Fabricio Portelli es sommelier y uno de los críticos de vino más reconocidos del país. Degusta entre 4000 y 5000 vinos –en su gran mayoría argentinos– por año, y tiene una experiencia de más de 25 años a cuestas. Se ha especializado en vinos argentinos, ya que las degustaciones de vinos internacionales las aprovecha para entender las fortalezas y debilidades del vino nacional.
Fabricio Portelli: "Los vinos argentinos de hoy son los mejores de la historia"
Con más de 25 años de trayectoria y miles de etiquetas degustadas al año, el sommelier analiza el gran momento de la vitivinicultura nacional. En el marco del lanzamiento de su REPORTELLI 2026 y su nuevo ciclo de podcasts, explica por qué la producción local alcanzó un nivel de excelencia sin precedentes.
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Fabricio Portelli.
Este mes está presentando la tercera edición de su REPORTELLI de los vinos argentinos 2026, un informe que se puede descargar de forma gratuita desde su site, en que cual puntúa más de 500 de las 800 etiquetas de vino que degustó para elaborarlo. Además, entre otros muchos proyectos, durante el año está realizando REPORTELLI Podcast, un ciclo de conversaciones disponible en Spotify, de 20 episodios en total, con 2 entregas por mes, en el que de forma amena y distendida, Portelli intercambia historias, información e
ideas con los protagonistas de la industria vitivinícola: enólogos, bodegueros, agrónomos, productores y más.
Un entendido sobre el mundo de los vinos argentino, Fabricio Portelli conversó con Ámbito sobre la actualidad de la industria, la crisis que atraviesa, las tendencias y el futuro.
Periodista: Decís que en 2026 se producen los mejores vinos argentinos de la historia. ¿Qué es lo que te permite hacer una afirmación tan contundente? ¿En qué se nota concretamente esa evolución?
Fabricio Portelli: Es evidente la evolución del vino argentino, y eso es lo que permite aseverar que los vinos de hoy son los mejores de la historia. Porque ya la calidad dejó de ser un valor agregado y pasó a ser una obligación, en todos los segmentos. Pero además, cada vino debe tener una razón de ser. Desde los básicos y correctos, que deben cumplir para satisfacer la demanda, hasta los que tienen mayor cantidad de atributos y hablan de un lugar, de una cultura y transmiten un concepto. Los vinos de hoy no son solo una bebida, sino que son mucho más. Nacen desde el viñedo y buscan reflejar un paisaje y el clima de la añada como sello diferencial, los matices, las capas, las texturas y todo o que comunican los vinos argentinos de hoy denotan la gran evolución de los últimos 30 años.
P.: Hablás de una paradoja: nunca hubo tanta calidad y, sin embargo, el consumo está en uno de sus niveles más bajos. ¿Cómo se explica que ambas cosas estén ocurriendo al mismo tiempo? ¿Qué están haciendo hoy las bodegas para atravesar este momento? ¿Y qué deberían estar haciendo que todavía no hacen?
F.P.: La única explicación es lógica y simple, pero no tiene que ver con el vino, sino con la situación económica. La culpa no es del vino, porque el vino evolucionó, se diversificó, por dentro y por fuera, para poder estar en copa de todos. Pero la situación económica es lo que más atenta contra el consumo. Claro que hay tendencias que también influyen, como un estilo de vida más saludable. Pero al mismo tiempo, la evolución de la gastronomía, le ha permitido (y le permite) al vino llegar a lugares (y mesas) que antes no llegaba. Y un buen ejemplo de ello son los “fine dinning”, que sirven un vino con cada paso, aportando a un mayor consumo y a una mayor diversidad de ese consumo. Por eso, las bodegas no pueden hacer más que aguantar y encontrar su lugar. Es decir, que si el consumidor va a tomar menos vinos, pero lo va a disfrutar más, las bodegas deben estar listas para ser una opción para los consumidores. Es por ello que la especificación o bien la especialización es el camino de muchas bodegas, porque ya no se trata de hacer todo tipo de vinos, sino el mejor posible en el lugar de cada una.
P.: ¿Sentís que la industria está atravesando una crisis coyuntural o estamos frente a un cambio más profundo en la manera en que los argentinos consumen vino?
F.P.: Es simplemente coyuntural, porque al hablar con la gente (el consumidor) te das cuenta que siguen muy interesados en conocer y apreciar cada vez más y mejor, pero que no lo pueden hacer muy seguido por una cuestión de costos. Es decir, que si todos tuvieran más plata, seguro que gran parte iría al disfrute diario de la comida y los vinos. No se trata ni de un cambio de hábitos por las nuevas generaciones ni de un cambio de era. El vino lleva 8000 años de vida y debe haber pasado muchas veces por este tipo de coyuntura en diversos lugares del mundo. Y este es uno más. Porque si hoy las nuevas generaciones eligen no tomarlo. Esos mismos “no consumidores” se pueden transformar en consumidores en breve, cuando crezcan y su paladar madure y entiendan el placer alrededor de una mesa.
