Ambito BIZ

Las universidades del futuro

¿Cuál debería ser la formación que ofrecen las universidades hoy, más allá de la diversidad de carreras, para el mundo del trabajo del futuro?

Tres vectores nos abren la imaginación educativa:

1-El cambio está aquí para quedarse. La cuarta revolución industrial es una combinación de velocidad, alcance e impacto sistémico que evoluciona a un ritmo exponencial.

2-La tecnología avanza a pasos cada vez más rápidos y adictivos creando un “régimen computacional”. La vida social y personal estará cada vez más conectada y atravesada por la membrana digital. Nos estamos convirtiendo en datos que son leídos por algoritmos para conducir fracciones cada vez más amplias de nuestras vidas.

3-Las fuerzas de las transformaciones culturales y tecnológicas están crecientemente interconectadas y conforman una gran aldea global. El desafío de habitar la diversidad y crear un planeta más humano y más sustentable ya no reconoce fronteras.

Cada vez es más difícil planificar lo que se estabilizará. Esto agita las aguas que llegan a las arenas educativas: ¿cómo formar para un mundo incierto?, ¿qué tipo de habilidades y conocimientos tendrán sentido y valor en el futuro?, ¿qué acceso tienen las personas a su propio destino en un mundo inestable?, ¿qué podemos prever, qué valdrá la pena saber en 10 o 20 años?, ¿cómo construir capacidades anticipatorias en los sujetos sin caer en una espiral de ansiedad e inseguridad en ellos?

Estudios recientes muestran el incremento del peso de las habilidades no rutinarias en los trabajos más demandados. El Foro Económico Mundial señala que tanto en el trabajo manual como intelectual el riesgo de la automatización avanza sobre las habilidades rutinarias.

En el mundo educativo hay un creciente consenso sobre la necesidad de formar nuevas habilidades que fomenten la autonomía individual y la responsabilidad colectiva.

Cuatro grandes esferas deberían ser las bases curriculares de las universidades para afrontar el cambiante mundo del trabajo.

La primera es la esfera de los conocimientos clásicos y emergentes. Las universidades tienen que forman las teorías que permitirán a los alumnos descifrar el mundo.

Estas teorías serán más fuertes en cableados cognitivos interdisciplinarios, con una sólida formación humanista y dotada de las grandes ideas de cada disciplina central: las ciencias sociales y naturales, las artes, la filosofía, la matemática.

La segunda es la esfera de las destrezas o habilidades que permiten poner en uso los conocimientos.

Hay que desarrollar en los sujetos capacidades de actuar, formar el pensamiento crítico y analítico, la colaboración, la comunicación y la creatividad. No basta con tener conocimientos, hay que saber transferirlos en diversos contextos y situaciones.

La tercera es la esfera de la personalidad. Hay que formar sujetos que sean capaces de crear equilibrios en entornos confusos y dilemáticos: formar la fortaleza interior de desarrollar y defender las propias ideas y al mismo tiempo la escucha, el diálogo y la paciencia; la disciplina en el estudio, la persistencia en una sociedad de deseos fugaces y la iniciativa para crear nuevas ideas y propuestas; y, sobre todo, la formación ética para poder responder con integridad y flexibilidad ante la constante toma de decisiones que nos rodea.

Finalmente, la cuarta esfera reúne la capacidad de aprender a aprender y de valorar lo que uno aprende y es capaz de buscar en el mundo del conocimiento.

Estas esferas nos obligan a redefinir no sólo nuestras prioridades en el currículum de las carreras universitarias sino sobre todo nuestras pedagogías y nuestros entornos de aprendizaje.

Necesitaremos crear experiencias de aprendizaje profundo -sin olvidarnos lo que funciona y sin temor a lo nuevo- para formar sujetos que puedan actuar en el mundo que se viene.

(*) Director de la Escuela de Educación de la Universidad de San Andrés

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