús predicaba que había que perdonar a los enemigos», sostiene
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