P.: Decís que se entendió que “el vino nacía en la viña”. ¿Cuánto cambió esa idea la manera de hacer vino en Argentina? ¿En qué momento sentís que Argentina dejó de intentar hacer simplemente “buen vino” para empezar a buscar vinos con identidad de lugar?
F.P.: En realidad ese mensaje ya es muy claro, pero el tema es que el consumidor aún no se acercó tanto al vino. El vino sigue siendo un tema “desconocido”. Pero lo importante es que las bodegas sí entendieron que el vino “nace en la viña” y que ese es el mejor camino para diferenciarse de la competencia. Y eso ha puesto el foco en el “carácter de lugar” que, en definitiva, es lo único que no se puede copiar, y que explica por qué cada vino es diferente, más allá que hay miles de Malbec, elaborados del mismo estilo y criados durante el mismo tiempo en las mismas barricas de roble.
Yo siempre pongo al nuevo milenio como punto de inflexión, más allá que algunos comenzaron la “revolución del vino argentino” en los 90’. Y en estos 25 años, también pasaron muchas cosas, incluyendo muchos aprendizajes. Por eso también hay que hablar de una evolución. Lo cual llevó a la actual “re-evolución”.
Pero mirando hacia el futuro, y más allá del potencial de algunos lugares, ya no hay mucho más por hacer. Porque una vez que los viticultores encuentran el mejor lugar para expresar una variedad de uva, y elaboran vinos según su interpretación, ya está. Se acabó la búsqueda y comienza una nueva etapa, la de los grandes vinos y su evolución a través del tiempo, solo con la influencia del cambio del clima en cada añada. Es decir, lo mismo que sucede en el Viejo Mundo con los grandes vinos. Y, demostrar eso en degustaciones verticales, reflejando el potencial de guarda de cada uno, es lo que va a consolidar el prestigio de los nuevos grandes vinos argetinos.
P.: ¿Qué regiones o terruños argentinos sentís hoy que todavía tienen mucho por decir y no terminaron de mostrar su potencial?
F.P.: En la Argentina, la naturaleza es muy generosa, y hay todos los climas y tipos de paisajes posibles para el vino. Con lo cual, el potencial sigue siendo enorme. Pero antes de seguir buscando y descubriendo nuevas zonas, hay que consolidar muchas de las que están. En ese sentido hay muchos ejemplos. En Mendoza, la zona Este; que es la más productiva; debe encontrar su “nuevo lugar” para proveer vinos que no se puedan lograr mejor en otro lado; Bonarda joven y fluido, por ejemplo. O San Rafael, con todo su potencial, que debería dejar de lado un poco el “peso” de la tradición y apostar al cambio y la evolución, como lo hicieron otros terruños mendocinos. San Juan, con La Ciénaga, Calingasta y Pedernal, puede llegar muy lejos. La flamante ruta del vino de la Quebrada de Humahuaca es apenas una muestra de lo que puede dar el NOA. En Patagonia sigue habiendo aventureros que desafían los límites extremos de la vid con resultados sorprendentes. Y hasta en Córdoba se está demostrando que hay terruños que, bien interpretados, pueden dar grandes vinos.
P.: ¿Argentina necesita encontrar el próximo Malbec o debería dejar de buscar una variedad que lo reemplace?
F.P.: No, porque no hay otra variedad como el Malbec en la Argentina. El Malbec debería seguir creciendo (hasta 70.000 hectáreas), ampliando y mejorando su propuesta. Pero es cierto que no debería estar solo. Y es ahí donde la “diversidad argentina” tiene lógica. Lo que sí se puede hacer es “apostar” a dar un mensaje al mundo con otra variedad, un poco para reflejar esa “diversidad” y otro para aprovechar las tendencias. Y es ahí donde el Chardonnay asoma como la gran esperanza de la Argentina. Porque ya se logran exponentes que están a la altura de los mejores del mundo, y es, sin dudas, una categoría muy admirada y consumida. Además, al ser un vino blanco, se complementaría muy bien con el Malbec, en lugar de “canibalizarlo”.
P.: En tu editorial señalás al Chardonnay de montaña como una de las grandes oportunidades. ¿Qué tienen hoy los Chardonnay argentinos que pueden hacerlos competir con los grandes blancos del mundo?
F.P.: Justamente eso, que vienen de un lugar único, un paisaje que todo consumidor admiraría; las montañas. Y eso se empieza a sentir en las copas. Porque esos blancos tienen una acidez marcada, que a su vez resalta sus texturas, y sus sabores tienden a ser más puros. Además, están concebidos para poder trascender en el tiempo.
P.: Decís que Argentina nunca llegó a superar el 3% de las exportaciones mundiales de vino. ¿El problema está en la calidad, en el precio, en el marketing o en que todavía no supimos contar suficientemente bien qué hace diferente al vino argentino?
F.P.: El problema de la Argentina hoy no está en la calidad ni en la diversidad. Y tampoco en el precio, porque en muchos tipos de vinos y segmentos, la relación calidad – precio del vino argentino es evidente. Pero al no tener acuerdos comerciales con otros mercados, siempre los vinos argentinos pagan más impuestos que sus pares chilenos, por ejemplo. Y eso les resta competitividad. Por otra parte, no se puede hablar de un mal marketing, porque simplemente la Argentina no tiene un presupuesto de marketing. Si hay esfuerzos aislados de bodegas y entidades, que van a ferias, pero no mucho más. Para convencer a un mercado con vinos argentinos, no solo hay que mandar los vinos sino hay que invertir mucho en comunicarlos. Y eso es lo que, por falta de recursos, nunca pudimos hacer como se debe.
P.: Me parece interesante la idea de que el vino está recuperando su dimensión social. ¿Qué propone el vino al respecto? ¿Qué cambió en la relación de las nuevas generaciones con el vino?
F.P.: El vino se comparte, no es una bebida solitaria. Y ese es el principio básico que lo tiene como la más social de las bebidas. Y si bien su lugar indiscutido es la mesa, donde puede lucirse con toda su diversidad, en los últimos tiempos el vino ocupó otros espacios. Y hoy se consume mucho en degustaciones y encuentros más informales. Pero el vino tiene cosas que las demás bebidas no tienen. Y esos atributos diferenciales son los que, tarde o temprano, terminan inclinando la balanza. Porque es natural (viene de la tierra), y nace de un proceso artesanal, más allá de poder ser industrializado. Es la más diversa de todas, y esa capacidad de ser inabarcable, no solo le permite ofrecer varias opciones para cada ocasión sino que hace lo hace más interesante aún al vino. Y, cuando las nuevas generaciones descubren que no se trata solo de una bebida sino de una “cultura”, y empiezan a percibir “otras sensaciones”, lo adoptan.
P.: ¿Qué creés que tiene que hacer la industria para volver a conquistar a los jóvenes sin intentar convertirlos necesariamente en consumidores de vino tradicionales?
F.P.: Dejarlos ser y entender que si hoy tienen otras prioridades, no es culpa del vino sino de los estilos de vida actuales. Con la tranquilidad que el vino, bien elaborado, está preparado para recibirlos y sorprenderlos, cuando ellos lo dispongan. Pero imponerlo no es el camino, y mucho menos “modificar” el vino para atraerlos. Es cierto que se pueden hacer vinos con menos alcohol (low), orgánicos, más rosados y hasta naranjos. También sacar vinos en Bag in Box, lata o en Portion Pak (vinos en cajitas de cartón de 250cc), para aprovechar ocasiones de consumo más informales. Pero en esencia, el vino y su diversidad están listos para sorprender a cualquier tipo de nuevo consumidor, incluyendo los jóvenes.
P.: ¿Qué fenómeno que hoy parece pequeño o marginal creés que puede terminar siendo importante en los próximos cinco o diez años?
F.P.: El Portion Pak, porque a diferencia de la lata, está pensado para ese consumo solitario de vinos, que se da diariamente en muchos hogares. Ya sea de gente que vive sola o que toma solo en sus casas, y nunca quiere descorcharse una botella de vino. Y si lo hacen, el efecto oxidativo de los días siguientes con el vino sigue abierto, indefectiblemente le quita atributos y, por ende, placer. Por eso, un formato nuevo y revolucionario, que contiene el equivalente a dos copas, y pueda contener buenos vinos (equivalente a una botella de $20.000) y de distintos tipos pensando en las comidas que se dan en casa (blancos > sushi, rosado > pollo, tinto liviano > pizzas, tinto con más cuerpo > hamburguesas), puede llegar a ser revolucionario, por devolverle a la categoría un consumo que hasta hoy, está perdido.
P.: ¿Cómo ves la tendencia de vinos de bajo o cero alcohol?
F.P.: No la veo como tendencia, sino como una evolución tecnológica de una industria que mira la caída de consumo como un problema, sin hacerse cargo de la sobre producción; por ejemplo. Y si bien es cierto que puede haber consumidores de vino que por no poder ingerir alcohol, puedan optar por estas opciones, son tantas las variables que deben darse que no lo veo ni como tendencia, ni como categoría. Sí será un nicho, porque llegó para quedarse. Pero sin dudas será el más pequeño.
P.: Después de más de 25 años siguiendo y probando vinos argentinos, ¿qué es lo que más te entusiasma del futuro?
F.P.: Si cuando empecé a tomar vinos con cierto interés ya me atrapó, al punto tal de dedicarme, a querer aprender todo sobre él a mis 29 años. Hoy con 56, soy un agradecido de haber sido un testigo privilegiado de la gran evolución del vino argentino. Y ser contemporáneo de esto es una bendición, porque todavía hay mucho por hacer. Pero no por alguna variedad, o algún lugar nuevo, o una categoría. Sino por seguir afinando la puntería. Y poder seguir de cerca ese “fine – tunning” de los vinos argentinos de hoy, aportando a su difusión, es lo que más me entusiasma, entretiene y me genera esa clase de compromiso que a uno lo hace sentir útil y funcional a una causa. La causa del vino argentino.





